El piloto británico, que se coronó en la máxima categoría del automovilismo mundial en 1976, vivió siempre al límite, tanto arriba como debajo de los autos de carreras. Con una personalidad extravagante, jamás le importó el qué dirán y, su fama de mujeriego, lo convirtió en un personaje muy popular hasta su muerte, cuando tenía solo 45 años.