domingo 21 de noviembre de 2021
Policiales robo al banco Macro | robo |

A nueve años del histórico robo a un banco de la peatonal santafesina habla por primera vez uno de los guardias que fue rehén

Lo privaron de su libertad en un baño de la sucursal de la peatonal, sufrió apremios ilegales por parte de la policía y pasó un mes preso pese a que era inocente. Hoy, a casi una década del mayor desfalco que tuvo la ciudad de Santa Fe, Misael Cerati rompe el silencio.

Misael Cerati tiene el recuerdo intacto de lo que sucedió aquella noche del 8 de septiembre del 2012, cuando en la sucursal del banco Macro de la peatonal de Santa Fe una banda de los ladrones ingresó por las ventanas del fondo de la manzana y se alzó de un botín millonario. Más de 30 millones de pesos extraídos de las cajas de seguridad que jamás fueron encontrados. Ni siquiera las joyas que los clientes supieron depositar.

A nueve años de aquel impactante golpe delictivo, Misael decidió contar qué sucedió aquella noche, cuando llegó a la puerta del banco para relevar a su compañero Enrique Benega, sin imaginar que al cruzar ese frente vidriado su vida cambiaría por completo.

Por el atraco, Misael pasó de ser un simple guardia de la empresa El Centinela a convertirse en el centro de las sospechas de una investigación judicial, sufrir apremios ilegales y torturas, estar preso siendo inocente e incluso padecer serios ataques de pánico. Fue indagado por el entonces juez de Instrucción Octava, Jorge Patrizi, el 5 de octubre del 2012. Desde ese entonces y hasta un mes después, quedó detenido en la Seccional N°11, donde aguardó que se resuelva su situación procesal. Recién el 5 de noviembre, el magistrado a cargo de la causa le otorgó la libertad y posteriormente la falta de mérito.

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Robo al banco Macro. La postal que dejó el día después del atraco.

Robo al banco Macro. La postal que dejó el día después del atraco.

A nueve años de aquel episodio, decidió contar su historia. “Decidí dar esta nota porque siempre me gustó contar la historia del robo desde mi punto de vista para que la gente sepa lo que pasó”, aclaró antes de arrancar un dialogo exclusivo con AIRE.

—¿Qué pasó el 8 de septiembre de 2012?

—Era un día normal, jamás hubiera pensado que se venía todo eso.

—¿Qué hizo ese día?

—Eso fue un sábado. Me levanté de lo más normal. Había cambiado el turno con uno de mis compañeros porque mi idea era empezar a ahorrar plata y una de las formas de ahorrar era no salir a gastarla. Hice la parte de relevo, todo fue normal.

—¿A qué hora llegó al banco?

—Habré llegado a las diez menos cinco, capaz.

—¿Y qué pasó?

—Me abre mi compañero, como es normal, y nos saludamos. Pasamos a la parte que está atrás del cajero que es donde está la carpeta en la que se anotan los eventos que van pasando y él (el guardia Benega) me hace un descargo de lo que fue ese día. Cuando vamos para esa parte, salta una persona con una máscara, que si mal no recuerdo era de Chuky, con unos pelos raros, con un arma y nos dice que nos tiremos al piso. Yo no tomé la dimensión de lo que estaba pasando. Jamás imaginé que podría pasar.

—¿Y después que pasó?

—Me pidieron que me tire al piso y que pusiera las manos atrás de la espalda. Yo sentía que tenía un arma en la cabeza. Me ataron las manos con unos precintos y me llevaron a uno de los baños que estaba, si mal no recuerdo, en el tercer piso.

—¿Cuándo llegó al baño había otros rehenes?

—No, yo fui el primero. Después cayeron los chicos que eran fleteros que habían ido a llevar unas máquinas viejas que estaban en el depósito.

A nueve años del robo al banco Macro habla, por primera vez, uno de los guardias que fue rehén

—¿Cómo fue ese momento? ¿Qué pasaba con los ladrones?

—En el momento en que estaba en el baño se escuchaban ruidos. Se sentía olor a metal quemado y vibraciones en la pared. Muchos movimientos.

—¿El trato con los ladrones cómo fue?

—La verdad que bien. Me preguntaron si quería ir al baño, si necesitaba fumarme un pucho. Es más, uno de los tipos estos me prendió un cigarrillo y me lo dio. En todo momento ellos me dejaron en claro que a mí no me querían hacer nada. Me dijeron “la plata no es tuya, quédate tranquilo que no te va a pasar nada”.

