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Jorgelina Hiba | Brasil | Jair Bolsonaro | Luiz Inácio Lula da Silva

Las elecciones en Brasil ponen en juego dos visiones contrapuestas de cuidado de la naturaleza

El Amazonas es el gran terreno de disputa. Para Bolsonaro es un área para la producción, mientras que Lula apuesta a su sustentabilidad.

Como en todos los aspectos que se discuten durante la actual campaña eleccionaria brasileña, las propuestas en relación al cuidado del ambiente de Jair Bolsonaro y de Lula da Silva son contrapuestas y no tienen nada en común. La brecha gigante que separa la ideología y la acción política de los dos candidatos, que disputarán la presidencia de Brasil el próximo domingo 30 de octubre, también es clara en cuestiones ambientales, entre las cuales el destino que cada uno quiere para la Amazonía es tal vez la más evidente.

Es que, como consecuencia de una mirada ultra productivista que solo ve en ese bosque tropical un territorio a conquistar, la deforestación se ha disparado en los años del gobierno de Bolsonaro, con índices de destrucción que ya son los más altos de los últimos 15 años. El constante desmantelamiento de las instituciones que velaban por el cuidado de la naturaleza, la falta de transparencia en los datos de deforestación y la alianza con los sectores agropecuarios más concentrados han sido el sello de la presidencia de Bolsonaro.

Por eso, la agenda en materia ambiental en Brasil arde: se trata de reanudar la lucha contra los delitos ambientales, de restaurar los lazos con las numerosas comunidades de pueblos originarios y de reconectar con la lógica del comercio internacional, que pedirá más y mejores certificaciones de sustentabilidad a la hora de elegir a quien comprar granos y carnes. El desafío para Lula, en caso de ser electo nuevamente presidente -lo que todas las encuestas vaticinan-será ni más ni menos que reconstruir la gobernanza ambiental del gigante de Sudamérica.

El mayor bosque tropical del mundo

Con una superficie de siete millones de kilómetros cuadrados, la Amazonía es el bosque tropical más grande del planeta. Abarca varios países como Bolivia, Perú, Colombia y, sobre todo, Brasil, donde se despliega el 60% de la superficie de ese ecosistema declarada en 2011 como una de las siete maravillas naturales del mundo.

Pero la acción humana, expresada a través de la deforestación y de los incendios, deja huella. Existe evidencia científica que señala que, si la deforestación no se detiene, ese bosque perderá su capacidad de regeneración. Según el informe “La Amazonía a contrarreloj”, ese territorio enfrenta un proceso de sabanización: una lenta y progresiva transformación de bosque tropical a llanuras con pocos árboles o muy distanciados entre sí.

Si ese proceso no se detiene, la Amazonia puede enfrentarse -según ese trabajo- a una “destrucción irreversible del ecosistema” por las elevadas tasas de pérdida y perturbación de la selva que ya alcanzan el 26% de esa región.

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Una política de destrucción

En los últimos cuatro años, Bolsonaro ha hecho todo lo posible por acelerar esa destrucción al desmantelar la gobernanza socioambiental de Brasil, cuyas instituciones de protección ambiental han sido vaciadas desde lo financiero y lo político. Eso no solo es un problema para ese país, ya que el deterioro del bosque tropical más grande del planeta impacta en toda la región e incluso a nivel global, ya que sus servicios ecosistémicos son un patrimonio planetario.

Según una investigación del Instituto de Pesquisa Ambiental da Amazonia (IPAM) de mayo pasado, la deforestación de tierras fiscales de la Amazonía se incrementó un 56,6% en promedio por año con Bolsonaro, y hasta finales de 2021 se destruyeron 32 mil kilómetros cuadrados. Otro estudio de la Universidad Federal de Río de Janeiro estableció que en 2021, el presupuesto de los organismos públicos de conservación era un 71% menor al de 2014.

https://twitter.com/GreenpeaceBR/status/1578422136900681736

La oportunidad de Lula

Lula, dos veces presidente, supo leer que la agenda climática es hoy preponderante. Por eso, en campaña habló de fomentar la bioeconomía, de prohibir toda actividad minera ilegal (los llamados garimpeiros) y de recuperar la capacidad estatal de controlar y castigar los delitos medioambientales, sobre todo si ocurren en zonas ocupadas por pueblos originarios.

Los asesinatos del ambientalista brasileño Bruno Pereira y del periodista inglés Dom Phillips, ocurridos a mediados de este año, pusieron de vuelta en debate la anarquía de ese territorio, en muchas partes controlado por bandas criminales dedicadas a la minería ilegal, al tráfico de madera o al narcotráfico.

Otro desafío nada menor es la consolidación de nuevas barreras comerciales en Europa a productos alimentarios provenientes de tierras deforestadas. Esta normativa avanza y se espera que sea aprobada muy pronto, lo que sumaría presión a países donde eso es un problema serio, como Brasil.

https://twitter.com/GreenpeaceBR/status/1577354797165862912