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Policiales Rosario | Narcotráfico en Rosario | Germán de los Santos

Historias de las nuevas generaciones de narcos: más feroces y proclives a mostrar el terror

El Clan Funes, la nueva camada de Los Monos y los Caminos se jactan con sus acciones violentas y buscan enriquecerse de manera acelerada con el uso de mayor crueldad.

Alan Funes y su novia Jorgelina Selerpe nunca se imaginaron que un hombre que decía ser agente de la DEA y era un abogado trucho, como Marcelo D'alessio, que había viajado a Rosario en un BMW blindado color negro, se iba a jactar que la detención de esta pareja de jóvenes narcos había sido gracias a él.

Ese día, cuando "Chipi" Selerpe y Alan Funes se entregan tras verse rodeados por decenas de gendarmes y policías en un Fonavi, D'alessio envió un breve texto con el link del operativo: “Cumplo”. La destinataria del escueto mensaje fue Romina Bedetti, abogada de Lorena Verdún, viuda de Claudio "Pájaro" Cantero y madre de Dylan, un joven que fue condenado esta semana a tres años de cárcel.

El gobierno los mostró como si fueran Clyde Barrow y Bonnie Parker, la pareja de criminales estadounidenses que en la década del 30 escaparon de la policía durante tres años, una saga que terminó inmortalizada con el actor Warren Beatty. Alan y Chipi habían estado prófugos sólo 18 días.

El espía prometía a la abogada que había cumplido con su parte. D'alessio ofrecía un tome y daca. Le pedía a Verdún que le aportara nombres de políticos involucrados en el narcotráfico. Y le ofrecía, a cambio, que podría interceder para mejorar las condiciones de detención del Clan Cantero.

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Pero en el medio se había desatado una guerra entre dos bandas de chicos narcos, segunda y tercera generación de mafiosos pesados: Funes versus Caminos. Los Monos, que no podían estar fuera de nada, jugaban para los segundos.

Por eso, Bedetti le había pedido ayuda a D'alessio en un mensaje que le mandó por Whatsapp. “Me mataron a una clienta, Marcela Díaz, que se había presentado… el día 30 de diciembre fue baleada por gente de los Funes y salió ilesa y a su hijo la gente de los Funes lo dejó tirado en la cama con un tiro en la columna. El 3 de enero metimos la denuncia por este hecho. El 10 de enero presentamos la denuncia en Asuntos Internos. Y después presenté un habeas corpus donde no existía ningún pedido de captura ni ninguna causa abierta de ella. Ese día la terminan matando” (Aire de Santa Fe, 24 de octubre de 2020).

D'alessio se jactaba ante la abogada de haber detenido a la pareja de narcos desenfrenados que intentaban emular a Los Monos, con una reacción similar: la muerte como venganza. Alan y Chipi provenían de familias con una prosapia narco importante, pero ellos pertenecían a una nueva generación, de pibes nacidos y criados con autos importados y una pistola 9 mm en la cintura.

Nunca habían tenido un trabajo formal y, como sus padres y abuelos, seguían la tradición de tener una escasa formación educativa. Probablemente, fuera de ese mundo criminal, se morirían de hambre.

Las redes sociales y los medios de comunicación habían contribuido a moldear perfiles distintos de esta nueva camada. Eran más violentos, no tenían miramientos en matar a cualquiera que se atravesara en su camino, fuera un menor o un anciano o una familia entera.

Pretendían tener una vida acelerada, a toda máquina, cuyo destino se conjugaba entre dos opciones, en realidad, poco prometedoras, como la muerte y la cárcel. Exponían, además, ante los medios una irreverencia que sus padres y parientes nunca habían mostrado.

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La imagen de "Chipi" Selerpe sacando la lengua a los fotógrafos cuando era trasladada, esposada, después de una audiencia en los tribunales, tras la detención junto con su novio, exhibía un desdén que era novedoso. Se burlaba de todos, de los periodistas que la veían desfilar, con sus pantalones ajustados y su campera de jean, y de los funcionarios que la exhibían como un premio que habían obtenido.

También era algo nuevo en el rubro criminal que un narco como Alan Funes, de apenas 18 años en ese momento, se filmara en los festejos de Año Nuevo disparando una ametralladora FMK3. Era lo contrario al perfil bajo que cultivaba su padre Jorge.

El video que había subido a Instagram lo había registrado en la casa de su abuela donde cumplía detención domiciliaria por un crimen. Alan anticipaba con esos disparos lo que venía. Era un mensaje a sus enemigos, antiguos socios de su padre Jorge Funes, el Clan Caminos. Esa guerra entre las nuevas generaciones había dejado 30 muertos en sólo un año.

