lunes 9 de mayo de 2022
La bitácora |

Los abrazos que nos debemos

Muchas cosas duelen de esta pandemia. La enfermedad, la muerte, la distancia, los momentos perdidos. En el ADN de los argentinos está el ser amiguero, el compartir, el abrazo como saludo. Por eso, entre todo lo que nos duele en esta enfermedad, el darnos cuenta de nuestra soledad, es la peor de todas las cosas. 

Los argentinos somos abrazadores. Creo que está en el ADN mismo de los nacidos en suelo nacional responder a casi cualquier acción con los brazos abiertos. Damos la bienvenida a alguien y abrazamos. Lo despedimos, y lo abrazamos más fuerte.

Saludamos hasta al más perfecto desconocido y ponemos nuestra mejilla contra la del otro. Así somos felices. Abrazamos: a chicos, grandes, perros, gatos, carpinchos, señores disfrazados en fiestas infantiles, al profe que te aprueba, al jefe que te da una buena noticia, al hincha que se sienta al lado tuyo en un bar o en la cancha, al poste de luz que está en la esquina solo e ignorado.

El abrazo sin duda es una manifestación afectuosa especial, muy usado por nosotros, pero que hasta puede ser mirado extrañamente por otras culturas que nos observan como garrapatas a la hora de practicarlo en cualquier hora y lugar. Un gesto intimista que nos pone pecho contra pecho, como transmitiendo la emoción que el corazón siente al hacerlo.

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Estos hinchas de Boca y de River, con sus respectivas camisetas, dejaron la rivalidad de lado y lloraron juntos en la despedida de Diego Maradona.

Estos hinchas de Boca y de River, con sus respectivas camisetas, dejaron la rivalidad de lado y lloraron juntos en la despedida de Diego Maradona.

Hasta hay una explicación médica para entender los abrazos. Un abrazo sincero produce una hormona denominada oxitocina, conocida como la “hormona del amor”, que es un neurotransmisor que actúa en el centro emocional del cerebro, fomentando sentimientos de alegría que reducen la ansiedad y el estrés. Cuando la oxitocina está presente en la sangre, se desencadena una serie de reacciones favorecedoras para el comportamiento, que potencia las relaciones sociales y que podría estar directamente relacionada con el sentimiento de confianza y la generosidad en las personas.

Una "cortina de abrazos" en una casa de retiro de Sao Paulo | AFP

Leí por ahí, que mientras los científicos estudiaban cómo crear las mejores vacunas contra el Covid, otros pensaban cómo poder fabricar dispositivos que nos permitan abrazarnos sin miedo, separados por un nylon quizá, pero con los brazos alrededor del cuerpo, agarrados, contenidos, juntos y acompañados. Porque el abrazo es sin duda la resistencia misma a la soledad, el acto de rebeldía más concreto sobre el desafío diario de enfrentar la vida desde nuestra despojada humanidad, mandando al carajo esa frase tremenda de “llegamos solos y nos vamos solos de este mundo”, que tanto miedo nos da.

Un abrazo sincero produce oxitocina (conocida como la hormona del amor) y reduce la ansiedad y el estrés.

Una vez, hace varios años, recuerdo estar llorando por una situación particular, y ver venir a mi hijo, chiquito entonces, acercándose como pidiendo permiso, para abrazarme con todas sus fuerzas por el cuello. Me empecé a reír por la muestra desmedida de cariño, a lo que él respondió: - “¿viste que mis abrazos curan, mami?”-, absolutamente satisfecho por el acto sanador.

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Antes de la pandemia, las campañas de abrazos gratis se extendieron por el mundo.

Antes de la pandemia, las campañas de abrazos gratis se extendieron por el mundo.

Siempre me quedó esa frase de mi hijo en la cabeza. Los abrazos curan el alma, sin duda, y por eso lo necesitamos hasta sentirnos incompletos sin ellos. Los abrazos son necesarios para sanar las heridas que no se pueden ver, y por eso, duele tanto no poder tenerlos. Los abrazos nos sostienen cuando tenemos cansado el cuerpo y el alma, y necesitamos de otro para seguir adelante. Los abrazos son refugio, son hogar, son olores que nos recuerdan cosas, son te quiero, son “estoy acá”, son afecto y mil cosas más.

Y entre tanta incertidumbre y miedo, encierro para no contagiarnos, enfermo el cuerpo y enferma el alma, nos convertimos en guerreros de la resiliencia para reinventarnos y seguir. Y de pronto, nos damos cuenta de nuestra fragilidad al ser capaces de aceptar el dolor, la angustia y hasta la muerte, pero no la distancia, quebrándonos ante la imposibilidad de acercarnos al otro, despacito, corriendo o sin apuro, para darle un abrazo y recordarle, que no está sólo contra todo.

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