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Actualidad Rosario | Historia |

Un bar que mantiene intacta el alma bohemia y portuaria de Rosario, "la Chicago argentina"

Entre marineros, inmigrantes que cruzaron el océano en barco y una bohemia cultural creciente, el mítico Sunderland Bar es un refugio del sur rosarino. Cruzar sus viejas puertas de madera invita al comensal a entrar en un túnel del tiempo, entre músicos, artistas y los sabores del río Paraná.

A fines del siglo XIX y en los inicios del siglo XX, Rosario se trasformó en una ciudad cosmopolita y en centro agroexportador, conformándose en uno de los nodos portuarios y cerealeros más importantes del país. Esto trajo aparejado la llegada de marineros, tripulaciones enteras y sobre todo extranjeros, haciendo que por ese entonces la bautizaran como “la Chicago argentina”. Y fue en ese tiempo que, frente al puerto en las barrancas del rio Paraná, los hermanos Severino y José Cal dieron vida al mítico bar Sunderland.

Entre las mafias de “Chicho Grande” y “Chicho Chico”, los burdeles del barrio de Pichincha con Rita La Salvaje y la llegada de inmigrantes de todas partes del mundo, el Sunderland crecía como almacén, casa de cambio y -no menos para la época - refugio de marineros en busca de placeres olvidados en altamar. En marzo de 1948 los hermanos españoles Severino y José María desembarcaron del “Sunderland”, nave que los dejaría en una Rosario que por aquellos años era pura prosperidad, dándole luego ese nombre a su boliche en las orillas del río.

“Cuenta la historia que el nombre de Sunderland viene del barco del que se bajaron su primer dueño llamado Severino y su hermano José María. Era un bar portuario donde no sólo se ofrecía comida sino también cambio de moneda extranjera, y algunas versiones dicen que había habitaciones para el placer pago”, explica Lorena Tedeschi, quien junto a su tío Claudio manejan y llevan adelante el restaurant en la actualidad.

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El bar en la actualidad se lo puede encontrar así.

El bar en la actualidad se lo puede encontrar así.

“Muchas veces llegan barcos y cruzan sus tripulantes para comer, hay navegantes rusos, chinos, de todas partes del mundo que se han vuelto fans y los diez días que está el barco varado en el puerto se pasan los diez días en el restaurant”, cuenta Lorena, quien afirma que muchas veces le toca hacer de guía turística de Rosario y dar consejos al viajero que llega al Sunderland por recomendación.

A medida que la ciudad se iba desarrollando económica y culturalmente, con las transformaciones que una ciudad pujante del siglo XX pudiera tener, los hermanos españoles Severino y José María mantuvieron al Sunderland tal cual un almacén o fonda típica, ofreciendo “minutas a todas horas” y “Exchange of money”. Algunas leyendas urbanas cuentan que Carlos Gardel cenó allí una vez, lo que indicaría que el bar existía antes de la fecha “oficial” de 1948. Un Sunderland que, para las señoras de la época, era más bien un bar “indecente” donde no iban familias. Un típico “bar de trampa”.

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En la actualidad, Lorena Tedeschi maneja el restaurant junto a su tío Claudio.

En la actualidad, Lorena Tedeschi maneja el restaurant junto a su tío Claudio.

Sin embargo, décadas más tarde, en los años 80, el Sunderland cobró una notoriedad bohemia. Se convirtió en un punto de referencia para el ambiente artístico y viejos clientes afirman que en un tiempo se entregaba de regalo una partida de nacimiento del Che Guevara. Historias más, historias menos, en 1988 lo adquiere el joven emprendedor gastronómico Claudio Tedeschi. Un año más tarde, un incendio destruyó gran parte del restaurant, apenas inaugurado.

“Luego del incendio vinimos todos a apoyar a mi tío, quien lo reconstruyó con mucho esfuerzo porque aparte todavía no lo tenía asegurado. Lo recuerdo y me emociono, en la parte de arriba del salón hay imágenes del incendio y hay una foto muy conmovedora para mí: es un abrazo que se dan mi abuelo, mi papá y mi tío. Habla del empuje familiar del restaurant”, dice Lorena, recordando además que en aquel momento se decidió reconstruir el bar tal cual estaba antes, con su fachada típica y sus frases antiguamente pintadas en los ladrillos.

