Históricamente, la sociedad relego a la mujer a un rol pasivo, de permanecer en el hogar, a cargo del mismo y de procrear y cuidar a su progenie. Las posibilidades de participar activamente de las decisiones políticas y sociales de cada época quedaban fuera de su alcance, al igual que recibir una educación formal que no las preparase para la vida en matrimonio, impidiendo su acceso a las universidades hasta el siglo XIX.
De la misma manera, su posibilidad de participar de la construcción del pensamiento colectivo era sesgada, aunque esto no fuera un impedimento para que se abocaran a las letras de la misma manera que tantos hombres. En palabras de Virginia Woolf: “Para la mayor parte de la Historia, Anónimo era una mujer”. Esto refleja la poca visualización recibida por aquellas primeras autoras, muchas veces dejando su obra sin autor conocido, otras tanto recurriendo a seudónimos masculinos.
Sin ir demasiado lejos en el tiempo, autoras famosas y sumamente aclamadas, cuyas obras son consideradas del canon literario por muchos, como Charlotte Brontë, autora de Jane Eyre, su hermana Emily Brontë, autora de Cumbres Borrascosas; o Louisa May Alcott, autora de Mujercitas, han debido hacer uso de seudónimos masculinos para poder publicar sus obras y hacerse un lugar en el mundo de la literatura.
Otra forma de desalentar la participación de las mujeres en la literatura, era desprestigiarlas por su actitud “rebelde” según los parámetros de la época, apartándolas de la acción social, relegándolas a la soledad o haciéndolas pobres candidatas para buenas propuestas maritales.
Los tiempos fueron cambiando, y con el crecimiento de la presencia femenina entre las autoras de literatura se les termino asignando un rol, en un intento de desprestigiar sus escritos. Era poco habitual que una escritora se le diera la chance de publicar alguna historia que no perteneciera al género romántico o familiar, ya que se consideraban que el único público posible para sus libros eran otras mujeres.
Incluso, cuando leemos sobre la historia de algunas autoras famosas nos encontramos con un sesgo propuesto muchas veces por sus editores a la hora de publicarlas. Tal es el caso de Agatha Christie, consagrada autora del género policial, quien para poder publicar sus novelas románticas tuvo que recurrir a un seudónimo, ya que temía que la diferencia de géneros pudiera hacer confundir a sus más acérrimos lectores, como si el cambio de tema pudiera disminuir su calidad literaria. Más reciente, J.K. Rowling eligió ese nombre por sugerencia de un editor, quien consideró que si el público sabía que se trataba de una autora mujer podía ser más reluctante a elegir sus libros de la estantería.
Gracias a la lucha feminista, hoy podemos gozar de una variedad de voces y títulos producidos por autoras, incluyendo voces diversas. Sin embargo, hay mucho camino por recorrer. En los últimos años, en conjunto con el movimiento #MeToo hubieran unas cuantas acusaciones de autoras que recién comenzaban su carrera acerca de como autores, en posición de poder por ser best sellers, se aprovechaban de su fama e incurrían en abusos. Uno de los autores más reconocidos por haber recibido dichas acusaciones, aceptándolas incluso, es James Dashner, autor de la saga Maze Runner. Su agente lo dejó en su momento, aunque eso no evitó que siguiera sacando libros (de hecho, este año salió un nuevo libro de la saga en nuestro país). Termina siendo más fácil que alguien que admitió ser un abusador saque un libro a que una nueva autora mujer reciba la oportunidad que merece.
Si miramos las novedades de las editoriales, encontramos que menos del 50% de la oferta se corresponde a libros producidos por mujeres, división que varía según el género: es menor o incluso opuesta en libros juveniles o realistas, y se aumenta en libros de política, ciencias o policiales. En un presente donde las mujeres abordan todos los campos con excelencia, sigue siendo una cuestión de quien ocupa el asiento que decide y que tanto decide arriesgarse en sus decisiones. Con una Real Academia Española donde solo hay 11 mujeres académicas entre los 500 miembros que hay en la Academia desde su fundación, solo 16 de 118 Premios Nobel de Literatura fueron entregados a mujeres, y mismas proporciones se mantienen en otros premios literarios.
Seguramente habrá quien piense que quizás estoy exagerando, pero los invito a mirar sus propias bibliotecas y a contar cuantas autoras mujeres pueblan esos estantes, en que géneros lo hacen. Los invito a leer más autoras mujeres, a descubrir historias que en otro momento histórico podrían haber quedado guardadas en un cajón. Mientras más mujeres leamos, más voces femeninas podrán verse representadas en las librerías.
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