miércoles 18 de mayo de 2022
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Qué son las salmoneras, el "feedlot del mar" que Tierra del Fuego prohibió

De qué se trata la industria que nació en países desarrollados del hemisferio norte y por qué se opuso la legislatura fueguina teniendo en cuenta la experiencia de las salmoneras en Chile.

El sushi que se consume en Argentina suele acompañarse con un pescado que nada tiene que ver con el hemisferio sur y la naturaleza. Sólo basta saber que la carne de ese salmón de cautiverio es blanca y no rosa, para destapar la olla de una manipulación industrial a gran escala que pone en jaque los ecosistemas marítimos. Al igual que el salmón salvaje, Tierra del Fuego nadó contra la corriente y se transformó en la primera provincia del mundo que dijo "NO" a las empresas salmoneras, marcando un antecedente histórico en la lucha por la conservación del mar argentino. ¿Por qué esta industria generó semejante resistencia?

El ciclo de vida del salmón, en su estado natural o “salvaje”, es de los más fascinantes entre las especies acuáticas. Es de los pocos peces que pueden vivir tanto en agua dulce como salada. Este particular animal nace en el río, pero una vez que aprende a cazar y nadar, emprende un viaje al mar, donde alcanzará la madurez. Luego nadará a contracorriente para regresar al agua dulce que lo vio nacer y donde tendrá sus crías. Este ciclo es imitado en condiciones controladas y aceleradas en la salmonicultura -la producción intensiva de salmones con fines comerciales- con las terribles consecuencias que conlleva la manipulación de la naturaleza tanto para los ecosistemas como para los humanos consumidores de este animal.

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Ya desde un comienzo, el cultivo y crianza de salmones en las aguas del sur argentino y chileno implica un cambio en la biodiversidad y el ecosistema marino, ya que es una especie típica de países del hemisferio norte que fue introducida por la industria salmonera en búsqueda de nuevos mercados y países que le permitan llevar adelante una crianza intensiva.

En la salmonicultura, el proceso de cultivo y crianza de estos peces requiere de infraestructura y conocimientos específicos. Los ejemplares reproductores son seleccionados y puestos en una jaula de agua dulce donde se reproducen. Luego, las huevas son extraídas manualmente (se aprieta al pez hasta que los largue) y son fertilizados con esperma del pez macho, que también se obtiene manipulándolo. Los progenitores son descartados y las huevas, colocadas en otra jaula controlada, monitoreada y con poca luz, donde madurarán hasta que nazcan los alevines. Éstos pequeños, más desarrollados, pasarán a jaulas o redes en agua para llevar a cabo el primer proceso de engorde, como en los feedlot de vacas y otros animales terrestres.

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El salmón es apretado manualmente para que expulse las huevas. 

El salmón es apretado manualmente para que expulse las huevas.

Luego pasarán a una segunda red en agua salada que puede llegar a ser tan extensa como una cancha de fútbol, con formas rectangulares o circulares. Allí serán engordados por última vez antes de la matanza. La alimentación consiste básicamente en harina de soja, antibióticos y químicos, entre ellos astaxantina sintética para imitar el color rosado o naranja del salmón salvaje o libre, que lo obtiene mediante la ingesta de crustáceos. Algunos salmones serán seleccionados para el consumo y otros, para reproducción y así iniciar el ciclo artificial nuevamente.

Este proceso es adquirido de países nórdicos como Noruega. Allí, la salmonicultura es la segunda industria más importante, detrás de la petrolera. El documental noruego “La codicia del salmón”, de la empresa televisiva Spiegel, señala que la cantidad de salmones libres se redujo a la mitad en los últimos 35 años. Actualmente hay 530.000 ejemplares salvajes, mientras que los de criaderos suman 400 millones.

Pero en Noruega, las legislaciones a favor de la conservación del ambiente hicieron que la industria del “rey de los peces”, como se lo conoce al salmón, tuviera que buscar nuevos horizontes. Es decir, territorios cuyos marcos legales permitan la expansión de las salmoneras, como la patagonia chilena y argentina.

La legislatura de Tierra del Fuego no lo permitió. La lucha de activistas comenzó en 2018 cuando el gobierno argentino firmó un convenio con los reyes noruegos y el organismo Innovation Norway para impulsar la acuicultura en las aguas del Canal Beagle. “Este acuerdo es el primero de los que queremos concretar, ya que el proyecto es poder extender la colaboración bilateral acuícola en otras provincias argentinas”, dijo el entonces ministro de Agroindustria, Luis Miguel Etchevehere.

