Durante más de 30 años, Dora Ríos cumplió con la orden de no contar la experiencia más intensa que atravesó en su vida. Ella trabajó como enfermera civil en el Hospital Naval de Puerto Belgrano durante la Guerra de Malvinas. Allí atendió y curó a los soldados heridos que volvían del frente de batalla. Sin embargo, en 2015, Dora decidió rebelarse y contar su historia para que la labor de las mujeres durante aquel dramático momento de la historia argentina no sea olvidada.
Oriunda de la ciudad de Santa Fe, Dora obtuvo su título de enfermera en la Cruz Roja Argentina. Aunque pensó en estudiar medicina, su padre le heredó la vocación de servicio y decidió seguir sus pasos. “Ser enfermera era una manera de servir a los demás. Mi papá era enfermero y lo hacía con tanto cariño y amor hacia las personas que me enamoré de la enfermería. La cercanía con el paciente es única”, contó Dora en diálogo con AIRE.
En 1976, Dora armó las valijas y se mudó a la localidad de Punta Alta, en el sur de la provincia de Buenos Aires. Uno de sus hermanos era parte del cuerpo de la Armada Nacional y la animó a ser parte del Hospital Naval de Puerto Belgrano. Rindió todos los exámenes necesarios y empezó a trabajar ese mismo año. "Nunca creí trabajar en un lugar tan especial y digno para el país", expresó.
La guerra inesperada
En ese lugar estaba junto a otras 170 enfermeras cuando el 2 de abril 1982 comenzó la Guerra de Malvinas. "No sabíamos nada en un principio. Nos dijeron que preparemos material quirúrgico, de curaciones y para quemados. También tuvimos que ordenar los pabellones. Nos hablaban de operativos y, como era una base naval, operativos había siempre. Y de pronto empezaron a llegar heridos en aviones, helicópteros, ambulancias. Ahí nos enteramos de la guerra”, recordó Dora.
La cantidad de soldados heridos que llegaban desde las Islas Malvinas era tan grande que era imposible contabilizarlos. Era tan intenso el trabajo de las enfermeras que no sabían si era de día o de noche afuera de esas paredes. "Fue un momento muy dramático. La atención era urgente. Un minuto que perdías, una vida que se te iba. Todo era corriendo", aseguró.
El arte de curar y contener a jóvenes soldados inexpertos
Según datos oficiales del Ministerio de Defensa de la Nación, en la Guerra de Malvinas participaron 23.428 soldados argentinos y se calcula que alrededor de 11.000 fueron enviados al archipiélago austral. La mayoría de ellos eran conscriptos que no superaban los 20 años, con una muy escasa preparación en combate y sin ropa adecuada para soportar las bajas temperaturas.
“Atendimos toda clase de heridas y lesiones, pero lo más frecuente era el pie de trinchera. Las piernas se congelaban de tanto estar en el suelo helado de las trincheras. Tuvimos que amputarles las piernas a chicos de 18 años porque se les habían congelado. También venían heridos graves, quemados, sin un brazo, sin una pierna. No quiero profundizar, pero fueron momentos de mucho dolor”, indicó Dora a AIRE.
El 14 de junio de 1982 el general argentino Mario Menéndez firmó la rendición de sus hombres en las Islas Malvinas ante las fuerzas inglesas. Sin embargo, en el Hospital Naval la guerra no había terminado. “Seguimos trabajando con los heridos un tiempo más. Había que atenderlos, curarlos y rehabilitarlos”, explicó.
Una sola directiva: no hablar de Malvinas
Durante aquellos trágicos días, el Hospital Naval dio la orden a todas las enfermeras de no contar nada de lo que se estaba viviendo. Y esa orden castrense marcó la vida de Dora. En ese momento ella tenía 26 años, un marido y estaba embarazada de su primera hija. No le dijo nada a nadie. “Nos dijeron que no podíamos decir nada a nadie. Ni siquiera a la familia. Éramos muy obedientes en la Armada. Eso me llevó a callar y nunca hablar", sostuvo.
Dora Ríos trabajó un tiempo más después de la guerra en Puerto Belgrano y renunció a su puesto, atormentada por las secuelas que el conflicto bélico había dejado en los soldados y en ella misma. "Trabajé dos años más, pero tuve que dejar. El daño psicológico y emocional que quedó en todos fue tremendo. Nadie tuvo atención psicológica después de la guerra. Yo no podía ver una película de guerra en la televisión, imagínate lo que habrá sido para los que estuvieron en las islas", argumentó la enfermera retirada.
Optó por volver a su provincia, pero se radicó en la ciudad de Rosario por ser la cuna de la bandera argentina. Allí comenzó a trabajar en diferentes sanatorios, pero siguió guardando estricto silencio. “Cuando ingresaban excombatientes a atenderse, había pacientes que los tildaban de ‘loquitos de la guerra’ y yo me desgarraba por dentro. No decir nada por más de 30 años fue tremendo”, aseguró.
Empezar a sanar 33 años después
Dora comenzó a rebelarse de la orden que le habían dado en el Hospital Naval a mediados de 2015. Para desahogarse eligió a su familia y sus palabras conmovieron a todos hasta las lágrimas. "Mi esposo estaba enfermo entonces le conté para que sepa. Yo viví esa situación, pero él no sabía nada de cómo fue adentro del hospital. Fue un momento muy movilizante. Hubo una emoción muy grande y mi familia lloraba mientras yo hablaba”, recordó.
Una vez que empezó a hablar, Dora no paró. "Cuando me jubilé, me destapé como una olla que está hirviendo y tenés que sacarla de fuego. Ahí empecé a contar todo. Mis compañeras no lo podían creer. Me dijeron: 'con razón corrías tan rápido cuando había una urgencia'. No entendían por qué me había callado tantos años", agregó.
Sin embargo, a pesar de la valentía de Dora, la falta de contención y de asistencia psicológica dejó una herida abierta que todavía tiene consecuencias en la actualidad. De hecho, durante los 74 días del conflicto murieron 649 soldados argentinos y se calcula que más de 300 excombatientes se suicidaron en las últimas cuatro décadas. “Hay gente que todavía lo tiene guardado. Hay veteranos que no dicen nada y están estresados, pero no quieren hablar con nadie. Todavía está pasando en este tiempo”, reveló Dora.
Con la vocación de servicio intacta, Dora formó, junto a viudas e hijas de veteranos no reconocidas, la agrupación “Mujeres por Malvinas Rosario” a través de la cual ayuda a los lugares más necesitados. "Vamos a los barrios, visitamos a la gente y le preguntamos cuáles son sus necesidades. Ayudamos como podemos. Entregamos agua potable, alimentos y ropa, entre otras cosas. Siempre enarbolando la causa de Malvinas”, detalló.
Una deuda de honor
Su incansable lucha contra el silencio y el olvido de las mujeres que trabajaron en la Guerra de Malvinas fue reconocida por la Cámara de Diputados de Santa Fe en un acto por el Día de la Mujer hace poco tiempo. Sin embargo, y a pesar de que valora el gesto de la Legislatura santafesina, Dora cree que el reconocimiento tiene que venir del Estado Nacional. Y esa es su pelea en estos momentos.
"El Estado debe reconocer a los veteranos y veteranas del continente. Yo no estuve en la isla con un arma, pero estuve en un hospital recibiendo heridos. Los soldados luchaban por la guerra y nosotras por la vida. Todos estuvimos en Malvinas", concluyó.
Te puede interesar










