domingo 16 de enero de 2022
Salud | psicoanálisis |

El engaño de la empatía y el problema de la comprensión

Frente a una separación o una pérdida afectiva, la creencia de que uno puede ponerse en el lugar del otro es falsa y puede obturar la posibilidad de que esa persona exprese lo que le está pasando.

En general, aunque no siempre, suele ponderarse la empatía como un ejemplo de solidaridad con nuestros semejantes o incluso un acto altruista digno de destacarse donde quiera que se articule. Según el diccionario de la lengua se entiende por empatía la “capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos”.

La empatía es entonces la creencia según la cual uno puede ponerse en el lugar del otro y entender así la coyuntura que atraviesa. Dicha creencia suele legitimarse desde dos lugares muy diferentes, en un caso la experiencia de vida y en otro la presunción de poseer aquella capacidad empática como un don personal.

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En el primer caso, si tiempo atrás hemos atravesado una separación amorosa, entonces asumimos que comprendemos el dolor de nuestro semejante ante idéntica situación. Así, una y otra pérdida devienen simétricas, como si la lógica de la vida amorosa pudiese reducirse a una serie de equivalencias a nivel del lazo, como si una pareja desempeñara la misma función en uno y otro caso.

En esencia, la clave con la cual pretendemos descifrar la coyuntura que atraviesan los otros es autoreferencial.

Sin embargo, si nos enlazamos a un otro es porque estamos habitados por una falta tan constitutiva como necesaria, condición misma del deseo. En tanto la falta que motoriza el deseo es singular, supeditada a los momentos inaugurales de la subjetividad y las respuestas que cada cual pudo forjar, entonces las pérdidas a nivel de los lazos afectivos serán significadas y vivenciadas de forma radicalmente diferente en cada caso.

Sobre la segunda forma de legitimación de la empatía, la presunción de poseer una capacidad empática, un psicoterapeuta escribe tiempo atrás: “Yo siento la tristeza de la paciente depresiva que me habla, siento, detrás de la tristeza, el odio sordo provocado por una antigua decepción dolorosa vivida como una injusticia” (Nasio, J.-D. 2017, p. 29).

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Como se advierte, la empatía aquí es indisociable de una intuición que se apresura en comprender, hecho que nos remite a un problema más general, a saber, el problema de la comprensión. El psicoanalista francés Jacques Lacan (1901-1981) solía repetir la siguiente frase ante su auditorio: “Si comprendo, paso, no me detengo en eso, porque ya comprendí” (1955-56, p. 75). Años más tarde propuso otra modulación del mismo principio: “Comprender es siempre adentrarse dando tumbos en el malentendido” (1962-63, p. 90).

Cuando empatizamos no escuchamos sino el eco de nuestros propios embrollos, ahora imputados a un tercero, quien así se perpetúa como enigma.

Ahora bien, ¿cuál es el potencial malentendido aquí? Como suele suceder, detrás de las buenas intenciones se esconden los espejismos de siempre. En esencia, la clave con la cual pretendemos descifrar la coyuntura que atraviesan los otros es autoreferencial. Aquí la empatía es una forma entre otras de aplastar la singularidad del otro bajo el peso de las propias conjeturas. Por más que en este caso un terapeuta crea dirigir su acción desde ideales nobles, no hace más que dejarse orientar por su propia subjetividad, lo advierta o no, obturando así el recurso a la palabra en quien está elaborando su propia pérdida.

Dicho en otras palabras, no sabemos qué perdió un sujeto en la persona que perdió, ni qué función desempeñaba para él aquel lazo amoroso. Asumir nuestra ignorancia supone en este contexto una decisión ética. Precisamente, es a partir de esa ignorancia necesaria que podremos ceder la palabra a quien precise hacer uso de ella.

Cuando empatizamos no escuchamos sino el eco de nuestros propios embrollos, ahora imputados a un tercero, quien así se perpetúa como enigma. En su enunciación mínima, cuando empatizamos no escuchamos.