La mecha que detonó la guerra fue un operativo que hizo la Policía Federal contra Rosa Camino, la hermana de Roberto, conocido como "Pimpi", el histórico líder de la barrabrava de Newell’s. El nombre que los federales pusieron al despliegue infernal de efectivos en barrio Municipal no era un ataque de originalidad: “Rosa blanca”.

Pero la irrupción de los federales generó otro tipo de ataque. Alexis Caminos, sobrino de Rosa, estaba convencido que el golpe de la PFA había tenido efectividad porque alguien había hablado. Estaba seguro que eran sus enemigos barriales, los Funes. La idea que tenía en la cabeza Alexis no era descabellada. Formaba parte de los nuevos “códigos” que imperaban entre estas nuevas generaciones de narcos, que delataban a sus rivales en el negocio de la droga.

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La respuesta de Alexis a sus sospechas de que los Funes los habían entregado fue ejecutar siete días después de los allanamientos de la Federal a la madre de Alan Funes, que en ese momento tenía 16 años.

El pibe vio morir a su madre Mariela Miranda, que se desangró frente a él, después de que un balazo le destrozara la arteria aorta, contó el abogado Juan Audisio. Esa imagen nunca iba a desaparecer de su mente. Tampoco la ira para vengarse, a pesar de que era un adolescente. No había límites.

Jamil miraba videos de Youtube con el celular de su madre. Estaba sentado en el piso frío de baldosas de la cocina, en esa casa pintada con colores pastel. El calor era agobiante durante la noche y el aire parecía más espeso en esa cuadra de la zona sur.

Pablo Riquelme, su padre, descansaba sentado en una reposera en la vereda junto a sus otros dos hijos, un bebé que dormía en un cochecito, y una niña de cinco años. Una moto Enduro clavó los frenos y las balas quebraron el silencio de la noche.

El hombre que iba detrás disparó un cargador entero de balas 9 mm sobre el cuerpo de Pablo, un vendedor de drogas de los Caminos, a excepción de un proyectil que se incrustó en la axila de Jamil, de tres años. Ambos murieron, fruto de las esquirlas de esa guerra sangrienta y salvaje que mantenían los dos clanes.

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Lorena Verdún, viuda de Claudio Pájaro Cantero y madre de Dylan, un joven que fue condenado esta semana a tres años de cárcel.

Lorena Verdún, viuda de Claudio Pájaro Cantero y madre de Dylan, un joven que fue condenado esta semana a tres años de cárcel.

Alan se encargó personalmente de matar al que creían que era el que había desangrado a su madre. El 1° de mayo de 2016, Alan, en ese momento de 17 años, entró al pasillo de casas precarias de Ayacucho al 4300, apuntó su mirada y la pistola 9 mm contra Eugenio Solano, conocido como "Pupi", y lo acribilló. Antes de matarlo alcanzó a decirle que su muerte tenía una razón: vengar el crimen de su madre.

Solano murió en el acto, en ese pasillo ancho en cuya entrada hay una enorme palmera que se trenza con la maraña de cables de las conexiones ilegales. Solano no había matado a la madre de los Funes, pero su muerte sirvió de mensaje. Alan los había visto a los asesinos.

Unos meses después, Alan fue detenido y enviado al Instituto de Rehabilitación del Adolescente (IRAR), y la causa judicial tuvo varias idas y venidas en el Juzgado de Menores N° 3 con recurrentes pedidos de nulidades de sus abogados hasta que acordaron con la fiscalía en octubre pasado que fuera enviado a la casa de su abuela en el barrio La Tablada, donde con sus amigos lo filmaron disparando al aire con la ametralladora, una imagen que nutrió los noticieros nacionales ese verano.

Los cuatro hermanos (Alan, Lautaro, Johnatan y Ulises Funes) heredaron de su padre Jorge el temple de hombre duro, pero no siguieron el camino que le dio fama en Rosario: ser uno de los ladrones más buscados para abrir cajas fuertes a fines de los 90. Era otra época; tiempos de relativa paz.

Los Funes vivían en el barrio Municipal, dominado por Roberto Caminos, alias "Pimpi", con quien Jorge tenía una buena relación en la barra de Newell’s. A las torres Fonavi las llamaban Pimpilandia, donde las paredes mostraban quién mandaba, con la leyenda repetida de “la hinchada que nunca abandona”.

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Sus hermanos Juan Ramón y Alberto, alias Tato, controlaban el ingreso al barrio desde un santuario del Guachito Gil, que el líder de la barra construyó en la vereda de calle Alice. Pimpi tatuó su silueta en el lado derecho de su pronunciado abdomen. La hegemonía de Pimpi en las tribunas se extinguió cuando terminó en diciembre de 2008 el reinado de 14 años en el club de su jefe, Eduardo José López.

