El periodista especializado en inteligencia, Facundo Chaves, participó en el programa Santa Siesta y aseguró que, si bien la noticia resulta impactante, en realidad confirma los temores previos sobre la infiltración de agentes encubiertos de Rusia en Argentina. Según Chaves, la red de espionaje rusa ha logrado perforar las barreras de seguridad de varios países, incluidos aquellos de América Latina, con objetivos muy específicos en mente. "Rusia tiene una red activa de espionaje global que responde directamente a los intereses estratégicos del Kremlin", afirmó.
La presencia de agentes rusos en Argentina, según Chaves, se inscribe en una tradición de operaciones de inteligencia que data de la época soviética. "La red de espías nunca se desactivó, y esto es algo previsible dado el perfil de Vladimir Putin, quien proviene de la KGB. Su ascenso al poder se sustentó en su trabajo como jefe de inteligencia de Boris Yeltsin", explicó el periodista. La principal finalidad de estas redes es obtener información sensible, recopilar datos estratégicos y crear redes de apoyo para contrarrestar los enemigos del régimen ruso en el ámbito internacional.
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El vocero Manuel Adorni confirmó que la SIDE identificó el accionar sospechoso de dos ciudadanos rusos radicados en la Argentina.
En el caso de Argentina, Chaves detalló que uno de los objetivos principales es obtener pasaportes legítimos que permitan a los agentes rusos operar con identidades “normales” en otros países, pasando desapercibidos ante los sistemas de inteligencia. Entre 2021 y 2022, el ingreso de ciudadanos rusos a Argentina aumentó de 17.000 a 38.000 anualmente, un fenómeno impulsado por un acuerdo firmado en el pasado por la entonces presidenta Cristina Kirchner, que permitió el ingreso sin necesidad de visa y una rápida obtención de documentación. El cambio en los estándares de ciudadanía por parte de la gestión actual ha facilitado aún más este proceso.
La vida diaria de un espía encubierto
Chaves explicó que el trabajo de un espía ruso suele desarrollarse en el más absoluto anonimato. Los agentes deben mantener una vida lo más normal posible para evitar levantar sospechas. "El día a día de un espía no se diferencia de la vida de cualquier otra persona, ya que la normalidad es clave para mantener una identidad creíble y pasar desapercibidos", agregó.
Un caso emblemático de esta modalidad de infiltración fue el de Artiom Dultsev y Anna Dultseva, dos espías rusos que vivieron durante años en Argentina bajo identidades falsas. Él se hacía llamar Ludwig Gish y ella, María Rosa Mayer Muños. Ambos llegaron al país con pasaportes falsos, ocultando su origen ruso. "Él era empresario en el sector de las telecomunicaciones, mientras que ella trabajaba como galerista de arte. Esa fachada les permitió operar durante años sin levantar sospechas", relató Chaves.
El objetivo de estos agentes era construir una identidad sólida para operar como parte de una red de apoyo a otros espías del Kremlin. "Las tareas de inteligencia no se limitan a las misiones clásicas de espionaje; consisten principalmente en crear una red logística y humana que sirva a los intereses del régimen", explicó Chaves.
El entrenamiento de los agentes rusos
La formación de los espías rusos comienza a una edad temprana, según Chaves. “Desde los 15 años, los jóvenes son reclutados en función de sus características y aptitudes para las tareas de inteligencia”, señaló. El entrenamiento incluye una disolución total de la identidad original del agente, quien debe adoptar una nueva personalidad para operar en el mundo. "La identidad de estos agentes es borrada por completo, y muchos de ellos mueren con identidades falsas, olvidados por sus propias familias", añadió el periodista.
Este proceso de adiestramiento implica no solo habilidades en el espionaje clásico, sino también una lealtad inquebrantable hacia el régimen ruso, algo que los agentes asumen como parte de un juramento por la “gloria de Rusia”.