Causa Laguna Paiva II: la historia de Mario Páez y su papá, unidos por la tortura en el D-2 de Santa Fe durante la última dictadura

En el medio de una tortura, Arnaldo Catalino Páez esbozó una sonrisa cuando vio que su hijo, de 14 años, vivía. Su secuestrador, Eduardo Enrique Riuli, fue condenado bajo la figura de crimen de lesa humanidad por abandono infantil durante la última dictadura militar en Argentina luego de vivir, durante años, a una cuadra y media de sus víctimas en Laguna Paiva.

Mario Páez es el hijo mayor de Arnaldo Catalino Páez y Juana Medina. Los tres fueron secuestrados el 15 de febrero de 1980.

Mario Páez es el hijo mayor de Arnaldo Catalino Páez y Juana Medina. Los tres fueron secuestrados el 15 de febrero de 1980.

Arnaldo Catalino Páez era papá de seis niños cuando, el 15 de febrero de 1980, fue secuestrado junto a su esposa embarazada por el aparato represivo de la última dictadura cívico-militar. Tras un operativo feroz en un horno de ladrillos, la familia quedó partida: los padres y Mario, el hijo mayor, fueron trasladados a centros clandestinos de detención, mientras cinco pequeños, de entre uno y 12 años, quedaron abandonados a su suerte.

Días después, en la penumbra del centro clandestino que funcionaba en el ex Departamento de Informaciones de la Policía en la ciudad de Santa Fe, conocido como el D-2, se produjo un encuentro que quedaría marcado a fuego en la memoria de Mario, el hijo mayor, quien revive el recuerdo en el programa Santa Siesta, de AIRE. En esa memoria está su padre, con la cara desfigurada por una brutal tortura, la lengua casi cortada a la mitad y sangre supurando de sus oídos. Sin embargo, al ver a su hijo, Catalino sonríe, regalándole a ese adolescente una imagen que conserva hasta hoy.

Con la voz quebrada, Mario repasa ese momento y cuenta que, años después, le preguntó a Catalino de dónde había sacado la fuerza para darle una sonrisa en medio de ese calvario. Con los ojos en el hoy pero con la mirada aún en la de su papá, Mario reproduce la respuesta, llena de amor y de resistencia: "Sonreí porque estabas vivo". Sin quererlo, anticipa en esa frase la esencia de su padre, dirigente sindical de la agrupación "La Lucha" del Frigorífico Nelson, cuya preocupación por sus compañeros atravesó buena parte de su vida.

Una condena inédita en el país

Catalino murió sin ver el final del camino judicial de la causa Laguna Paiva II, que el pasado 7 de agosto terminó con la condena a Eduardo Enrique Riuli y a otros tres represores. El fallo marcó un precedente inédito: por primera vez en el país, el abandono de las infancias fue juzgado bajo la figura de crimen de lesa humanidad.

Durante años, Riuli vivió a poco más de una cuadra metros de la familia Páez, en la localidad de Laguna Paiva. Detrás de esa cotidianeidad, se escondía un exoficial de inteligencia de la Policía, señalado como pieza clave en la persecución de trabajadores ferroviarios y obreros del cordón industrial de la provincia.

En los estudios de AIRE, Mario mira a su hermana menor, María Deolina Páez, sentada a su lado. Después recorre sus alrededores con la mirada y detiene la vista en su mamá, Juana Medina, ubicada detrás del vidrio de control. El testimonio recuerda que Riuli le rompió la nariz de una patada, estando embarazada, y la golpeó en el vientre mientras le tomaba declaración bajo tortura.

Ese mismo día en el D-2, Riuli también estuvo frente a Mario. Lo tomó de los hombros y lo obligó a mirar a su padre, que, con el cuerpo destrozado por las golpizas, lo vio con vida, le sonrió y le dejó un gesto que Mario conserva hasta hoy.

El ex Departamento de Informaciones de la Policía en la ciudad de Santa Fe, conocido como el D-2, fue un centro clandestino de detención durante la última dictadura militar.