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La labor de las ONG’s y activistas independientes de Tierra del Fuego fue crucial para frenar la instalación de la salmonicultura en Argentina. Martina Sasso, coordinadora de la organización “Sin azul no hay verde” de Rewilding Argentina, dijo que el proyecto firmado por Nación y los reyes noruegos “era para exportar el 90% de la producción”. “No se trataba de una industria que alimentara nuestro país. Son empresas extranjeras que hacen uso de nuestros espacios naturales porque los estándares de manejo del ambiente en sus países no se los permite y se quedan con las ganancias”, afirmó a Aire Digital. Es que en Argentina, el salmón es un producto premium que solo consume un bajo porcentaje de la población.

“La salmonicultura se puede dar en piletones en tierra y piletones en el mar. Esto último es lo que se prohibió en Tierra del Fuego”, explicó la referente. “Es lo mismo que un feedlot de vacas pero en el mar. Colocan 500.000 salmones en redes flotantes gigantes y les administran un montón de antibióticos, generando un gran impacto ambiental que además es irreversible en el ecosistema marino”, analizó.

Pero la industria también suponía un peligro latente para el equilibrio de la biodiversidad de las aguas argentinas. “El salmón es un pez exótico, no es de esta zona”, señaló Sasso. Y por eso es tan dañino para el ambiente. “Siempre ocurren escapes de las jaulas y redes. A fines del año pasado hubo una fuga de más de 300.000 salmones en mar chileno, y esa especie es depredador tope, es decir que come y arrastra toda la fauna nativa”, explicó. Por otro lado, los residuos que tienen las jaulas con salmones en el mar, contienen gran cantidad de químicos que no deja que otros animales calcifiquen. “Por ejemplo, todos aquellos animales que tienen caparazón como los crustáceos, necesitan calcio para vivir. En el Canal Beagle vive la centolla, un animal que le da identidad al pueblo porque los pescadores viven de su extracción desde hace muchos años. Son animales nativos del área que, de haber salmonicultura, se extinguirían”, explicó Martina.

¿Por qué los empresarios salmoneros pusieron el ojo en Tierra del Fuego? Porque la geografía de la provincia “del fin del mundo” es similar a la geografía de la patagonia chilena, país donde la salmonicultura creció exponencialmente desde 1970 y es la segunda mayor industria después de la minera.

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“Chile se está quedando sin lugares para seguir produciendo. Entonces las empresas del sector quieren avanzar en Argentina, donde se establecieron siete puntos para instalar las jaulas de salmones”, contó la activista de Rewilding Argentina. Es que cada jaula debe cambiarse de lugar cada diez años debido a la contaminación que generan con las heces de los peces, los productos químicos y antibióticos que se concentran en el fondo del suelo marino.

“La ley aprobada en Tierra del Fuego prohíbe la cría intensiva de salmones, justamente teniendo como referencia el modelo chileno y todos los impactos que generó en ese ambiente”, evaluó Martina en diálogo con Aire Digital.

Pero al convenio firmado en 2018 también se le opuso el sector del turismo, que representa el 50% de los puestos de trabajo en Tierra del Fuego. Los fueguinos del rubro argumentaron que las jaulas dispuestas en cercanías de las costas generan contaminación visual. Además, pone en peligro el avistaje de animales típicos como el lobo marino y el pingüino. “Esos animales, muchas veces se sienten atraídos por la cantidad de peces en las redes salmoneras y es común matarlos para que no se coman los salmones”, contó Martina.

El NO a las salmoneras no es una negativa a la actividad en sí, sino al modelo de feedlot.

“Está la posibilidad de desarrollar la salmonicultura en tierra en vez de mar, que implica mayor infraestructura e inversión. Los países desarrollados están empezando a implementar este sistema. ¿Por qué no invierten eso en Argentina?”, se preguntó la activista. “Promovemos la acuicultura de peces nativos, y si la industria del salmón se puede hacer de manera sostenible en tierra que se haga. No vamos a hipotecar nuestro ecosistema por un alimento que ni siquiera consumimos”, concluyó.