—¿Qué tonadas tenían los ladrones?

—Había uno que era cordobés o tucumano y esos fueron los acentos que pude entender.

—¿Estaba perdido en el tiempo?

—Era como que no pasaba porque los que estábamos dentro del baño no sabíamos bien cómo iba a terminar esa situación. Fue interminable esa noche.

—¿Se escuchó la alarma mientras estaban tomados de rehén?

—No lo recuerdo.

—¿Cómo fue el momento de la huida de los ladrones?

—Empezamos a sentir que se llevaban las mochilas con rueditas. Se empezaron a escuchar un montón de esos ruidos. Y en un momento se dejaron de escuchar. Y de un momento para otro cayó la policía.

—¿Y ahí qué pasó?

—La policía entra después de romper un vidrio que está arriba del cajero y empezaron a los gritos y no sabían que estábamos nosotros ahí porque nos habían sacado la perilla de la puerta. Empezamos a gritar que estábamos encerrados y entraron con unas armas gigantes.

—¿Y en el banco qué pasó?

—Empezaron a caer las cabezas del banco que serían los gerentes y no se sabía que pasaba. Aparte, la gente que pasaba (por la peatonal) empezó a ver policías ahí y se corrió la bola que habían robado. Toda la gente que tenía la caja de seguridad empezó a llegar y quería entrar.

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Caos. Un día después del robo, los clientes del Macro fueron hasta la sucursal y concentraron en la puerta.

Caos. Un día después del robo, los clientes del Macro fueron hasta la sucursal y concentraron en la puerta.

—¿Fue a la bóveda del banco?

—Yo quería saber que había pasado y bajé hasta la parte donde está la bóveda y las partes de las cajas. El lugar estaba lleno de polvillo, las cajas estaban abiertas. Había un boquete que se ve que no pudieron hacer más que eso. Había plata tirada y joyas. La verdad que no sabía que habían hecho tanto.

—¿Cómo fue el clima en ese entonces adentro de la entidad?

—Los gerentes buscaban quién tenía la culpa. La policía no entendía cómo había pasado. Después, llegó uno de los jefes de la empresa en la que yo trabajaba, que se notaba que tenía muy poca experiencia, pero siempre hubo un trato genial.

—Era un clima de caos…

—Los policías estaban esperando que alguien les dijera qué tenían que hacer.

— ¿Qué piensa de las medidas de seguridad que tuvo el banco en su momento?

—Las únicas medidas de seguridad que tenía eran nosotros. La empresa era malísima. Nos dieron un solo curso que duró dos horas y eso fue todo lo que hicimos.

—Después que lo tomaron de rehén, ¿tuvo que trabajar durante esa jornada?

—Exactamente. Ese mismo lunes (un día después del atraco) me toca ir a la sucursal frente a la cancha de Unión y ni mi jefe ni nadie de la empresa me preguntó si yo estaba bien para ir a trabajar. Yo tampoco dimensioné lo que había pasado. Recién, un fin de semana después, cuando me tocó ir a trabajar a una sucursal una noche, me cayó la ficha de todo lo que había pasado.

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Tras el asalto y ser tomado de rehén, Cerati tuvo que trabajar igual.

Tras el asalto y ser tomado de rehén, Cerati tuvo que trabajar igual.

—¿Qué sintió?

—Pánico. Por ejemplo, estaban las chicas de limpieza a la noche pero yo escuchaba ruidos o veía gente y eso me generaba pánico. Cuando terminé ese turno le dije a mi jefe que no podía seguir trabajando así y dijo que llamara a la ART y que me dieran turno con un psicólogo.

—Eso fue una semana después del robo. ¿A usted lo llamaron después a declarar?

—No fue un llamado, me pasaron a buscar y así fue la parte que me secuestraron. Cayó un patrullero a mi casa, atendió mi vieja y me llamó a mí. Los policías me dijeron que me necesitaban para reconocer a una persona que habían atrapado y yo les dije que no había visto las caras de ninguno. Ahí me llevan a Seguridad Personal (el área que realizaba las investigaciones) y yo entré como testigo y no como un criminal. Llegamos a una salita y me dijeron “ estás bajo arresto, sacate las zapatillas y el cinturón”.

