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Policiales San Cristóbal | tragedia | Tiroteo en una escuela de San Cristóbal

San Cristóbal, a un mes de la tragedia que lo cambió todo

La comunidad de San Cristóbal intenta reconstruirse tras el ataque en la Escuela Nº 40 Mariano Moreno: el dolor sigue presente, la justicia avanza y la vuelta a la rutina convive con una herida que aún no cierra.

La mañana del 30 de marzo comenzó como el inicio de una nueva semana para la comunidad de San Cristóbal, que amanecía con una temperatura de poco más de 24º y una humedad elevada. El día se presentaba con un cielo celeste, sin nubes, y con indicios de que no habría lluvias, aunque sí se sufriría una jornada de mucho calor. Sin embargo, lo que parecía un lunes más, se transformó en el día más oscuro de la historia de la región.

La Escuela Nº 40 Mariano Moreno, ubicada en la intersección de 9 de Julio y Bullo, junto a la Ruta Provincial Nº 4, comenzaba su rutina habitual. Cerca de las 7 de la mañana ya se oían en los alrededores del edificio los pasos cansinos subiendo por las escalinatas, las ruedas de las mochilas golpeando contra los mosaicos, algunas incluso chocando contra las puertas amarillas de ingreso.

Mejillas que se saludaban con un beso, deseos de un buen día, bicicletas que se acomodaban prolijamente en el patio. Frente a la escuela, la despensa levantaba sus persianas y exhibía su cartel de “Despensa”. Dentro de la institución, las maestras daban los últimos ajustes a la bandera nacional en el mástil y pedían a los alumnos que comenzaran a formarse.

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Quince minutos más tarde, se desató el caos…

El timbre se mezcló con lo que parecía el golpe de una puerta. Todo continuó con aparente normalidad. Sin embargo, segundos después, se escuchó un estruendo más fuerte, esta vez acompañado por gritos y corridas. La situación se volvió incontrolable: los alumnos se encontraron, de un momento a otro, en un escenario de terror.

El hall de la escuela se transformó en una zona de cacería. Un solo agresor, Gino, alumno de tercer año de Ciencias Naturales, armado con una escopeta calibre 12, comenzó a disparar contra quienes se encontraban allí. En su recorrido, Ian, un alumno de 13 años de primer año “C”, se cruzó con el atacante en la zona de los baños y fue alcanzado por dos disparos que terminaron con su vida.

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Dos policías en la puerta de la escuela Mariano Moreno de San Cristóbal.

Dos policías en la puerta de la escuela Mariano Moreno de San Cristóbal.

Lejos de detenerse, el agresor continuó. Tomó de la canana que llevaba cruzada en el pecho dos cartuchos más, recargó el arma y, según algunos testimonios, volvió a disparar. No obstante, los primeros peritajes indican el secuestro de dos vainas. El lugar quedó envuelto en la desesperación y el miedo. Algunos rompían vidrios para huir, saltaban las rejas del patio o se arrojaban por las escalinatas para correr en busca de ayuda. Otros se encerraban en las aulas e intentaban improvisar barricadas para impedir el ingreso.

Fabio, portero del establecimiento, había comenzado su día como siempre. A las cinco de la mañana preparó su desayuno y, una hora más tarde, llegó a la escuela para realizar las primeras tareas de mantenimiento. Cerca de las siete ya estaba en la puerta organizando las motos y bicicletas de los alumnos. Pero cuando sonó el timbre, su rutina se quebró con el estruendo de los disparos.

Por un instante quedó inmóvil frente al establecimiento. Tenía la posibilidad de huir. Sin embargo, tomó coraje: corrió entre 30 y 40 metros hacia el agresor, se puso frente a él, a riesgo de su vida, y logró reducirlo hasta quitarle el arma. Con el atacante sometido, la escuela quedó en un silencio absoluto. De fondo, se escuchaban algunos directivos que, con voz desgarradora, repetían: “¿Qué hiciste, Gino?”. Todo quedó paralizado, aturdido por los disparos. Minutos después, la policía llegó al lugar y montó un operativo cerrojo en todo el sector.

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El día después del asesinato de Ian, las velas del homenaje se derritieron y dejaron una postal inolvidable.

El día después del asesinato de Ian, las velas del homenaje se derritieron y dejaron una postal inolvidable.

AIRE presente en San Cristóbal: la tragedia contada en primera persona

San Cristóbal se encuentra a poco más de 150 kilómetros de la capital provincial. Esa mañana, en AIRE, un mensaje llegó al área de noticias del multimedio informando sobre una situación trágica en la localidad. Junto a mi compañera Johanna Peltzer, salimos rumbo al lugar con lo puesto, con lo que teníamos a mano para realizar un móvil, sin saber qué nos deparaba ni la gravedad del hecho.