El ex Departamento de Informaciones de la Policía en la ciudad de Santa Fe, conocido como el D-2, fue un centro clandestino de detención durante la última dictadura militar.

Esa violencia fue parte de un plan sistemático dirigido contra los sectores combativos de Laguna Paiva, donde la policía salía "de safari", describe Mario, para levantar gente. El operativo donde Riuli y otros integrantes de la fuerza dejaron a los niños abandonados fue una de las expresiones más brutales de ese plan.

Guiados por la mayor de las hermanas, aquellos niños deambularon en busca de ayuda. Al regresar a su hogar, encontraron la casa saqueada y debieron trabajar para poder comer, antes de ser rescatados por la Cruz Roja.

Catalino murió sin llegar a ver la justicia por la que tanto luchó. Mario, en cambio, estuvo allí para escuchar el veredicto del Tribunal Oral Federal de Santa Fe que impuso 15 años de prisión para Riuli, además de 18 años para Antonio Parvellotti, 14 para Víctor Brusa y 9 para Oscar Valdez.

Para él, el veredicto representa justicia para los obreros del frigorífico y el reconocimiento de que aquel plan alcanzaba también a sus hijos.

Organismos de derechos humanos, familiares de las víctimas y organizaciones sociales se concentraron frente a los Tribunales Federales de Santa Fe durante la jornada de alegatos de la causa Laguna Paiva II, un juicio histórico que condenó el abandono de niños, niñas y adolescentes como delito de lesa humanidad durante la última dictadura.

Organismos de derechos humanos, familiares de las víctimas y organizaciones sociales se concentraron frente a los Tribunales Federales de Santa Fe durante la jornada de alegatos de la causa Laguna Paiva II, un juicio histórico que condenó el abandono de niños, niñas y adolescentes como delito de lesa humanidad durante la última dictadura.

Un hombre de mil oficios

Para entender la sonrisa de Catalino en la sala de torturas, Mario retrocede en el tiempo y reconstruye la imagen de su papá, forjado en la dureza del campo y la injusticia. Arnaldo Catalino era del norte de Santa Fe, del departamento 9 de Julio, donde trabajó desde niño vendiendo animales tras la muerte de su padre.

Un trágico accidente le arrebató su primer hijo, de apenas tres años. Después de esa pérdida, cuenta Mario, buscó nuevos destinos junto a su compañera, Juana Medina, hasta llegar a las calles de Laguna Paiva.

Allí, trabajando en el frigorífico Nelson, Catalino se transformó en "el Cato". Mario recuerda que su padre no era un militante de cuna, sino un hombre con una facilidad para reunir a sus pares ante la desesperación de pasar cinco meses de trabajo "sin recibir una moneda".

Así nació "La Lucha", una agrupación de obreros que convirtió a Páez en un perseguido político. "Mi padre fue militante y yo fui uno de sus laderos", cuenta Mario con orgullo en AIRE, rememorando los años en que recorrieron el país —Entre Ríos, Corrientes, Buenos Aires— trabajando como ladrilleros, peones de campo o estibadores, siempre bajo una libertad frágil.

A los 14 años, Mario ya conocía la lógica de una vida en fuga, una vida que se enhebraba día a día entre el barro del pisadero y las lecciones de papá, que nunca ocultó su condición de perseguido. El 15 de febrero de 1980, ese hilo se cortó. Esa tarde, la realidad tomó la forma de un acoplado de camión, de una soga entre los dientes, de una venda en los ojos y de una canción de Palito Ortega que sonaba más fuerte que los gritos de las víctimas.

Con la sentencia, Mario siente que la rueda se rompió. “Es saber que todavía estamos vivos, que todavía tenemos el derecho de levantar nuestra voz”, reflexionó.

Cuarenta y seis años después, Mario Páez es un adulto, pero también es aquel joven al que le arrebataron la adolescencia en un centro clandestino de detención. Es, además, la continuidad del legado de Catalino y como él, también sonríe. Después de 46 años, la memoria le ganó al terror.

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