miércoles 15 de septiembre de 2021
Salud | pandemia | psicoanálisis |

La trampa velada en el ideal de resiliencia, como imperativo en tiempos de pandemia

La obligación de ser resiliente, sin tomar en cuenta la singularidad y la coyuntura que enfrenta cada persona, puede sumar todavía más angustia a los desafíos que implica la pandemia.

Desde hace tiempo parte de la psicología y también los discursos de autoayuda coinciden en la valoración del concepto de resiliencia, incluso como un ideal exigible a todo sujeto en su modo de afrontar las vicisitudes de la existencia. Por resiliencia entiéndase un mecanismo psíquico interno que favorece el crecimiento y la superación personal aún en las condiciones más adversas. En su declinación más informal, “actitud positiva”.

De un modo un poco más riguroso: “La capacidad de ajuste personal y social a pesar de vivir en un contexto desfavorable y de haber tenido experiencias traumáticas es lo que define a la personalidad resiliente” (Scheier & Carver, 1992). Suele representarse evocando una analogía tomada de la botánica, a saber, aquella flor solitaria que crece en el desierto a pesar del medio hostil que la rodea y la priva de los elementos que necesita.

En tanto imperativo en la época, ser resiliente se inscribe en una moral bajo la lógica del para todos, sin contemplación alguna por la coyuntura específica que cada cual atraviesa. La perspectiva psicoanalítica, en cambio, busca preservar la singularidad y por ello se define como una ética del caso por caso. No se trata aquí de una diferencia retórica o una simple rencilla entre diferentes ofertas psicoterapéuticas que buscan imponerse, una y otra perspectiva tienen consecuencias profundas en su modo de abordar el sufrimiento subjetivo.

¿Acaso no es un exceso demandar a un sujeto resiliencia cuando él mismo no sabe aún con qué se enfrenta o a qué debe sobreponerse a pesar de todo?

Quizá pueda evocarse aquí nuestra coyuntura actual de pandemia para ejercitar dicha diferencia entre psicología y psicoanálisis. Muchos abordajes sociológicos y psicológicos intentan analizar de manera general las consecuencias de un virus que ha trastocado nuestra cotidianidad, sin embargo, aquí proponemos una clave de lectura que remite a lo particular.

Si la pandemia ha de pensarse como una variable externa que irrumpe, entonces es necesario entender que, según sea el caso, puede conmover los arreglos que cada cual ha forjado en la existencia, sea en el campo amoroso, laboral o cualquier otro que done un sentido a nuestra vida. Dicho en otras palabras, aunque la variable externa es la misma para todos, sus consecuencias a nivel de la subjetividad son radicalmente diferentes en cada caso.

Así, un sujeto no sólo se confronta con la pandemia en sí, sino con aquello que ha dejado de funcionar para sí mismo en consecuencia. En ocasiones, he aquí la noción de inconsciente tal como se articula en Freud, ni siquiera el mismo sujeto llega a advertir lo que pierde en lo que se perdió y sin embargo la tristeza lo invade igualmente como enigma difícil de nombrar. Una terapia psicoanalítica invita entonces a la construcción de un saber que permita circunscribir con qué se confronta cada uno allí, más allá del virus en sí.

La resiliencia, como imperativo en la época, puede contarse entre las formas de insensibilidad a la cual nos acostumbramos.

Como se aprecia, la ignorancia y el no comprender lo que allí está en juego es lo que permite al psicoanalista ceder la palabra a quien consulta empujado por su propio malestar. En la perspectiva de la resiliencia dicho saber no interesa en absoluto, sólo se busca desencadenar el mecanismo interno resiliente.

Ahora bien, ¿acaso no es un exceso demandar a un sujeto resiliencia cuando él mismo no sabe aún con qué se enfrenta o a qué debe sobreponerse a pesar de todo? Entonces no sólo debe afrontar su propia crisis, sino también el no estar a la altura de lo que se espera de él, es decir, el reproche de no ser lo suficientemente resiliente.

Es claro que tras el concepto de resiliencia aguardan las buenas intenciones de siempre, sólo que no es infrecuente que las exigencias superyoicas se disfracen de nobles ideales humanistas. Tal como evoca una frase popular, el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. La resiliencia, como imperativo en la época, puede contarse entre las formas de insensibilidad a la cual nos acostumbramos.