La “armonía” que reinaba entre Jorge Funes y Pimpi no se trasladó a la siguiente generación. Johnatan y Alexis Caminos iban a la escuela técnica Nº 393, a la misma que concurrían los Funes. Unos años después, los docentes tuvieron que suspender los recreos por los tiroteos entre los ex alumnos.

Los hijos de Pimpi mandaban como su padre y ya en aquella época Johnatan, conocido como Chamí, se paseaba a los 14 años armado por los pasillos del Fonavi. Johnatan Funes declaró a un juez unos meses antes de morir, acribillado en un cruce de rutas tras visitar a sus dos hermanos presos Alan y Lautaro, que cuando tenía 12 años Chamí y sus primos, dos y tres años mayor que él, les exigían ser sus sicarios.

La herencia del negocio de las drogas no fue fácil en esa familia. Rosa, de 46 años, la hermana de Pimpi, pretendía quedar al frente pero Alexis, su sobrino, se lo impidió con un mensaje claro: disparó más de 50 balas contra el frente de su casa en Anchorena 87 Bis. Alexis se alió con Ariel Segovia, "Tubi", pariente del histórico líder de Los Monos y delegado de la banda en la tribuna leprosa.

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La sugestiva bandera que exhibieron Los Monos en la cancha de Newell's.

La sugestiva bandera que exhibieron Los Monos en la cancha de Newell's.

Del otro lado, Lautaro y Alan Funes buscaron alianzas y se mudaron unas cuadras hacia el sur, a La Tablada, donde para sobrevivir en esa puja permanente de balas rasantes y venta de drogas, se ligaron con el asesino de Pimpi, René Ungaro, alias El Brujo, un hombre de 31 años, flaco y pálido, quien desde la cárcel de Pïñero, donde purga una condena a 13 años, mueve los hilos de la zona sur, apalancado con los Bassi, históricos enemigos de Los Monos. Con el apoyo de Ungaro fueron por más, a copar Pimpilandia, con un único lenguaje, el de las balas.

La rabia de los Funes se encendió el 11 de marzo de 2016, cuando un balazo de los Caminos destrozó la arteria aorta de Mariela Miranda, su madre. Fueron sorprendidos en la puerta de la casa. “Alan vio morir a su madre y eso no lo olvidará jamás”, contó su abogado Juan Audisio.

El ataque tenía cierta explicación. Siete días antes, la Policía Federal irrumpió en esa zona donde dominan los dos clanes. Allanaron seis búnkeres, secuestraron cinco kilos de cocaína y Rosa Caminos, hermana de Pimpi y tía de Alexis, fue detenida. El operativo se llamó “Rosa blanca”. Con la lógica narco que se impuso en Rosario, los Caminos creyeron que sus enemigos barriales habían delatado a la Policía Federal los puntos de venta de cocaína.

Alan Funes se vengó a los pocos días. Tenía apenas 17 años cuando entró al pasillo de Ayacucho al 4300 y empezó a disparar contra un grupo de muchachos que tomaban una gaseosa aquel 1° de mayo de 2016. Mató a Julio Solaro, que quedó tendido en ese pasillo con piso de tierra en cuya entrada hay una enorme palmera que se trenza con la maraña de cables de las conexiones ilegales.

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Desde ese momento las venganzas entre estas dos bandas no dejaron de repetirse con un hilo estremecedor: 37 crímenes en un año y medio. Pero el clima de tensión recrudeció desde el 1° de enero pasado, cuando se produjeron siete homicidios, y Jorge, el padre de los cuatro hermanos Funes fue baleado.

Luego, fueron asesinados Ulises y Johnatan Funes y el Jorge Selerpe, tío de la novia de Alan Funes. Y del otro lado, murieron Marcela Díaz, hermana de Segovia, y Luis Tourn y Sfía Barreto, ajenos a la disputa, y Pablo Riquelme y su hijo de tres años. Hay media docena de otros crímenes que los investigadores no definieron si están relacionado a esta guerra.

Chipi había sobrevivido. Estaba en libertad con la excusa que muchas mujeres usaban ante la justicia: debía cuidar a sus hijos. Sus ingresos para mantener a los chicos provenían del dinero que ingresaba a los búnkeres. Ella mantenía a raya el negocio. Controlaba a las jóvenes que embolsaban las dosis y las vendían a toda hora. Había estado presa unos meses en la cárcel de Ezeiza. Era dura. Implacable. Más dura que los hombres de su familia que reinaron en el narcomenudeo desde hace dos décadas.