Al llegar, logramos avanzar hasta la calle Bullo, hasta donde lo permitió el cerco policial, cerca del anexo de la escuela. El panorama era escalofriante: aunque el calor era agobiante, los vecinos permanecían en las inmediaciones, observando en silencio un lugar que había amanecido como un establecimiento educativo y que, minutos después, se había convertido en la escena de un crimen. Atónitos por lo ocurrido, intentaban explicar algo que ni ellos mismos lograban comprender.

La escena estaba resguardada. Aun así, parecía que en el ambiente persistían los ecos de los gritos y las corridas. Rápidamente comenzamos a recabar información: los primeros datos indicaban una persona fallecida y al menos ocho heridos, algunos de gravedad, que debieron ser trasladados a centros de mayor complejidad. Uno de ellos fue derivado al Hospital de Niños Orlando Alassia, en la capital provincial, y otro al hospital Jaime Ferré, en Rafaela.

Concluidos los peritajes, la escuela quedó bajo un estricto resguardo, imposible de atravesar.

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Tras el tiroteo, la escuela quedó, por varios días, inmóvil.

Tras el tiroteo, la escuela quedó, por varios días, inmóvil.

Funcionarios provinciales y el fiscal regional llegaron a San Cristóbal y brindaron una conferencia de prensa en la Regional XV. Sus rostros reflejaban la gravedad de la situación. En pocas palabras, dejaban entrever que lo ocurrido era aún más complejo de lo que se imaginaba: no se trataba de un caso aislado de bullying, sino de un hecho con características similares a los que, hasta entonces, parecían lejanos y propios de otras partes del mundo.

En paralelo, alumnos de la escuela —algunos con carteles— junto a sus familias, se concentraron en la plaza San Martín, a pocos metros del establecimiento. Pedían justicia. Muchos seguían en estado de shock, con lágrimas en los ojos, intentando procesar lo vivido. Algunos podían relatar el horror; otros preferían el silencio, como esperando despertar y confirmar que todo había sido una pesadilla.

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Dos adolescentes y un inesperado destino trágico

Con el correr de las horas, se conocieron más detalles sobre la víctima: Ian Cabrera, hijo único, proveniente del barrio San José, un sector humilde y popular. Familiares lejanos contaban el largo camino que habían recorrido sus padres para tenerlo, incluso con tratamientos médicos. También se supo que jugaba al fútbol en el Club Independiente, que recientemente había ascendido de categoría, y que este año había comenzado el primer año de la secundaria.

También comenzaron a conocerse aspectos de la vida de Gino, el homicida. Tenía una hermana mayor; su padre no vivía con él desde hacía tiempo. Residía con su madre y la pareja de ella, a pocos metros de la casa de sus abuelos, propietarios de una pyme local. Horas más tarde, su abuelo confirmó que la escopeta utilizada había sido sustraída de su vivienda, sin que supieran cómo logró ingresar, ya que el joven no tenía llaves. Además, indicó que no se encontraban en el domicilio en ese momento, debido a que alternaban su residencia con otra localidad.

Vecinos señalaron que Gino también tenía una vida deportiva activa: jugaba al básquet en un club de la ciudad.

En síntesis, quienes los conocían coincidían en un punto: ambos provenían de buenas familias, eran considerados buenos chicos, sin conflictos visibles ni antecedentes problemáticos. No se conocían entre sí y pertenecían a distintos cursos.

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La vuelta a clases en la escuela Mariano Moreno estuvo plagada de recuerdos.

La vuelta a clases en la escuela Mariano Moreno estuvo plagada de recuerdos.

El adiós y el volver a recomponer la rutina de la vida cotidiana

Ya por la noche se vivió una de las escenas más duras. Alumnos, compañeros de fútbol de la víctima, amigos y docentes se reunieron en la puerta de la escuela. Encendieron velas que dejaron sobre el suelo y las escalinatas. La mayoría permanecía en silencio; otros, con los ojos llenos de lágrimas.

Pasada la medianoche, otra información marcó el pulso de la jornada: el cuerpo de Ian fue entregado a su familia para el último adiós. En la mañana del 31 se realizó el sepelio. La ciudad permanecía en completo shock.

A un mes del hecho, la escuela retomó esta semana el horario completo, de 7:15 a 12:20, con el dictado habitual de todas las materias. Sin embargo, se implementaron cambios: los actos ya no son multitudinarios en el patio, sino que se realizan en las aulas, con actividades alusivas y conmemorativas.

El izamiento de la bandera se realiza a las 8 de la mañana con un grupo reducido de alumnos, acompañado por directivos y docentes. El timbre dejó de utilizarse: los cambios de horario se señalan con música.

Quienes acompañan a los estudiantes coinciden en que, lentamente, se intenta volver a la cotidianeidad, entendiendo que el tiempo será, en gran medida, el único reparador posible frente a una tragedia de esta magnitud.

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