El cráter que dejó la bomba tiene un radio de cinco metros y una profundidad de dos. El misil cayó donde había una pequeña plazoleta para que jueguen los niños de ese complejo de edificios modestos, muy similar a un Fonavi argentino, en el barrio de Mezivhaya, donde viven familias de clase media baja que trabajan en el centro de Kiev, a unos seis kilómetros de esa zona.
Todo lo que había alrededor del cráter quedó destrozado. El bombardeo no sólo provocó la destrucción material de ese complejo de edificios, sino que allí murieron tres personas y más de 50 quedaron heridas, varias de ellas de gravedad. Aire de Santa Fe llegó al lugar durante la mañana, sólo unas horas después del bombardeo, cuando los vecinos y algunas cuadrillas municipales trataban de limpiar el desastre. Los vecinos parecían organizados. Después que terminen de limpiar el lugar vendrán camiones donde se cargará todo para sacarlo del barrio.
El olor a plástico quemado era intenso en el aire. Todavía salía humo de algunos montículos de hierros retorcidos y maderas quebradas. Casi nadie hablaba. Todos trabajaban para limpiar ese caos. Mujeres y hombres ancianos, jóvenes, niños. Todos barrían y acumulaban escombros para apaciguar en sus vidas esa imagen aterradora.
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Cinco autos que estaban estacionados en ese pulmón verde (ahora marrón por el final del invierno) que está rodeado de edificios de siete pisos volaron en pedazos. A dos metros del cráter quedó la parte delantera de un auto. Es un amasijo de fierros en el que se alcanzan a distinguir sólo los amortiguadores y una rueda. La otra parte del vehículo fue a parar a unos siete metros de allí.
Un pedazo de edificio, que está más cercano al lugar donde cayó la bomba, desapareció. Se transformó en una montaña de escombros y dejó a la vista, como si lo hubieran cortado con un cuchillo, la vida doméstica de departamentos que quedaron sin paredes. Se alcanzan a ver los roperos, las camas, las bibliotecas, las cocinas que están al borde del abismo. Las tres personas que murieron vivían en ese sector.
Olga, una mujer que vive en el barrio, cuenta que las familias que ya no podrán seguir en ese complejo serán trasladadas a una escuela de la zona. Esos establecimientos, que ahora están cerrados, porque no hay clases, sirven de refugio para las personas cuyas casas y departamentos fueron destruidos por los misiles. “Mucha gente no quiere abandonar su casa, pero es muy difícil seguir viviendo en un lugar casi a la intemperie (con temperaturas que llegan a los siete grados bajo cero). Lo que ocurre también es que algunos vecinos ayudan y guardan algunas cosas de valor. La gente tiene miedo a los robos”, explica Olga, una contadora de 45 años.
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Un hombre alto, con su cabeza calva llena de cicatrices y manchas de iodo, se va con un pequeño televisor viejo bajo el brazo. Recibió las curaciones en las ambulancias que llegaron al lugar y se refugiará en lo de un pariente que no padeció las consecuencias de las bombas. Todo parecía natural. No hay escenas de gritos ni llantos. Como si el destino estuviera marcado. Un grupo de gente trabaja para limpiar la zona y otra se va.
Dos jóvenes tiran sobre un montículo gigante un sube y baja y una hamaca que quedaron retorcidos. Está repleto de vidrios y pedazos de ventanas por todos lados. La onda expansiva provocó destrozos en tres cuadras a la redonda. El supermercado que está al frente del complejo también quedó destruido. Un grupo de empleados sube a un camión la mercadería de las góndolas. A pesar de que el local quedó abierto, porque todos los vidrios de las puertas y ventanas volaron, nadie saqueó el lugar.
El argumento que la gente repite es siempre el mismo. Es lo que el gobierno ucraniano hace circular por su sistema de redes, que tiene muy aceitado. “El misil ruso que cayó fue interceptado por las tropas ucranianas”. Esa es la versión que circula en todos los lugares bombardeados. La gente parece creerlo. O al manos nadie parece dudarlo. Es la resignación a desconocer la verdad y a recargarse de ese afán de patriotismo que es lo poco que queda en un país que está siendo invadido.
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Porque de esa manera la gente cree que la tragedia que protagoniza es en pos de un bien superior: ganar la guerra o impedir que los rusos se apoderen del país. En otro bombardeo en el barrio de Koshiza, a unos tres kilómetros de Mezivhaya, los vecinos desenfundan el mismo argumento. Los misiles ucranianos interceptaron un proyectil ruso que dejó este desastre. El WhatsApp es un arma vital del gobierno ucraniano. Por allí se difunde todo, circula información de todo tipo, creíble y también muchos datos incomprobables, por lo menos de fuentes oficiales.
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Desde que llegamos a Kiev hace dos noches sólo pudimos ver ataques en zonas residenciales, donde vive gente trabajadora de bajos recursos. Los blancos de los ataques se centran hoy en esa periferia de Kiev, una ciudad de casi 4 millones de habitantes, que posee un conurbano populoso. El centro de la ciudad, donde están los edificios gubernamentales, está intacto. Allí hay un despliegue militar más espeso, con puestos cada una cuadra. En el hotel Natsionaly, donde estamos alojados, estamos rodeados de barricadas, que están enclavadas a unos 50 y 100 metros. Por las calles es casi imposible caminar o transitar. Esa zona es clave, porque allí están los edificios públicos y la vida institucional. En el conurbano de Kiev están las víctimas de esta guerra. También la llamada “resistencia”, hombres con armas que están apostados para impedir el avance ruso.








