Causa Laguna Paiva II: María Deolinda, una bebé nombrada en cautiverio y criada a metros del represor que desgarró a su familia

Su nombre nació con una promesa sellada en la oscuridad de un camión que trasladaba a sus papás, secuestrados durante la dictadura. En una charla con AIRE, María relata cómo el histórico fallo judicial de Laguna Paiva II permite que los Páez puedan caminar la ciudad sin el fantasma del verdugo familiar, Eduardo Enrique Riuli, a la vuelta de la esquina.

María Deolinda estaba en el vientre de Juana Medina cuando un secuestro el 15 de febrero de 1980 marcó la historia de la familia Páez.

María Deolinda estaba en el vientre de Juana Medina cuando un secuestro el 15 de febrero de 1980 marcó la historia de la familia Páez.

El pasado 7 de agosto, el Tribunal Oral Federal de Santa Fe dictó una sentencia que marcó un antes y un después en la jurisprudencia argentina: por primera vez en la historia, el abandono de niños y niñas durante la dictadura fue reconocido y juzgado como un crimen de lesa humanidad en el país.

En el centro de este fallo histórico y de la historia de María Deolinda Páez y sus seis hermanos se encuentra la condena a Eduardo Enrique Riuli, expolicía de inteligencia, sentenciado a 15 años de prisión por su responsabilidad en el calvario de la familia Páez y por haber dejado a seis hermanos, de entre uno y 12 años, abandonados a su suerte.

Este veredicto inédito no solo castiga los secuestros y tormentos sufridos por los obreros del frigorífico Nelson, sino que valida una forma de hacer terrorismo de Estado: el uso de las infancias como parte de un plan sistemático de durante la última dictadura en Argentina.

Para María Deolinda Páez, la hija que nació poco después de aquel horror, la justicia llegó con el mensaje de que lo que vivieron sus hermanos fue un delito contra la humanidad, que 46 años después encuentra reparo en una condena a Riuli, personaje principal en su historia, y a otros tres represores.

Mario, el hijo mayor de Arnaldo Catalino Páez y Juana Medina, fue el único hijo de la pareja secuestrado en febrero de 1980.

Mario, el hijo mayor de Arnaldo Catalino Páez y Juana Medina, fue el único hijo de la pareja secuestrado en febrero de 1980.

La promesa que selló su identidad

Durante gran parte de su infancia y preadolescencia, María sintió que su nombre era una molestia. En la escuela y entre sus hermanos, las bromas eran constantes. De niña, con la inocencia de quien no conoce el peso de su propia historia, solía reclamarle a su mamá, Juana Medina, por haber elegido un nombre que le disgustaba.

Juana solía responder con evasivas hasta que un día, cuando María cumplió los 12 años, el silencio se rompió para revelar una de las historias más desgarradoras de la dictadura en Santa Fe.

Según relata en el programa Santa Siesta, de AIRE, la construcción de su identidad comenzó el 15 de febrero de 1980, en el vientre de Juana, en medio del operativo que desgarró a la familia Páez. Mientras la mujer permanecía secuestrada en un camión de caja cerrada, con los ojos vendados y la incertidumbre de no saber si volvería a ver a sus otros hijos, escuchaba a pocos metros cómo torturaban a su esposo, Arnaldo Catalino Páez.

Tras un período de oscuridad, en un momento de soledad en aquel acoplado, Juana logró divisar por una pequeña ventanita un retazo de cielo. Allí estaban las Tres Marías. En un acto de fe, la mujer les pidió protección para los hijos que habían quedado "a la buena de Dios" y para el bebé que llevaba dentro. Ahí mismo selló el pacto: si el bebé era una niña, la nombraría en su honor. Así nació María Deolinda, portando una marca de resistencia que ella recién podría valorar décadas después.

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Doce años en una burbuja y el choque con la realidad

Hasta los 12 años, María vivió en una burbuja de aparente normalidad en Salto, provincia de Buenos Aires. Allí, la vida transcurría con tranquilidad entre plazas, escuelas y cines.

Sin embargo, el regreso de la familia a Laguna Paiva en 1992 cambió la dinámica por completo. Juana, que en Salto era una madre relajada, se transformó en una sombra vigilante. "Cuando llegamos a Paiva, ella cambió. Quería saber dónde estábamos todo el tiempo", relata María Deolinda en AIRE.

Juana no los dejaba ir solos ni al kiosco ni a la farmacia; incluso cuando los niños estaban en el patio de la escuela, que quedaba justo enfrente de su casa, permanecía de pie en la puerta, observándolos.

Para María era actitud era incomprensible y "rara", hasta que uno de sus hermanos le explicó el origen: Eduardo Riuli. "Vos no sabés nada", le dijo Ceferino a María Deolinda un día: "Acá, en Paiva, vive uno de los que secuestró a papi, a mami y a Mario". María conocía al expolicía, que estaba en actos escolares, en la radio y en la televisión. Era una figura pública.

Lo que no sabía era que aquel vecino, que vivía a una cuadra y media de su propia casa, era un exoficial de inteligencia de la policía provincial que había participado y dirigido la persecución y tortura de su familia.

Organismos de derechos humanos, familiares de las víctimas y organizaciones sociales se concentraron frente a los Tribunales Federales de Santa Fe durante la jornada de alegatos de la causa Laguna Paiva II, el juicio que condenó el abandono de niños, niñas y adolescentes como delito de lesa humanidad durante la última dictadura.

Organismos de derechos humanos, familiares de las víctimas y organizaciones sociales se concentraron frente a los Tribunales Federales de Santa Fe durante la jornada de alegatos de la causa Laguna Paiva II, el juicio que condenó el abandono de niños, niñas y adolescentes como delito de lesa humanidad durante la última dictadura.

El protocolo de supervivencia de "Cato"

Aunque Catalino Páez intentó resguardar a sus hijos más pequeños de los detalles más escabrosos, el miedo nunca lo abandonó. María recuerda un consejo que su padre le repetía como un mantra de supervivencia, una instrucción que dejaba al descubierto que, para él, la dictadura nunca había terminado de irse de las calles de aquella ciudad.

"Si algún día te para la policía y te quieren llevar a la comisaría, a cualquier persona que pase por la calle decile tu nombre, decile quién es tu papá y decile tu dirección", decía Catalino.

Era la forma de cuidado de un hombre que sabía lo que significaba desaparecer y que entendía que, en una ciudad pequeña, la identidad podía ser la única diferencia entre estar y no estar.

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Un fallo que ahuyenta a los fantasmas

Catalino murió antes de escuchar la sentencia, pero su lucha fue incansable. Desde 1984, envió cartas a todas las autoridades posibles exigiendo una justicia que parecía no llegar nunca.

El pasado 7 de agosto, la justicia cerró ese círculo de dolor con un fallo histórico que incluyó a Antonio Parvellotti (18 años), Víctor Brusa (14 años) y Oscar Valdez (9 años), además de la condena para Riuli.

Para María Deolinda, el veredicto representa, ante todo, una reparación. “Es sumamente importante para nosotros que Riuli no esté más en Paiva”, sostiene. El arresto domiciliario previo a esta condena mantiene cerca a quien durante décadas fue una presencia amenazante para la familia y, de algún modo, conserva un “fantasma” que los acompañó durante tantos años.

Ahora, los Páez esperan poder habitar Laguna Paiva de otra manera: sin tener que pensar dónde está Riuli, sin trasladar ese miedo a las nuevas generaciones y sin que el pasado vuelva a aparecer en cada esquina. “Mi madre, al igual que todos, tiene derecho a vivir una vida tranquila y sin fantasmas alrededor”, concluye María.

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