El denominado mausoleo de los milagros está en el cementerio municipal de la ciudad de Santa Fe. A pesar de los años, lejos de extinguirse su popularidad crece y sigue sumando adeptos. Ahora, desde Aire Digital fuimos más allá y entrevistamos a uno de sus descendientes.
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El tono del teléfono altera mi paciencia. Tengo un nombre y un número que podría acercarme a develar la historia de Rafael Mansilla. Parece que hay un supuesto familiar que podría tener interés en compartir lo que sabe. ¿Tendrá fotos? ¿Habrá sido su abuelo? ¿Por qué no tiene el apellido Mansilla? ¿Sabrá qué hizo Rafael en su vida? Todas esas preguntas tejen la previa a la conversación. Hasta que ese tono del teléfono se interrumpe y sin titubeos me dicen: “Hola”.

La explicación sobre lo que busco dura un par de minutos. Del otro lado no recibo mucho entusiasmo sobre lo que consulto. Sólo un par de frases que me alejan de todas las preguntas que hasta a ese momento estaban en mi mente. La comunicación telefónica es breve y por eso propongo un encuentro personal. Con miedo se lo digo y, creo que con miedo también, me dice que sí. Pero con una condición: que no revele su identidad porque no quiere tener una “pasarela” enfrente de su casa “preguntando por Rafael”.
La condición es entendida y aceptada. Y el encuentro se define sin mucho conflicto. Aunque adelantó algo de lo que sabe por teléfono, la conversación personal promete arribar a algún puerto de verdades.
Otra vez es sábado, y otra vez hace calor. Si al cementerio municipal de la ciudad de Santa Fe fui atenta, a la casa del presunto familiar de Rafael Mansilla voy totalmente dispuesta a conocer lo que tiene para decir. Y sobre todo, completamente segura de que alguna respuesta, aunque no sea la que quiera, voy a encontrar.
Trato de ser puntual porque entiendo que a la gente mayor le gusta que así sea. Espero unos minutos en la puerta de su casa hasta que el celular me indica que son las 6 en punto. Ahí toco timbre y enseguida me responde. Es la misma voz del teléfono que me indica que ya sale.
La conversación comienza en torno a los conocidos en común, a mi vida y a la suya. Se da un diálogo que no pareciera el primero y que permite acercar edades diferentes. Hasta que en un momento pone las palmas de su mano sobre la mesa y menciona “el otro tema”. Desde su lugar me dice que desconoce cuánto podría ayudarme con lo que tiene para decirme.
—Él era el tío abuelo de mi abuela— dice mientras tomo un papel y dibujo una especie de árbol genealógico. El hecho de hablar de tíos abuelos y de bisabuelos suele confundirme y opto por dejar sentado cuál es la relación que este familiar tiene con Rafael Mansilla.
—Mi abuela era de apellido Mansilla y Rafael vendría a ser el hermano de su abuelo— continúa —Ella murió a los 24 años. Dejó a mi mamá de un año y a mi tía de dos. Ellas nunca tuvieron contacto con toda la familia Mansilla ya que fueron criadas por unas tías de la parte paterna.
El título de la propiedad del panteón quedó en las manos de estas dos hermanas que perdieron a su mamá cuando eran casi bebés. Sin embargo la propiedad fue donada a la municipalidad hace unos años.
—Siete años tardaron en aceptarnos la donación. Para mi familia era complejo tener el título porque nunca habían visto a Rafael Mansilla. Entonces decidimos donarlo a la Municipalidad para que sea de todos los santafesinos.
Este familiar dice con sus palabras no saber nada. Pero a medida que habla otorga información que permite, al menos, conocer algo más acerca de esta historia.
Al observar la fachada del mausoleo se observan miles de placas de todos los tamaños y de todas las épocas. Al hacer un poco más minuciosa la observación se percibe que las más antiguas datan de los 60. Y es justamente en esa época cuando, según los dichos de este familiar, estalló el fervor por Rafael Mansilla.
