jueves 25 de noviembre de 2021
Sociedad Infidelidad | Wanda Nara | Mauro Icardi

Wanda Nara, Mauro Icardi y la China Suárez: la infidelidad como espectáculo, una mirada desde el psicoanálisis

La infidelidad y sus consecuencias, tanto por sus efectos destructivos como por la posibilidad de crear nuevos lazos, genera fascinación en un mundo lleno de espectadores en las redes y en los medios. Por qué somos infieles.

La infidelidad es un fenómeno que acompañada las vicisitudes de las relaciones amorosas entre los sujetos contemporáneos. Sin necesidad de ser constatada fehacientemente, su sola presunción desencadena un torbellino de pasiones locas entre los amantes. Se trata de un pasaje, a veces reversible, que va desde el amor al odio en idéntica proporción.

No es necesario adentrarse en las profundidades de la condición humana para notar que ambas pasiones son las dos caras de una misma moneda. La infidelidad y sus consecuencias llega a fascinarnos de modo tal que alcanza la condición de espectáculo, tanto en su posibilidad de creación de lazos como en sus efectos destructivos.

Quienes son nostálgicos se lamentan de la pérdida de valores, ideales y, en última instancia, la falta de compromiso con el semejante en estos tiempos. Se afirma que el libertinaje es un rasgo de la época, es decir, un empuje ciego hacia la satisfacción que ya no encuentra límites en la moral individual. Sin embargo, solo hay que repasar la historia de nuestra civilización para captar que las infidelidades existieron aquí y allá, instituyendo alianzas que crearon o destruyeron desde ignotos matrimonios hasta imperios enteros.

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A principios del siglo pasado, en la época victoriana en la cual Sigmund Freud (1856-1939) escribió su obra, la represión de la sexualidad signaba la relación entre los partenaires. Por ejemplo, dos enamorados podían mantener durante años un intercambio puramente epistolar sin contacto físico alguno. Uno y otro rasgo de época, sea la represión de las pulsiones sexuales o una desinhibición de las mismas, dan cuenta de un hecho de estructura según una lectura que se desprende de la teoría psicoanalítica, a saber, la inadecuación entre el ser hablante y la sexualidad que lo habita. ¿Podemos afirmar que los sujetos contemporáneos son más felices que los victorianos? Nada lo indica. Más allá de su dimensión placentera, siempre persiste en la sexualidad algo que no marcha, es decir, síntomas.

La infidelidad a veces llega a pensarse como una tendencia natural, otras veces como un signo de decadencia de la sociedad o, paradójicamente, como el progreso de una cultura que se abre a las formas actuales del poliamor.

Los investigadores que se preguntan por los orígenes de la infidelidad recurren a la etología, en tanto psicología comparada, del comportamiento animal y el hombre. Hacen notar que en algunas sociedades de primates la poligamia es el modo de lazo preponderante, por tanto la infidelidad sería así una inclinación “natural” en el hombre. No obstante, para los psicoanalistas nada en el hombre puede calificarse como natural, a partir de la perturbación inaugural que introduce el lenguaje y la cultura.

Al mismo tiempo, bajo la lógica del sentido común, tiende a pensarse que un sujeto que llega a ser infiel sin experimentar culpa alcanza una satisfacción plena de su deseo. He aquí una fantasía propiamente neurótica: uno mismo podrá privarse y elegir la fidelidad como ideal, pero necesitamos creer que en algún lugar alguien accede al goce sexual anhelado. Quizá allí radica el atractivo y el interés que suscita en estos días el triángulo Icardi-Nara-Suárez.

Por qué somos infieles

Por otro lado, si introducimos la singularidad del caso particular, las palabras que refieren los sujetos en las psicoterapias describen lógicas muy diferentes. En un caso la infidelidad se pondera como un derecho de libertad individual siempre y cuando sea discreta según la fórmula “ojos que no ven, corazón que no siente”. Para otro es solo una respuesta en espejo tras un engaño sufrido bajo la lógica del “ojo por ojo”, más decidido por un ánimo de venganza que por un deseo en sí, lo cual torna anecdótico al amante de turno. Un tercero explica que ser infiel se le impone como una compulsión innecesaria pero aun así imposible de reducir, a sabiendas de que así pone en juego más de lo que podría soportar perder. Otro sujeto refiere que siempre fue reconocido por su belleza física y que sus infidelidades le permiten constatar, así sea en el instante fugaz de la conquista, que aún es deseado a pesar del paso del tiempo.

Entonces la infidelidad a veces llega a pensarse como una tendencia natural, otras veces como un signo de decadencia de la sociedad o, paradójicamente, como el progreso de una cultura que se abre a las formas actuales del poliamor.

En cambio, la lectura psicoanalítica prescinde de valoraciones de tipo moralistas, siempre tan arbitrarias, y concibe a la infidelidad como un fenómeno cuya causa se articula en otro lado, supeditada esencialmente a los infinitos embrollos que, para mal o para bien, preexisten en cada quien.

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Nota de redacción: Ignacio Neffen es psicólogo (matrícula 871), psicoanalista y autor del libro "La psicosis no desencadenada".