Apenas faltaban 15 minutos para las 8 de la noche del pasado domingo 15 de agosto, cuando Manuel y Moisés al fin pudieron darse el abrazo esperado durante tanto tiempo. Hubo pocas palabras, algunas lágrimas, una emoción profunda atravesada por la alegría contenida y un dejo de dolor por el sufrimiento vivido hasta ese momento.
El encuentro entre Manuel y Moisés se produjo a pocos metros del Puente Colgante, frente al cartel de letras blancas y verdes con las palabras "Santa Fe" y con el marco de una laguna Setúbal particularmente escuálida por la sequía intensa.
Manuel y Moisés son hermanos; vivieron sus vidas en Barinitas, al noroeste de su querida Venezuela; pero ambos se vieron forzados a abandonar su país en crisis para buscar mejores oportunidades en la lejana Argentina.
Ese domingo, Manuel cumplía exactamente 2 años, 7 meses y 14 días desde el momento que llegó a la ciudad de Santa Fe, luego de viajar durante 14 días en su camioneta, con su familia, atravesando la Amazonia brasileña y superando un cúmulo de dificultades.
Sin embargo, las cosas fueron mucho más difíciles para su hermano Moisés: su viaje se prolongó durante ocho interminables meses, fue estafado, asaltado y logró sobrevivir en un campo de refugiados venezolanos que las Naciones Unidas sostiene en la ciudad de Boa Vista, en el noroeste de Brasil.
La odisea en busca de una vida mejor
Moisés Menezes tiene 37 años, de contextura menuda y al parecer algo tímido. De profesión docente, trabajó durante los últimos años como vendedor en Barinitas. A seis días de su llegada a Santa Fe su objetivo inmediato es encontrar la manera de ganarse la vida, aunque sabe que está en familia y recibirá toda la contención que necesite hasta que comience a acostumbrarse a un nuevo país, a sus costumbres, su clima, sus paisajes y su gente.
Hacía tiempo que Moisés había tomado la decisión de emigrar a la Argentina, pero debió esperar porque la falta de combustible en Venezuela -la quinta reserva de petróleo más grande del planeta- impedía el funcionamiento de los medios de transporte público.
Hasta que se acercó el momento de las elecciones. Y como siempre sucede en Venezuela a pocos días de una votación, el combustible apareció de repente. Con él, la posibilidad de armar una mochila, subirse a un colectivo hasta Caracas, hacer transbordo a otro micro y, desde allí, viajar al fin hacia la frontera con Brasil.
Lo que en ese momento Moisés no sabía era que su odisea recién estaba a punto de comenzar.
El gobierno de Venezuela mantiene cerradas sus fronteras con Brasil. Al acercarse al límite entre los dos países, Moisés se encontró con más de 1.000 venezolanos que también intentaban abandonar sus tierras.
Allí, dos personas se presentaron y le ofrecieron a Moisés y a otros en su misma situación la posibilidad de guiarlos a través de caminos alternativos, por la extensa sabana, y llevarlos hasta Brasil a cambio de dinero. Les pareció un acuerdo lógico.
Caminaron durante seis horas y en medio de la nada, hasta que descubrieron que los supuestos guías eran, en realidad, delincuentes. A Moisés le sacaron los 300 dólares que tenía e intentaron quedarse con sus bolsos. "En ese momento les dije que no se llevaran mis maletas, porque ahí estaban mis documentos y mi partida de nacimiento que me había costado más de dos años conseguir. Entonces, les ofrecí mi celular", contó el venezolano en el programa Creo, que se emite cada mañana en Aire de Santa Fe.
Sin dinero y sin teléfono, pero con su ropa y sus documentos, Moisés llegó a suelo brasileño. El próximo objetivo era la ciudad de Boa Vista, en el noroeste de Brasil.
En el camino encontró a otros venezolano que le advirtieron que la Policía Federal de Brasil controlaba los caminos y podía deportarlo. Inmerso en el temor y el desconcierto, Moisés volvió a confiar. Le dijeron que a cambio los pocos reales que le quedaban, le mostrarían una ruta alternativa y que al final lo estaría esperando otra persona para guiarlo. Pero se trató de otra estafa, y a Moisés ya no le quedaba dinero.
Siguió caminando, desahuciado. Hasta que llegó a una comunidad indígena brasileña, donde lo ayudaron, lo alimentaron y lo acompañaron hasta Boa Vista.
Allí fue recibido en un campo de refugiados venezolanos montado por las Naciones Unidas y el gobierno de Brasil. Es que la historia de Moisés se multiplica por miles de personas que huyen desesperadas de Venezuela para encontrar un mejor futuro en otra parte.
"Mi sueldo como docente sería de 4 dólares en estos momentos, pero con eso apenas puedo comprar medio pollo. La inflación es del 28.000 por ciento anual", explicó Moisés.
Ocho meses en un campo de refugiados
Ya en el campo de refugiados, pudo comunicarse con su madre Maricela, de 67 años, quien sigue en Venezuela. "No le dije todo lo que me había sucedido. Sólo que me demoraría más tiempo del previsto", recordó Moisés. También habló con su hermano Manuel, quien desde Santa Fe escuchó estupor y preocupación lo que estaba ocurriendo.
Pensaron que en poco tiempo Moisés podría seguir adelante, pero la falta de recursos y la pandemia complicaron las cosas. La vida en el campo de refugiados no fue sencilla. Durmió durante ocho meses en carpas, sobre el suelo. Incluso, recolectando latas para cambiarlas por algunos reales. Pero al menos recibía un desayuno, un almuerzo y una cena: "Debía hacer fila durante dos horas para comer. Todos estábamos en las mismas condiciones", explicó.
La espera se hizo casi eterna. Hasta que su hermano Manuel, algunos santafesinos y su amigo Jhoani, refugiado en Estados Unidos, consiguieron el dinero para comprar los pasajes de avión que permitirían a Moisés seguir adelante.
Desde Boa Vista viajó a Brasilia, luego a Sao Paulo y finalmente a Foz de Iguazú. Desde allí, se dirigió a la ciudad de Dionisio Cerqueira, en el sur de Brasil, hasta que pudo atravesar la frontera con Argentina y llegar a Bernardo de Irigoyen, en la provincia de Misiones.
Luego de una semana de aislamiento por el covid se dirigió a Resistencia, Chaco, donde Federico, un amigo de Manuel, lo estaba esperando. Allí se dio el lujo de comer un par de asados y recibió su primer regado desde su llegada: una camiseta de Colón.
El pasado domingo 15 de agosto, al fin, se produjo el encuentro tan esperado. Moisés pudo abrazar al su hermano Manuel, con el puente Colgante de Santa Fe como imagen de fondo.
En Venezuela quedaron sus hermanas Claudimar, de 35 años, y Liliana, de 40 junto a mamá Maricel, que cobra una pensión de 1 dólar mensual.
El 12 de diciembre 2020 Moisés partió de su casa, en Barinitas, rumbo a la Argentina. El 15 de agosto de 2021 llegó a Santa Fe.
El viaje terminó. Pero su nueva vida, recién comienza.
Mirá la entrevista completa realizada en Creo, por Aire de Santa Fe.
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