—Hará 50 o 60 años atrás que empezó a haber más fervor por parte de la gente. En un tiempo había dos o tres placas, algunas flores. Pero de pronto fue como un estallido. Se llenó la fachada de placas, de imágenes de santos, de crucifijos. Nosotros no sabíamos bien qué hacer porque nunca supimos nada de él.
Sin embargo, el panteón no estuvo siempre como está ahora. Antes estaba abierto y había un crucifijo de madera al cual la gente se acercaba. Al ingresar se veía una especie de altar en la parte de atrás y sobre los laterales se veían tres hileras de nichos. Esa cruz fue retirada por los familiares porque la gente la estaba rompiendo para llevarse un fragmento, como si fuera una reliquia.
—Me acuerdo que los fieles de Mansilla tiraban joyas y pertenencias de valor. Mi mamá y mi tía se las entregaban a las autoridades del cementerio porque le daba cosa que estén ahí. Pero no sabemos qué hicieron con eso en el cementerio.
La versiones en torno a su vida son varias: que era médico, que atendía gratis a la gente, que tenía un hermano y que él era el popular, que era muy buena persona y muy querido. Son descripciones en torno a su nombre que intentan dar sentido a la fe de muchísimos santafesinos. Sin embargo, este familiar guarda consigo versiones diferentes. Incluso se sorprende de las que circulan.
—Hace unos años atrás una historiadora de Santa Fe estaba investigando su historia. No sé cómo fue que hizo pero dicen que investigó bastante. Las únicas cosas que yo sé, tienen que ver con lo que ella investigó porque del lado familiar nunca supimos nada. En primer lugar, Rafael era procurador de la justicia, no era médico. Y en segundo lugar, y quizás esto sea lo más difícil de entender, sus restos no están enterrados en Santa Fe. La historiadora me dijo que estarían en Buenos Aires–
Sus dichos terminan siendo la antesala de un silencio desconcertador. Es como si las preguntas que me hacía al comienzo cayeran en un bolsillo roto. No hay fotos, Rafael no es su abuelo y, realmente, sabe muy poco sobre su vida.
—Los restos de Rafael no están ahí– dijo interrumpiendo ese silencio –Cuando estaba abierta la puerta se veía claramente que ahí no había restos de personas. Rafael Mansilla sólo lo hizo construir, pero no hay restos en ese lugar– aseguró largando una versión más en torno a este mito.
Sólo sabía dos cosas: que era procurador y que sus restos no estaban en el mausoleo de los milagros. ¿Entonces? El familiar sigue hablando y yo decido seguir escuchando. Pero no tanto a sus palabras sino más bien a su rostro. Me pierdo en lo que dice con las palabras y me detengo en lo que dicen su mirada, sus manos, sus cejas. Claramente, ser descendiente de Rafael Mansilla trajo algunos inconvenientes a su vida. No por la devoción que hay a su alrededor, sino más bien por las preguntas que no puede responder.
—A veces uno intenta saber un poco más sobre esta historia. Pero no tiene a quién preguntarle. Mi abuela murió muy joven y la historia se fue extinguiendo.
Más allá de sus dudas y de cómo esta historia acompañó a este familiar durante toda su vida, hay algo que es real.
—Yo creo mucho en Dios y tengo fe. No sé si es este tal Rafael Mansilla el que otorga favores. Sí sé que si la gente cree tanto es porque algún asidero hay. Esto ya no es arbitrario, sino que es muy popular y despierta mucho fervor. La fe mueve montañas, y algo trascendental en esto tiene que haber.
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La historia de Rafael Mansilla sigue generando preguntas. Pero hay algunas certezas. Más allá de que sus restos no estén, según este familiar, en el denominado panteón de los milagros su nombre cumple favores y concede gracias. Esta historia sigue guardando capítulos que se publicarán próximamente en Aire Digital.
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