Messi, el dios que hace creer hasta a los agnósticos, a 24 horas de otra cita con la eternidad
A los 39 años, el capitán argentino jugará su tercera final del mundo. Pero la historia ya no habla solo de fútbol, ni de copas: habla de fe, de esperanza y de un país que vuelve a encomendarse a él.
Messi, el dios que hace creer hasta a los agnósticos, a 24 horas de otra cita con la eternidad.
Qué lejos quedó aquel Messi de 27 años que llegaba a Brasil 2014 como la máxima figura del Barcelona, con cuatro Balones de Oro bajo el brazo y la responsabilidad de cargar sobre sus hombros los sueños de todo un país. Era su primera final del mundo. Del otro lado esperaba Alemania, en el mítico Maracaná.
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Lionel la vio pasar delante de sus ojos y aquella imagen recorrió el planeta. El astro argentino, que venía de disputar Sudáfrica 2010 y apenas unos minutos en Alemania 2006 —donde había marcado su primer gol mundialista—, fue el faro del equipo del eterno Sabella. Completó una fase de grupos brillante: un gol ante Bosnia, el inolvidable zurdazo frente a Irán y dos más contra Nigeria.
Después llegaron Suiza, Bélgica y Holanda. Y luego, otra vez Alemania. Aquella tarde, vestido de azul, Messi jugó una final enorme. Tuvo una ocasión que todavía persigue la memoria colectiva argentina: el remate cruzado ante Manuel Neuer a los dos minutos del segundo tiempo que salió apenas desviado. Durante años, esa pelota pareció quedarse flotando en algún rincón de su carrera. Como si el fútbol le hubiera prometido algo que todavía no estaba listo para entregarle. Después vendrían los golpes ante Chile en las Copas América de 2015 y 2016. La herida seguía abierta.
En el medio, la gloria en Qatar
"Ya está, se terminó", alcanzó a gesticular Messi hacia su familia en el estadio Lusail después de ganar la Copa del Mundo en Qatar 2022. La derrota con Arabia Saudita fue la hacedora de la mítica frase "que la gente confíe, que este grupo no los va a dejar tirados". Y la gente confió. Y Messi respondió; lo hizo ante México, ante Australia -su primer gol en una fase final mundialista-, ante Holanda, ante Croacia y en la final ante Francia.
El beso a la copa. La túnica negra. La fotografía eterna. Su segundo trofeo de mejor jugador de un Mundial. A los 35 años, el rosarino ya sabía lo que era tocar el cielo con las manos, pero aquella noche ascendió definitivamente al Olimpo.
Marcó siete goles y repartió tres asistencias. Firmó un doblete en la final más espectacular que recuerde el torneo, ante el duro equipo de Mbappé. Y cuando parecía que ya no quedaban cimas por conquistar, dos años más tarde levantó una nueva Copa América . Su cuarto título con la mayor de la Selección Argentina.
La historia, sin embargo, todavía guardaba algunas páginas más.
La Copa de los récords: "Estás para eso, viejo"
A días de cumplir 39 años, Messi abrió su Mundial 2026 con un hat-trick frente a Argelia.
Seis días después llegó Austria. Falló un penal, sí, pero también convirtió un doblete. El primero de esos goles tuvo un valor especial: le permitió convertirse en el máximo goleador de la historia de los Mundiales, superando la marca de Miroslav Klose.
La seguidilla continuó ante Jordania, Cabo Verde y Egipto. Ninguno de los partidos fueron simples victorias, fueron verdaderas pruebas de resistencia para una Selección que pareció especializada en sobrevivir cuando todo indicaba lo contrario.
Este Mundial le permitió romper todas las barreras imaginables. Se transformó en el máximo asistidor de la historia de la competencia, con 12 pases de gol, y también en el futbolista con más minutos disputados en los 96 años del torneo: 2.489 y contando.
Luego de superar a Suiza en otro partido chivo, el pase a la final llegó, curiosamente, en el partido que el destino parecía deberle. Contra Inglaterra, con todo lo que eso significa. Y de la manera más argentina posible: sufriendo. La Albiceleste remontó el encuentro con dos goles en siete minutos, cuando quedaban menos de diez para el final. Otra vez al borde del abismo. Otra vez con Messi guiando el camino, con un pase a la cabeza del Toro Martínez que decretó la algarabía en todos los rincones del país.
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"El final es en donde partí"
Como una de esas ironías que el fútbol suele regalar, será el MetLife Stadium el escenario de esta nueva final.
Allí mismo, hace una década, Messi anunció su renuncia a la Selección Argentina después de perder la final de la Copa América Centenario ante Chile. "Es increíble, pero no se me da. Se terminó para mí la Selección", dijo entonces, con el dolor a flor de piel.
Pero las historias verdaderamente grandes nunca terminan donde parecen terminar.
Porque, como canta La Renga —una de las bandas que acompaña habitualmente las entradas en calor de la Selección—, "el final es en donde partí". Y Messi volverá este domingo a las 16, hora argentina, al mismo lugar donde alguna vez creyó que todo había terminado.
Del otro lado estará España, el país que lo vio convertirse en leyenda durante 17 años. El rival que separa a Argentina de un bicampeonato mundial que parece salido de un sueño.
Mientras se acerca la hora de la verdad, Messi sigue escribiendo capítulos que desafían cualquier lógica. Sigue bordando estrellas en el escudo. Sigue empujando los límites de lo posible.
Y, casi sin proponérselo, continúa alimentando la fe de millones de argentinos que encuentran en el fútbol un refugio, una excusa para abrazarse con desconocidos y una forma de creer que todavía existen los milagros.
Por eso, a 24 horas de otra cita con la eternidad, ya no importa cuántos récords rompa ni cuántas copas levante. Messi hace tiempo dejó de ser solamente un futbolista.
Se convirtió en ese extraño fenómeno capaz de provocar algo que parecía imposible: hacer creer hasta a los agnósticos.
"Estás para eso, viejo".










