La seguridad aparece como una sombra en las campañas electorales desde hace tiempo. En Rosario la penumbra cubre el problema de la violencia y el narcotráfico y en el resto de la provincia, sobre todo en los principales centros urbanos, como Santa Fe, la inseguridad. En ese eje coinciden todas las encuestas, que traslucen la principal preocupación de la población. Es un rubro de problemas antiguos. Por lo menos llevan una década. Nada parece nuevo. Los gobiernos pasan, también los signos políticos que ejercen el poder, y esa inquietud o “flagelo”, como se lo caratula, sigue en pie. Porque las soluciones no aparecen, y los eslóganes que ensayan los publicistas en años impares se difuminan luego en la cruda realidad, con historias atravesadas por un dolor profundo, en el que se entremezclan escenarios nuevos, que la política no consigue descifrar, más allá de la complicidad de los actores del Estado, como la Policía.
Como el fracaso es transversal a todas las fuerzas políticas que transitaron por el poder, tanto nacional como provincial, nadie tampoco puede jactarse de guardar un trofeo que marque una victoria sobre el llamado crimen organizado o desorganizado.
Los rostros que aparecen en la publicidad electoral muestran el rictus de ese fracaso. Miradas punzantes, serias. Se esfumaron las sonrisas de los carteles. Caras más naturales, lavadas, sin el desvarío del clásico Photoshop, buscan mostrar ese estado de preocupación y hasta de bronca, que es generalizado entre los que miran los afiches. Ya nadie se anima a sonreír. Ninguno puede mostrar un cielo despejado y celeste, como en la campaña que lo llevó a la victoria a Hermes Binner en 2007. A nadie se le ocurriría hoy un eslogan como “paz y orden”, como propuso el actual gobernador en 2019. En el horizonte se yerguen más que nada tormentas.
La propia crisis asumió un rol cancelatorio del vuelo proselitista de las campañas, en medio de un descreimiento creciente, a la par de la bronca, que está latente con la nueva expresión en el ausentismo, como ya se vio en otras provincias. Por eso, varios candidatos descifran el pronóstico meteorológico como una amenaza o una redención.
El cronograma electoral genera particularidades. Se podría votar cinco veces este año, aunque seguro se cargará la urna con el voto en cuatro oportunidades, entre los comicios provinciales y nacionales. Dosificar esa intensidad es el dilema. Cómo evitar generar mayor hastío. ¿De qué manera sortear esa sensación de que todo es lo mismo? Por eso las propuestas aparecieron vacías de contenido en materia de seguridad y recubiertas de una pátina “generalista”. Se impuso la firmeza como patrón mayoritario en los manuales de campaña, ante los discursos que comenzaron a delinearse en Buenos Aires, sobre todo en Juntos por el Cambio.
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Desde 2014 en Rosario se aplicó un solo plan que descansó en el envío de gendarmes como redentores de una solución que tiene otros costados, más allá de la seguridad pública. Se intentó replicar sin éxito el programa de Sergio Berni cuando en abril de 2014 apareció un ejército de gendarmes, que secuestraron en seis meses sólo 6,9 kilos de cocaína, pero generaron una sensación profunda de seguridad. Ocho veces se intentó replicar esa idea, incluso, con Patricia Bullrich en 2016, y ahora con Aníbal Fernández. Nunca en ese periodo se reformó la policía, uno de los motores del engranaje de la mafia, desde que en 2008 intentaron armar el primer cartel con Esteban Alvarado y Luis Medina como principales socios.
Frente al espectáculo de la política real, Los Monos decidieron hacer una exhibición de poder ya no sólo con los crímenes cotidianos, que llevaron a que Rosario tenga un índice de homicidios cuatro veces superior a la media nacional, sino con una bandera de 40 metros, con caricaturas de Ariel Guille Cantero y de dos de sus lugartenientes en la barra de Newell’s. Ese fue el cartel más importante de la campaña electoral. El que se burla de todos. “Nosotros estamos más allá de todos”, decía el texto del “trapo” que fue fabricado en un taller de Isidro Casanova, en La Matanza.
La escasa profundidad de la campaña electoral dejó lugar a que un grupo criminal, que surgió de la extrema marginalidad, con la mayoría de sus integrantes que apenas pueden deletrear su nombre, dejara como mensaje que un Estado ineficaz no puede evitar que una región, de donde se exporta el 85 por ciento de los granos que produce el país, caiga en esa situación de indefensión que agita el miedo, incluso, el de ir a votar. Porque este clan criminal, dirigido desde las cárceles federales y provinciales, ya lo intentó en las elecciones de 2021, cuando buscó generar pánico al realizar ataques seriales contra estaciones de servicio en Rosario y balear dos escuelas.
El ministro de Seguridad de Santa Fe, Claudio Brilloni, señaló que desde esta semana se está llevando adelante el operativo traslado de urnas hacia las escuelas, acompañado por efectivos policiales, desde la central de concentración hacia las 1.452 escuelas. En esa línea, confirmó que “cada uno de esos lugares va a contar el día sábado con un agente policial y el día domingo se van a agregar dos agentes más de la policía de Santa Fe, haciendo un total de 3.456 policías”.
“A ese número tenemos que agregar personal policial en los centros de carga de Rosario y Santa Fe, grupos de reserva y personal de patrullaje en las adyacencias a algunos establecimientos escolares en particular –colegios que ya fueron atacados-, con patrullajes flexibles y dinámicos, lo que nos da un total de 5.808 agentes de policía afectados al operativo electoral”, puntualizó el excomandante de Gendarmería.
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