Quizá suene a reduccionismo o simplificación extrema, pero las evidencias demuestran de manera irrefutable que en la ciudad de Rosario, corazón de la República Argentina; una pistola, un papel arrugado y una lapicera alcanzan para poner en jaque a los organismos destinados a prevenir hechos de inseguridad -provinciales o federales- y a los poderes organizados para esclarecer hechos delictivos -provinciales o federales-.
A la pistola, al papel arrugado y a la lapicera, se les podría agregar una bicicleta vieja: el 7 de febrero pasado, un ciclista -sí, un ciclista- se acercó tranquilamente a la Comisaría 32, ubicada en Julio Vanzo y Calle 1740 de Rosario, y comenzó a disparar contra el edificio policial. Las balas impactaron en un patrullero y en una de las ventanas de la seccional. Y aunque parezca salido de una tragicomedia, los policías no lograron detener al atacante.
Rosario, en el corazón de la Argentina, está librada a su suerte. Mientras cualquier preso, desde cualquier cárcel del país, puede organizar el delito y decidir entre la vida y la muerte de quienes viven en esa ciudad; cualquier delincuente, incluso los de poca monta, actúa con la más absoluta impunidad y deja en ridículo a los poderes del Estado.
La única diferencia fue la palabra "Messi"
La única diferencia entre lo sucedido durante la noche de este jueves y lo que viene ocurriendo desde hace años en la ciudad de Rosario, fue que esta vez apareció la palabra "Messi" en el mensaje amenazante que, como sucedió en tantas oportunidades, dejaron los delincuentes.
La verdad es que lo ocurrido en el supermercado de la familia de Antonela Roccuzzo, la esposa de Lionel Messi, es mucho menos grave que lo que sucedió hace apenas un mes -y otras tantas veces- en esa misma ciudad.
Parece que ya nadie recuerda que, a principios de febrero, delincuentes secuestraron a un chico inocente, artista callejero de 29 años, lo llevaron hasta la sede del club Newells Olds Boy, lo bajaron del auto y lo acribillaron a balazos. Lo dejaron allí, desangrándose, como a la ciudad misma.
En esa ocasión también dejaron un mensaje que decía “Dejen de reclutar pibes”. No aparecía la palabra Messi, ni hacía referencia a ningún otro personaje público. Y entonces, nadie en este país pareció reaccionar con la sorprendente perplejidad que hoy muestran algunos de quienes deberían hacer lo necesario para que sea factible recuperar la seguridad perdida hace tanto tiempo.
Quienes hoy reaccionan escandalizados por este hecho de repercusión internacional, ya demostraron sobradamente que por incapacidad, por irresponsabilidad, o por la conjunción de ambos factores; deberían pedir disculpas y reconocer que en gran medida son los responsables por haber permitido que la situación llegue a los límites actuales.
Mientras la Provincia de Santa Fe se muestra incapaz de hacer frente a la situación -el gobierno anterior perdió en gran medida las elecciones por culpa de la inseguridad, el gobierno actual ya tuvo cuatro ministros en apenas tres años y la situación empeora día tras día-; a nivel nacional nadie parece tomar dimensión de la gravedad del problema.
"Qué me preguntan a mí", dijo Aníbal Fernández
"Qué me preguntan a mí, si vivo en otro lado", dijo con absoluto desparpajo el ministro de Seguridad de la Nación, Aníbal Fernández, cuando periodistas rosarinos lo consultaron el 7 de diciembre pasado sobre el narcotráfico y la violencia que atraviesan a esa ciudad.
Ahora, pocas horas después del ataque al comercio de la familia Roccuzzo, Aníbal Fernández habló en Buenos Aires y pronunció una frase absolutamente devastadora: "Ganaron los narcos", dijo.
La verdad es que, en ocasiones, "los narcos" de los que hablan Aníbal Fernández, gran parte de los dirigentes políticos y los responsables de los organismos de seguridad, no parecen ser demasiado sofisticados.
En la década de los noventa, un narco llamado Pablo Escobar lideraba en Colombia a las más despiadadas bandas de asesinos y montaba la ingeniería necesaria para inundar de cocaína a los Estados Unidos.
En pleno siglo XXI y en el otro extremo del continente; una pistola, una lapicera, un papel arrugado y hasta una bicicleta vieja, alcanzan para dejar en ridículo a un país que, hasta el momento, no parece tomar dimensión de su decadencia.
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