—¿Y después que pasó?

—Yo no podía creer lo que estaba pasando, básicamente. Me tuvieron arrodillado no sé cuántas horas. Me pusieron un casco dado vuelta en la cabeza que me apretaba la cara y me empezaron a golpear la espalda en la parte de los riñones y un poco en los hombros.

—¿Cuánto tiempo duró la tortura?

—Creo que fue un día entero. Después me pasaron a otra Comisaría que no recuerdo cuál era porque me habían llevado con la cara tapada. Ahí me dejaron durmiendo en una celda esa noche y después de vuelta para Seguridad Personal.

—Y en Seguridad Personal ¿qué le decían?

—Ellos (por los policías) pensaban que yo era uno de los culpables y bueno, hicieron lo único que sabían hacer: torturar.

—¿Le hicieron firmar algo?

—Si, me hicieron firmar un papel que no sé qué era. Después me hicieron confesar delante de una cámara que yo había sido cómplice y yo en ese momento, con tal que me dejen de pegar hubiera podido hacer cualquier cosa.

—¿Qué pasó cuando lo llevaron ante el juez (Jorge Patrizi)?

—Ahí pensé que me iban a trasladar a la cárcel directamente. Ahí la vi a mi vieja que hacía un montón que no la veía.

—¿Cuántos días estuvo privado de su libertad?

—Tres días. De hecho, el abogado tuvo que presentar un habeas corpus porque nadie sabía dónde estaba yo. Estuve secuestrado.

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—¿Qué ocurrió en la indagatoria ante el juez?

—Le conté todo lo que había pasado y todo lo que me habían hecho. Es más, uno de los policías me dijo que el juez avalaba lo que me estaban haciendo a mí y yo le dije eso al juez y éste me dijo que iba abrir una causa. Después de esa indagatoria estuve un mes en una de las comisarías y me llevé muy bien con las personas que estaban alojadas ahí. Aparte el primer día que yo llegué ahí me vieron que estaba todo moretoneado, me ayudaron a sentarme, me explicaron cómo funcionaba la cosa y quiénes mandaban por celda. En ningún momento me sentí amenazado.

—¿Qué tipo de lesiones le provocaron los policías?

Se me pararon en los tobillos y me los doblaban cuando yo estaba arrodillado. Después golpes en los riñones. Toda la espalda era moretones. Y mis rodillas estaban todas laceradas. Me tuvieron un montonazo arrodillado.

—Y después de ahí, ¿cuándo salió en libertad?

—No me acuerdo la fecha, pero sí la sensación. Sentí una libertad tremenda. Cuando salgo en libertad lo primero que me hicieron fue llevarme hasta una de las comisarías en donde me toman las huellas digitales y me dijeron “ya te podes ir”, así como si nada. Así como estaba vestido me fui caminando hasta lo de mis tíos. Como yo sabía que mi vieja estaba ahí, fui directamente hasta lo de ellos. Fueron como cuatro kilómetros, pero yo sentía que estaba volando. Llegué, toqué el timbre y me abre mi vieja y nos reencontramos.

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—Después de eso, ¿tuvo contacto con los otros guardias?

—Sí, con el que había reemplazado aquella noche y también con mi compañero que fue el que ya estaba tomado de rehén cuando yo entré al banco. Lo vi en la Comisaría en la que yo estuve. Al resto no los vi más.

—¿Cómo se sintió cuando le dictaron la falta de mérito en la causa?

—Empecé a ir a la psicóloga y también arranqué con los médicos de la ART por los golpes en la cabeza. Después, fue tratar de volver a una vida normal dentro de todo. No salía mucho porque me sentía perseguido y cuando lo hacía sentía que alguien me estaba mirando.

—¿Alguien de la Policía?

—De la Policía. Fueron dos o tres meses que la pasé feo. Salía solamente para ir a la psicóloga y por ejemplo, yo en esa época estaba en pareja, y venía mi novia a casa.

—¿Y cuando sintió que superó todo lo que había pasado en el banco?

—Cuando salí un día y me di cuenta que me sentía bien. Me sirvió mucho perdonar a los policías por la parte de la tortura. No los justifico, pero aprendí a perdonarlos porque si no uno se queda en el mismo lugar cuando no perdona algo. Y yo la verdad no quería seguir en ese lugar.