Los protagonistas de este éxito son Silvia Chus y su esposo Ricardo Vittore quiénes decidieron hace 15 años que los alfajores argentinos tenían que salir al mundo. Ambos saben que la mezcla de roles en una pyme familiar no es fácil, pero supieron destacarse en lo que mejor le sale a cada uno. Él se encarga de que el proceso productivo de la planta de fabricación en Banfield funcione a la perfección para cumplir con los pedidos de exportación.
Ella hace las relaciones públicas y está atenta a los cambios que hay que hacer para ser “no solo una empresa que fabrica un determinado producto con un valor diferencial sino una empresa con responsabilidad social empresarial, con perspectiva de género y sustentable porque cuando exportas tenés que estar a la altura de las empresas del mundo”.
Para qué Cielos Pampeanos viera la luz Silvia y Ricardo tuvieron que hipotecar su casa en medio de un proceso de deterioro del negocio que ellos tenían en ese momento: cuatro franquicias de una de las confiterías más paquetas y tradicionales de Buenos Aires que entró en convocatoria de acreedores y cuyos canales de comercialización en el exterior -de budines, pan dulce y otros productos- quedaban truncos a raíz de la quiebra.
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“A medida que la empresa remataba las máquinas, las fuimos comprando y retomamos esa vía de intercambio con el mundo a través de un producto autóctono y único como el alfajor argentino”, cuenta Silvia Chus. En ese momento, la única empresa de alfajores nacionales que exportaba era Havanna, pero lo hacía a través de franquicias por lo que el alfajor era conocido en algunos países de la región pero solo bajo ese formato. “Nosotros hicimos un estudio de mercado y nos dimos cuenta de que la demanda era enorme, la gente quería poder comprar alfajores en los supermercados y nos propusimos llevarlos a las góndolas”. Así fue como iniciaron un proceso donde el 90% de la capacidad productiva estaba abocada a la exportación.
Pero hace 15 años, lograr ese intercambio, cuando las herramientas para dar a conocer alimentos en otros mercados no existían, no fue un camino fácil. “Fuimos a Cancillería, presentamos nuestra carpeta y solicitamos que nos invitaran a las rondas de negocio. Busque la cámara del alfajor, no existía. Fui al INTI, a la industria alimenticia, toqué muchas puertas. Nos llevó dos años poder sacar el protocolo del alfajor”.
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Silvia es una incansable tejedora de redes porque sabe que “para dar el salto a la industria y dejar de ser emprendedor, tenés que recurrir sí o sí a los organismos oficiales y manejarte como una empresa, aunque seas una PYME”. Por eso, actualmente preside la Cámara Argentina del Alfajor, coordina los Mercados Internacionales de la red de Mujeres de la Industria Argentina y acompaña y es mentora de infinidad de emprendimientos nacionales que quieren salir al mundo.
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Cielos Pampeanos exporta de forma directa a mercados que ellos mismos abrieron: la Unión Europea, Brasil, Colombia y Chile las tres versiones más populares de los alfajores, relleno de dulce leche con cobertura de chocolate blanco, con cobertura de chocolate negro, de maicena, las versiones mini de cada uno de ellos y conitos con dulce de leche. Hace unos meses desarrollaron también los productos kosher. Además, producen a granel “porque hay muchos emprendedores que quieren tener su propio alfajor”. En Argentina se consiguen en los locales de Luz Azul, en algunos negocios de San Telmo, Entre Ríos y la Patagonia.
Para poder ser una PyME exportadora, Chus aconseja participar de capacitaciones sobre cómo asistir a ferias internacionales y formar redes pero fundamentalmente “tener una PyME profesionalizada con asesoramiento legal, financiero y productivo y certificaciones”. Pero además, cuando se trata de alimentos, “no podemos fabricar un alfajor en un garage porque nuestros compradores vienen a auditarnos; si bien no es necesaria una estructura enorme, tiene que estar profesionalizada. También saber que cuando vas a otro mercado vas a tener una adaptación del producto y del packaging. En España, por ejemplo, nos pidieron que el alfajor de maicena tuviera el papel transparente porque querían ver que tuviera el dulce de leche con el coco”.
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Silvia y Ricardo están a punto de cumplir 40 de casados y pudieron combinar la vida en pareja y el negocio porque “los roles están bien marcados, cada uno conoce sus límites y sentimos admiración mutua. Incorporar la mirada joven también tiene mucho que aportar”. Por eso, la hija de ambos acaba de sumarse a la empresa no solo por tradición familiar sino porque su profesión la lleva a recorrer ferias internacionales sobre tecnología e innovación capturando ideas que luego sirven para el negocio.
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Silvia Chus es muy exigente en relación con el producto que ellos mismos fabrican y dice que le gustan los buenos alfajores, como los que hacemos en Argentina “que estés donde estés, te lo piden. En Europa imitan el alfajor argentino, pero el sabor de nuestro dulce de leche es único y tiene muchas características que en combinación con la tapita lo hacen especial”.
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