La pelota y la felicidad que provoca no se salpican ni se prestan. Los jugadores de la Selección Argentina campeona del Mundo en Qatar y el Chiqui Tapia (¿el nuevo Grondona?) gambetearon la Casa Rosada y la plaza que ostentaba, hasta ahora, las dos mayores concentraciones de la historia: el Cabildo Abierto con Evita en 1951 y el triunfo de Alfonsín en 1983. Un hecho político sustraído de la política, una felicidad común entre tantos odios diluyentes.
Pero, ¿odios diluyentes de qué? ¿Qué teníamos o deberíamos haber tenido antes, durante y después de la consagración de la Ilusión Argentina de Fútbol? Pues sencillamente eso que pomposamente se denomina (y tan espectacular y espontáneamente exhiben los logros deportivos masivos) la alegría y el orgullo cotidiano, no excepcional, de ser argentinos y argentinas, de pertenecer a un aglomerado demográfico pasional con bandera, himno, flor nacional y camiseta, solidario y corajudo ante la adversidad y capaces de aglutinarnos en torno de felicidades comunes. Pero no comunes por ordinarias o cotidianas, sino de todos y todas, felicidades capaces de hacernos sentir parte de un proyecto colectivo que tiene un plan (compartido, imperfecto) para que la mayoría de los que vivimos en este suelo como argentinos, seamos felices. ¿Felices los 47 millones? Difícilmente, eso solo lo puede lograr el deporte más popular y apasionante del mundo, del que hoy somos campeones indiscutidos y hasta 2026.
Al terminal el partido, ante un cronista de TyC Sports y con la medalla reposando en el pecho, Nicolás Tagliafico conmovido pero firme declaraba que “esto es como lo que pasó en el país, hubo unión, pasión; y creo que a pesar de que esto es fútbol dimos el ejemplo de que con fuerza, con pasión y con unión se pueden lograr grandes cosas, no solo en el ámbito del fútbol”. Imposible saber a qué otros ámbitos se refería, no hubo repregunta, pero sabemos que nuestros héroes no tienen mucho aprecio por “la política” y “los políticos”, tal vez ignoren que fijando un objetivo, organizándose para lograrlo y ejecutando un plan sujeto a variaciones inesperadas, pero sin renunciar jamás a conseguirlo, también están haciendo política. Los mismos héroes deportivamente indiscutibles que le exigieron al presidente, a través de Chiqui Tapia (¡!), vaciar la Casa Rosada para ocupar el balcón. Para evitar algo que ya estaba resuelto, porque nunca la política pudo contagiarse del fútbol ni al revés, porque ningún gobierno pudo parecer más derecho ni humano embanderado con dos mundiales (1978, 1979), porque la dictadura se empezó a derrumbar por la aventura delirante de Malvinas y no el fracaso del Mundial de 1982 (donde teníamos la base del 78 más Maradona y Ramón Díaz, los héroes del juvenil), porque la primavera alfonsinista se marchitó en menos de dos años y no hubo copa ni Diego que la salvara.
Y porque la política es otra cosa, ni mejor ni peor que el fútbol, donde también se hace política y se emplean formas de juego que la suponen. Aunque, como asegura Tagliafico, hay valores extrapolables (unión, pasión, solidaridad, creatividad ante la adversidad y el azar) no funciona con las mismas lógicas y hay jugadores muy poderosos, que nacieron en el país pero juegan a otra cosa, que pueden ganar aunque otros millones pierdan (o por esa razón precisamente) y que se saben todos los cantitos pero juegan con otras camisetas, casi siempre visitantes.
Felicidad común: de “la culpa es del otro” a “la patria es el otro”
No vamos a presentar a Jacques Lacan en este artículo, pero sí diremos que así como Lionel Messi tiene millones de fans en Francia (y en todo el mundo), muchos más que la Selección Argentina, Lacan tiene millones de seguidores, psicoanalistas y psicoanalizados en Argentina. Dicha esta barbaridad (por la cantidad de gente), recordemos que en 1972 el célebre psicoanalista sostuvo que todo orden, que cualquier forma de organización de la vida política que se asimile al capitalismo, repele el amor, lo rechaza, lo combate. Que en su desenfreno en busca del plusvalor, del rendimiento y la productividad cuantitativamente mensurables, de cargar sobre el sujeto individual las responsabilidades de las frustraciones que genera el sistema (ganás poco porque no sabes o te esfuerzas lo suficiente, no porque la empresa o el sistema maximizan ganancias reduciendo costos como tu salario), relega los límites necesarios para el placer, el deseo y finalmente el amor.
