El fútbol a veces es muy resultadista en torno al recuerdo de sus fanáticos. Muestra solamente las historias de los ganadores, dejando escondidos relatos como este. La historia de František Plánička debería ser digna de un homenaje mundial acorde a sus hazañas, en los comienzos de un fútbol en el que el profesionalismo estaba muy lejos de ser como es actualmente, en la previa de conflictos sangrientos por diversas diferencias para alcanzar el poder mundial.
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El mejor arquero de la historia de Europa del Este (noveno mejor del Siglo XX por la IFFHS), nació en Praga, en ese entonces parte del Imperio Austro-Húngaro y actualmente República Checa, el día 2 de junio de 1904. A pesar de su reducida estatura (medía 1,72 metros), los técnicos quedaron fascinados por sus increíbles reflejos y su estilo acrobático, lo que le dio el apodo característico del "Gato de Praga”. El jugador soviético Aleksandr Stárostin –famoso por ser parte del Spartak de Moscú que escapó al control de Stalin en pleno auge de la URSS- diría sobre él: "Sus movimientos son rápidos, flexibles, se siente como un buen gimnasta. Juega constantemente entre 8 y 10 metros frente a la puerta, a menudo va a la línea del área de penal y juega en toda su área. La bola atrapada de Plánička no golpea al azar, sino que se entrega inmediatamente a su compañero de equipo, que está en la posición más favorable ".
Una vida futbolística realmente admirable
Plánička jugó toda su carrera en el Slavia Praga (1923-1938). Durante trece temporadas disputó un total de 969 partidos oficiales, con un envidiable récord de 742 victorias, obteniendo 15 títulos. En 16 años de carrera, jamás fue amonestado ni expulsado. Por su extrema deportividad y juego limpio, la UNESCO le premió en 1985.
Su carrera excepcional le brindó la posibilidad de defender la valla de Checoslovaquia durante dos Copas del Mundo de la FIFA (Italia 1934 y Francia 1938), escribiendo historias con tintes de leyenda. En la selección nacional, acumuló 73 presencias, alcanzando el subcampeonato en 1934 enarbolando una historia que supera lo deportivo y exalta lo humano. El contexto en esa Copa Mundial era terrible desde lo político. Benito Mussolini era el dictador del Reino de Italia y veía en la II edición de la Copa del Mundo una posibilidad de propaganda política sin límites, y por nada del mundo iba a escaparse el título para una selección italiana que tenía grandes valores como Giuseppe Meazza y los argentinos Raimundo Orsi –disputó los JJOO de Amsterdam 1928 con la albiceleste-; y Luis Monti, quien cuatro años antes había defendido los colores argentinos en el subcampeonato obtenido en la primera edición diputada en Uruguay.
El Mundial de Italia 1934: el momento en que Planicka salvó la vida de todo un plantel
En aquella edición, como dato de color, la selección argentina de fútbol solo disputó un partido, cayendo 3 a 2 con Suecia en los Octavos de Final. El seleccionado asistió a la cita con un equipo amateur, debido a las divisiones políticas y dirigenciales existentes por aquel entonces.
En este contexto de eliminación directa, Italia y Checoslovaquia llegan a la final, el día 10 de junio de 1934 en el en el Estadio Nacional del Partido Nacional Fascista de Roma. Una noche antes, en la concentración italiana recibieron una “visita amenazante” de Mussolini, quien les advirtió que, si no obtenían la victoria en la final, los degollaría; pasando su dedo índice sobre su cuello.
El partido definitorio fue absolutamente parejo. Un hombre de Mussolini entró al vestuario en el entretiempo, y entregó una nota manuscrita al seleccionador italiano que decía: “Señor Pozzo, usted es el único responsable del éxito, pero que Dios lo ayude si llega a fracasar”.
La selección checoslovaca, con Planicka en el arco se puso en ventaja mediante un gol de Antonín Puč a falta de 15 minutos para la finalización del encuentro. En el minuto 81, Raimundo Orsi alivia el terror de los 45000 espectadores y llevó el partido al alargue, el primero en una final de Copa Mundial.
Planicka era intraspasable, hasta que un disparo mordido y esquinado de Ángelo Schiavio le daba el título del mundo a los italianos. Ese disparo, tranquilamente podía haber sido alcanzado por el portero checoslovaco, pero no lo hizo. Nunca fue oficial ese “favorcito”, pero Schiavio no se lo comió tan fácilmente, más aún cuando en ese momento, la mirada de complicidad del portero al sacar la pelota del arco era evidente: el arquero les había salvado la vida. Planicka podría haber sido campeón del mundo, de hecho, Checoslovaquia perdió otra final en el Mundial de Chile 1962, por lo que nunca pudo coronarse hasta su separación entre República Checa y Eslovaquia en 1993. Pero fue más importante la vida de los italianos, totalmente amedrentados por Mussolini. Aquel gol consagratorio de Schiavio fue el último con la selección italiana -15 en 21 partidos-; ya que nunca más volvió a vestir la camiseta azzurra, y ni siquiera festejó el título.
El legado de Frantisek y la medalla que le regaló Schiavio
Planicka disputaría otra Copa Mundial en 1938, jugando con una fractura en el antebrazo los Cuartos de Final ante Brasil. Al terminar igualados, fue baja para el encuentro desempate y los checoslovacos fueron eliminados. Falleció en 1996 a la edad de 92 años, donde registros póstumos aseguran que el propio Schiavio le regaló la medalla de oro de campeón del mundo mediante una carta que decía: “Gracias, nos salvaste la vida. Afectuosamente, Ángelo Schiavio “.
Fue tan importante para el futbol checo, que se le realizó un funeral y oficial y Karel Poborský, capitán de la selección checa por aquel entonces, retrasó la firma de su contrato con el Manchester United para poder asistir al entierro. Sin dudas, la historia de Planicka nos muestra que la vida está por encima de cualquier cosa; incluso, que de la propia gloria.
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