La lucha argentina, una victoria también para Chile

Juan Carlos Cárdenas es veterinario y director de la ONG Ecocéanos, una organización chilena de defensa del mar, sus ecosistemas y bienes comunes. Para el activista, la prohibición de la salmonicultura en Tierra del Fuego es una victoria que el pueblo chileno la siente muy propia, sobre todo los habitantes de la patagonia. "Esto demostró que la acción ciudadana junto a los pueblos originarios y el parlamento es efectiva", dijo a Aire Digital. Y aseguró que en el país trasandino "hay un movimiento constituyente inédito" que exige al parlamento, por un lado, establecer una moratoria a la expansión de las empresas salmoneras; y por otro, la eliminación de esta industria de los ecosistemas vulnerables, "como fiordos, lagos y ríos". "Tiene que salir de estos territorios porque genera grandes niveles de contaminación química y orgánica", expresó Cárdenas. "Las fecas de las altas densidades de peces concentrados se depositan en el fondo marino. Al descomponerse estas heces consumen oxígeno y generan hipoxia. La salmonicultura está generando desiertos submarinos".

El movimiento argentino contra las salmoneras que nació tres años atrás a partir de la firma del convenio con Noruega, tomó como modelo el gran movimiento chileno nacido en el archipiélago de Chiloé que lleva 30 años reclamando la eliminación de la salmonicultura en el mar. "Chiloé es una de las tres regiones más pobres de Chile", expresó Cárdenas. Lo paradójico es que esa zona exporta 5.1 billones de dólares al año gracias a la salmonicultura. "Sin embargo el archipiélago tiene graves problemas de destrucción ambiental y pobreza, lo que habla de esta industria como una netamente de tipo colonial", argumentó el activista recordando que Chile exporta el 90% de su producción de salmón. Pese a que es el segundo país productor de salmones, tiene uno de los índices de consumo de pescado más bajos. Cada habitante come solo 7 kilos por año.

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Las redes, jaulas o "granjas" de salmón en el mar se concentran a metros de la costa, delimitadas por boyas.  

Las redes, jaulas o "granjas" de salmón en el mar se concentran a metros de la costa, delimitadas por boyas.

Son 127 las concesiones otorgadas por el gobierno chileno para la salmonicultura, 57 de ellas se encuentras ubicadas sobre áreas protegidas. Otras 16 están en trámite. "La industria aumentó 400 veces sus niveles de producción en los últimos 10 años y hoy se está produciendo 140.000 toneladas al año", aseguró Cárdenas a Aire Digital.

En ese país de 756.626 km2 de superficie, empresas noruegas, japonesas y chinas concentran las 12 compañías productoras de salmón. Un gran porcentaje de esa carne naranja va a parar a países desarrollados, como Estados Unidos y Japón. Argentina solo compra unas 10.000 toneladas al año, cifra que viene reduciéndose drásticamente en los últimos tiempos como consecuencia de las agrupaciones activistas y famosos que destacaron la insalubridad del salmón chileno, repleto de residuos de antibióticos. "En Chile usan 300 veces más antibióticos por tonelada de salmón que Noruega", destacó el veterinario.

La salmonicultura tiene raíces grandes y poderosas en Chile. "Es una especie de república independiente paralela que abarca desde Chiloé hasta Magallanes", dijo Cárdenas. "Los empresarios tienen una bancada de senadores y diputados sin distinción de bandera política que adecuan las leyes a su servicio. Es un poder dentro del poder", analizó.

Sin embargo, el director de Ecocéanos no pierde la esperanza y ve con buenos ojos las repercusiones de la ley fueguina. Al otro lado de la cordillera, Martina Sasso opina en el mismo sentido.

La legislación que aprobó Tierra del Fuego "es una bocanada de aire fresco para la resistencia en Chile", dijo la coordinadora de Sin Azul no hay Verde y destacó la lucha conjunta. "Hay que entender que cuando dos pueblos se unen pueden lograr grandes cambios. Ellos nos apoyaron y nosotros lo hemos hecho con ellos para que no tengan más jaulas en Puerto Williams y la zona más sureña". Es que, en definitiva, "si ellos contaminan el Beagle, esas aguas van a llegar también al lado argentino".

La lucha para liberar de salmones los mares australes del mundo encontró una posición férrea en el fin del mundo. Como dijo Juan Carlos Cárdenas, "para los pueblos patagónicos no hay fronteras. El Canal Beagle que alguna vez nos dividió hoy nos une".