Claudio Morocho Mansilla ganó fama dentro del crimen organizado de Rosario, tras protagonizar una de las fugas más importantes de la historia en el penal de Piñero. El 27 de junio de 2021 se produjo un golpe comando en la cárcel y lograron escaparse ocho reclusos. Fue recapturado once meses después y la justicia decidió trasladarlo a la cárcel de Ezeiza, donde tenía previsto participar con Esteban Alvarado de un plan de fuga más impactante: con un helicóptero del penal federal, algo que no logró concretar después de que el piloto delatara al jefe narco.
LEER MÁS ► Rosario: condenaron al "Morocho" Mansilla a 12 años de prisión por narcotráfico
Esta semana Mansilla recibió una mala noticia. Lo condenaron a prisión perpetua por considerarlo líder de una asociación ilícita que instigó crímenes desde la cárcel. La sentencia fue dictada por el tribunal integrado por los jueces Gonzalo Fernández Bussy, Rodrigo Santana y Aldo Bilbao Benítez. Morocho fue condenado por instigador de los asesinatos de Sergio Birri y Mauricio Gómez.
Mansilla protagonizó una fuga que provocó un cambio en el sistema penitenciario santafesino. El 27 de junio de 2021 un grupo comando atacó la cárcel de Piñero, y lograron escaparse ocho reclusos. Siete fueron recapturados a los pocos días, excepto Mansilla hasta que fue detenido un año después por efectivos de la nueva Unidad Especial de Investigación de Crimen Organizado de Santa Fe.
Mansilla fue recapturado en su casa en la zona Cero. Estaba cenando, ubicado en la cabecera de la mesa, acompañado por sus hijos pequeños de 1 y 3 años y otros tres familiares, cuando entraron los policías. No tuvo tiempo a nada. Su silla estaba ubicada a 30 centímetros de la puerta y cuando ingresaron los agentes ni siquiera pudo empuñar las dos pistolas semiautomáticas con las que se movía desde hacía casi un año.
LEER MÁS ► Morocho Mansilla, el prófugo que se movía con sicarios y dos pistolas en la cintura
En la casa donde fue detenido, Mansilla tenía casi medio kilo de cocaína, la droga que usaba para abastecer a los búnkeres de la zona sudoeste, que seguía manejando, y que le daban una recaudación de 1,5 millones de pesos por semana, según los investigadores.
Después de que se escapó Morocho estuvo escondido en Rosario, en una casa de calle Blumberg a unos metros de donde fue detenido. Permaneció allí, según los investigadores, unos tres meses. “Casi no salía y gente cercana le llevaba víveres”, apuntó una fuente de la investigación.
Luego decidió irse a Córdoba, donde tenía una casa, que se transformó en su vivienda permanente. No lo conocía nadie y podía moverse con mayor libertad. Allí llevó a sus hijos de 1 y 3 años, luego de que la madre de los niños, Jessica González, conocida como “La fea” en el ambiente narco, fue detenida por venta de drogas. Los pequeños, que tenía a su padre prófugo y a su mamá presa, habían quedado al cuidado de unos parientes.
LEER MÁS ► El misterio detrás de la aparición de 109 kilos de cocaína flotando en el Paraná frente a Rosario
Tres meses antes de su detención tuvo que volver a Rosario porque la Dirección de la Niñez quería evaluar cómo estaban los chicos, que no sabían que los cuidaba Mansilla que estaba prófugo. Entonces, Morocho tuvo que regresar a Rosario para evitar “perder” a sus hijos. Ahí se ubicó en la casa de la zona Cero, en el norte de la ciudad.
En Rosario se movía con dos sicarios armados y él siempre andaba con dos pistolas semiautomáticas encima, con una gorra de lana que le tapaba la cabeza y una bufanda que ocultaba una marca distintiva: los tatuajes en el cuello. Se trasladaba en autos que también cambiaba de forma frecuente.
Su relación con Delfín Zacarías, el narco de San Lorenzo que está detenido en Devoto con una condena a 16 años por narcotráfico, le habilitaba proveerse de estupefacientes para proveer a los búnkeres que manejaba en la zona oeste y uno ubicado detrás de la Oficina de Recepción de Detenidos de Rosario (Order), en 27 de febrero al 7800. Uno de sus hijos es ahijado de Zacarías, algo que prueba la cercanía con el jefe narco, que tenía una de las cocinas de cocaína más grandes del país en el country de Funes.
LEER MÁS ► La venta de drogas por app crece y se mueve en un mundo ajeno a la violencia
Al ingreso de los puntos de venta propios Morocho le sumaba la recaudación de los búnkeres a los que cobraba por protección en el sudoeste. Cada kiosco de drogas debía pagarle 300.000 pesos por semana.
Mansilla era un preso despiadado en la cárcel. Era uno de los jefes del pabellón Nº14. No estaba a resguardo ni separado del resto porque no se lo consideraba un interno de alto perfil. Hacía cosas despiadadas, recuerdan desde la cárcel. Tenía un grupo de presos jóvenes que eran como sus sirvientes. Les llamaban los “lavatáper”. Se jactaba de eso y los filmaba cuando hacían las tareas de limpieza, y le lavaban la ropa.
En las requisas detectaron que Mansilla tenía un “nido” para guardar celulares en los conductos de ventilación que nunca funcionaron. En ese escondite los teléfonos son colocados con un gancho, con el que después de que pasen los controles los presos los “pescan”.
Una vez los guardiacárceles tuvieron que romper el hormigón para poder obtener un aparato de Mansilla que logró romperlo con cierta complicidad de un agente. Ese pabellón ahora está al mando de Hernán Romero, conocido como Lichi, líder de un clan familiar que domina la venta de drogas en la zona norte de Rosario, y Mauricio Laferrara, alias Caníbal, uno de los sicarios de Alvarado que está imputado de seis asesinatos y desapareció de la cárcel de Devoto hace poco más de un mes.
Mansilla pasó gran parte de su vida tras las rejas. Fue sentenciado a 25 años de cárcel unos días después de fugarse por los asesinatos de los jóvenes Nieri y Leonel Bubacar. Esta semana fue sentenciado a prisión perpertua.
Morocho había salido en libertad después de cumplir una condena a 17 años de prisión por intento de robo calificado y una causa por narcotráfico de 2013. Intentó recuperar terreno en la geografía narco en la zona oeste de Rosario, pero ese afán expansivo llevó a que Mansilla se trenzara en permanentes conflictos con otras bandas zonales, como la que lidera Walter Abregú, detenido por la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA) en 2019, tras estar prófugo varios meses.
Te puede interesar