Llegó el año 1989 y todo cambió

“Somos patrimonio de la ciudad”, explica Lorena, Licenciada en Administración de Empresas y sommelier. “Soy una amante de la gastronomía y desde muy chica vengo acá, recuerdo compartir con mi abuela un plato de lenguado a la salsa de puerro que era un plato estrella hace muchos años. Siempre fuimos una familia gastronómica, también estudié cocina y lo que sucede cuando entrás al restaurant es que se siente esa magia que hay en el aire. No hay sólo una historia familiar, hay historias de muchos tipos: en un sector podés encontrar exhibido un plato que pintó Páez Vilaró cuando vino a Rosario. Él quedó tan maravillado con el bar que a su llegada a Uruguay le envió una carta a mi tío diciéndole que iba ser siempre su sede cuando pase por la ciudad”.

Los años ’90 vivieron esa magia, ese esplendor de sentir el restaurant lleno a toda hora, donde se tocaba el piano, se celebraban casamientos, cumpleaños y las fiestas de fin de año. Los artistas llegaban cerca de la medianoche, una vez finalizados sus shows, buscando un refugio lejano del ruido de la ciudad y de los estadios o teatros. El restaurante de calle Belgrano 2010 queda más allá del Monumento a la Bandera, ya pronto a la salida de Rosario, pasando aún el anfiteatro del Parque Urquiza y la bajada de Avenida Pellegrini hacia el río. Con sus manteles cuadrillé rojo y blanco, sus pisos originales y la pinta de bodegón, el Sunderland abrió sus puertas a músicos, actores, ilustradores, políticos, modelos, escritores, turistas y a los rosarinos de siempre.

“Tanto mi hermano como yo sabíamos cuando venía algún famoso, recuerdo que era muy chica y estaba Fito Páez. Esperamos que termine de cenar para conversar un poco y me acuerdo que yo estaba preocupada porque al otro día iba a faltar a colegio por quedarme hasta tan tarde en el bar con Fito”, recuerda. Hubo noches en que tuvieron que pedir refuerzo de guardias en la puerta, ya que centenares de mujeres esperaban por una foto o autógrafo de Ricardo Arjona. Por su parte, Diego Torres dejó en pleno show un saludo para el Sunderland y Joaquín Sabina tocó el piano con Joan Manuel Serrat. La cantante española Rosana improvisó con su guitarra y el escritor Arturo Pérez Reverte, durante su visita a Rosario por el Congreso de la Lengua española, escribió un cuento especialmente dedicado al Sunderland. Más cerca en el tiempo, en las redes sociales del bar, se pueden ver fotos de los mozos con Ricardo Darín, Tini Stoessel, el Puma Goity, Les Luhiers, entre muchas figuras más del espectáculo nacional.

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Fito Paez en una visita al emblemático bar.

Fito Paez en una visita al emblemático bar.

Según Lorena, “el restaurant tiene una magia que enamora a todo el que entra. La persona que cruza la puerta ingresa como en un microclima, en un túnel del tiempo. Es también un refugio, pero no sólo para los artistas, es para todos. Siempre hay jazz sonando de fondo, no tenés el problema del tráfico, no se siente la locura de la ciudad y, fundamental, está siempre abierta la cocina”.

Las crisis económicas y los altibajos del país obligarían al Sunderland a cerrar sus puertas en el 2001, retomando actividad años más tarde, cumpliendo casi 80 años de historia. El Negro Fontanarrosa fue un habitué, dejando ilustraciones que aún hoy permanecen enmarcadas y colgadas en las paredes de madera y ladrillo, junto con autógrafos, fotos y pinturas especialmente dedicadas al bar. Pero no sólo es la bohemia, el Sunderland son sus platos, su pacú y su boga a la parrilla, las pastas caseras y los raviolones de salmón que, para Lorena, son la especialidad.

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El Negro Fontanarrosa en una visita al bar portuario.

El Negro Fontanarrosa en una visita al bar portuario.

“Creo que la excelencia en el servicio, el trato de los mozos, el entusiasmo en el ambiente es lo que hace que el Sunderland pueda prevalecer en el tiempo. Siempre damos lo mejor y es por eso que la gente quiere seguir viniendo. Es parte de mi historia y parte de la historia de Rosario, para mí el Sunderland significa alegría, todo el mundo se va contento, se va riéndose, es el placer de celebrar un momento, es un lugar donde se celebra la vida”, concluye Lorena. Sus paredes repletas de historia hablan por sí mismas, las barrancas del Paraná como testigos de tantas leyendas, entre sus ventanales vidriados que miran muelles y barcos de carga. Un bar hecho de anécdotas, música y familia, un lugar que como el río mismo que lo forjó, nunca dejó de fluir.