domingo 8 de mayo de 2022
La bitácora |

La loca de las cartas al viento

Cuántas veces nos preguntamos sobre los secretos que esconden personajes desconocidos que nos cruzamos en la vida. Una historia que llamó la atención de Luciana para hacer su entrega semanal en La Bitácora.

Vamos en el colectivo, en el auto, en la bici o caminando y vemos rostros, situaciones, hombres, mujeres y niños, que esconden detrás historias que desconocemos, pero que seguro vale la pena contar.

Particularmente me llamaba la atención una, que todas las noches se repetía en mi barrio. En medio de ese balcón oscuro del sur de la ciudad, podía verse un fuego chiquito y rojo morir hasta convertirse en humo. Me intrigaba ese ritual solitario que veía repetir una y otra vez a esa mujer sin rostro, porque la distancia no me permitía ver ninguna expresión. Pasaron los días y llegué a preguntarme más por ese acto tan simple como simbólico, que confundí alguna vez con el tabaco de un cigarrillo consumiéndose en plena inhalación.

Religiosamente a las 21.30, ella salía como si le pesara el cuerpo, para desplomarse en un sillón, y quedar hipnotizada por el humo blanco que se escapaba con el viento entre sus dedos. No veía nada, no miraba a los costados ni parecía sentir vergüenza por lo que hacía. Eso me dio la impunidad de poder verla bien desde abajo, con los dos pisos que nos separaban, y espiarla para descifrar qué hacía nacer el fuego.

Al sentarse tenía siempre un papel en la mano, casi imperceptible porque viajaba escondido en el puño cerrado de la mujer, apretado con una fuerza mezclada entre la impotencia y la bronca. Ese papelito terminaba en un cuenco donde se convertía en fuego al combustionar y mezclarse con el aire, en ese humito hipnótico.

Una tarde pasé por el edificio y estaba el portero. Entre saludos y comentarios del clima le pregunté si sabía quién era. “Pobre chica, quedó viuda hace un año, sin hijos, pero parece que no se pudo recuperar. No habla con nadie, sale poco y siempre anda comprando hojas de colores que trae en una bolsita de la librería”, me comentó como quien habla de un alma en pena.

Una noche en casa, una compañera de trabajo me comentó que conocía a la chica que vive en el segundo, que iba con ella al colegio. “Qué historia triste” sentencia: nos contó que al principio no podía asimilar la ausencia y le escribía en cartas, conversaciones, charlas y pensamientos en papelitos de colores que después quemaba para que el viento se llevara sus palabras, a donde sea, por si le llegaban a él al oído”. “Pero eso fue sólo al principio, después cuando todos le dijeron que parecía loca dejó de hacerlo”, agregó.

Eso había dicho, por no reconocer la insania de callar tantas palabras no dichas, de las felicidades ahogadas en ecos sin respuesta, soledad convertida en vacío. El enigma se resolvía sencillo y sin final feliz.

La loca de las cartas le escribía todos los días a su pareja imaginando que sus palabras, volaban con el humo para mezclarse con el viento, ese mismo que buscaba cuando no daba más del dolor, saliendo al balcón para encontrar una bocanada de aire, entre tanta asfixia. Era su encuentro con él, que ya no estaba, que se había ido, dejándola sola con tantas letras por usar.

Dicen que cuando el dolor es verdadero, no se puede poner en palabras. Cae sin anestesia para muchos y es parecido a la locura. Esa que nos hace imaginar cosas, escuchar puertas que anuncian regresos y momentos que no volverán. Como su cita de las 21.30, donde ellos se volvían a encontrar. Igualito a cuando eran felices juntos, casi sin darse cuenta.