No vamos a seguir por esta línea, pero planteemos una pregunta. Las preguntas son lo más necesario y revulsivo de una nota, buena o mala (la nota, no las preguntas). Ahí les va: ¿se puede ser inteligente y no ser anticapitalista? ¿Lacaniano y de izquierda? ¿Peronista y anticapitalista? Con la última pregunta, la leonera de la derecha ruge que no, la de la izquierda (peronista) se pregunta si hablamos de Perón, Eva, Cooke y Cristina. Contestemos rápido y sigamos camino: los cuatro aludidos son inteligentes, acaso brillantes, peronistas y solo uno es anticapitalista. Lacaniano de izquierda es Jorge Alemán, a quien citamos ahora mismo.
Jorge tiene un sueño que él suele mencionar como una broma superlativa, como la de Rep cuando parafraseando a Macri dice que el problema son los 200 años de peronismo, quiere fundar una Internacional Peronista con sede en España y diseminarla por Europa, el continente que no entiende al peronismo y lo asimila con el fascismo italiano o el nazismo genocida y biologicista alemán, que desprecia a los populismo latinoamericanos y donde las izquierdas se han convertido -aquí también- en paliativos capitalistas, una especie de Ibuprofenos que no te curan de ninguna enfermedad o cuadro disfuncional pero alivian los síntomas y generan la ilusión de que democracia y capitalismo son forzada pero finalmente compatibles.
Pero Alemán se pone muy serio cuando retoma a Lacan y habla de que el neoliberalismo es la más cruel de las expresiones capitalistas y que rechaza el amor común, no el amor entre personas en todas sus diversidades, el amor filial o el tú a tú de la amistad, sino el amor a lo que nos une como argentinos y argentinas; tampoco la bandera, el himno, el mate, Maradona (que divide por que se embarra con la política) o Messi (que une porque no la roza), sino el amor por poner el bienestar de cada habitante por encima de los intereses sectoriales y hasta personales. Ese amor que suele nutrir las transformaciones políticas y debería enfrentar con cierto éxito el cúmulo de odios, que propagan las agendas y los partidos o frentes de ultraderecha.
Este año que termina va a ser el año del mundial, de la movilización espontánea más imponente de nuestra historia (la política no dio la talla ni para acompañarla, ni para proteger la alegría), pero antes de eso, iba a ser año en que el odio intentó asesinar a Cristina Fernández. En un país en donde cunden el odio hacia los inmigrantes, hacia los planeros y piqueteros, hacia el peronismo, hacia las feministas y las diversidades y que llega al extremo de fomentar el odio hacia nosotros mismos, depresivos y periféricos, auto explotándonos mientras tratamos de realizarnos, porque no somos capaces de adaptarnos a los estándares estéticos, de rendimiento y consumo que nos impone una maquinaria invisible, tontamente personificada en algunos de los individuos que odiamos. Y si la opresión es invisible, si la explotación y el odio se resuelven en el plano individual, ya no hay contra quién o quienes dirigir ninguna revolución y la revolución pasa a ser cualquier cosa.
Las mezcolanzas que se hicieron en estos días fueron insoportables, pero quisiéramos cerrar con una. A cierta edad ya no se puede querer sin presentir, pero amar presagiando la farsa y el fracaso es insoportable, algo así como ir al cine y parase para decir a grito pelado que “es mentira, que Superman no vuela o que Darín no es Strassera, sino un tipo que trabaja de actor”. Y nos gustaría creer que en el desempeño de la Scaloneta hay algo de nuestra identidad nacional que se juega de algún modo y que en el título obtenido al filo del infarto, hay un destello que preanuncia que el amor -y la organización, en cualquier plano- aún pueden vencer al odio y la adversidad.

