martes 25 de enero de 2022
Sociedad Identidad |

Por qué es necesario "mirar nuestras identidades en plural"

Marisa Herrera, jurista, investigadora y docente de Derecho conversó con AIRE sobre el cambio de paradigma que implicó el Código Civil y Comercial en cuanto al derecho –y el deber– al nombre de las personas.

La consulta le llegó en la primera semana de enero, y Marisa Herrera, con su amabilidad habitual, respondió: “Cuando llegue de la playa, te respondo”. Por escrito, las respuestas de la doctora en derecho, docente de las Universidades de Buenos Aires y de Avellaneda, investigadora del CONICET y una de las juristas que redactó el Código Civil y Comercial vigente. La perspectiva de derechos humanos y la incorporación en la mirada jurídica de realidades familiares que exceden la familia “tradicional”, son algunas de las ideas que desgrana en sus respuestas sobre el derecho al nombre.

—Hasta hace un tiempo, se consideraba socialmente que el nombre y apellido eran inmodificables, y que cada persona debía “hacerse cargo” del nombre que tenía. ¿Qué cambió en el Código Civil y Comercial actual?

—La ley del nombre (18.248) que deroga el Código Civil y Comercial vigente desde el 1ro de agosto del 2015, fue sancionada durante el gobierno de facto de Onganía, por lo tanto, fácilmente se puede comprender la rigidez que la caracterizaba cuyo principio era la inmutabilidad del nombre (en sentido amplio, tanto el nombre de pila o prenombre como el apellido) y la excepción –muy restrictiva– de poder lograr su modificación o cambio.

Precisamente, el Código Civil y Comercial atravesado por los derechos humanos tal surge de sus dos primeros artículos al expresar que su interpretación debe ser coherente o en consonancia con ellos, introduce modificaciones sustanciales en una gran cantidad de instituciones civiles, entre ellas, el nombre de las personas. De manera sintética, invierte la lógica por lo cual, se sale de esa mirada rígida y pétrea fundada en la inmutabilidad del nombre y se lo flexibiliza a la luz de dos ideas centrales: 1) el nombre (en especial, el apellido) de las personas como atributo dinámico de la identidad y 2) la autonomía y libertad en la construcción del nombre; es decir, que el apellido de las personas también puede sufrir cambios a la luz de historias de vida signadas por violencias en sentido amplio, es decir, no solo situaciones de violencias extremas como son los casos de abuso sexual intrafamiliar, sino también de otras situaciones de violencia, abandonos, incumplimientos de los deberes de cuidado por parte de los progenitores o principales referentes afectivos de niños, niñas y adolescentes.

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—Al considerar que la identidad es dinámica y cultural, ¿se abre la puerta para que una persona pueda cambiar más de una vez en su vida de nombre y/o de apellido?

—Exacto, desde una perspectiva clásica, se consideraba que la filiación (es decir, el vínculo que se crea entre progenitores e hijos/as) era permanente e inmutable. Lo cierto es que ello no siempre es así, de hecho, existen historias de adopción, padres que abusan de sus hijos, que se desentienden de ellos, etc.

Estas situaciones negativas en la vida de los/as hijos/as generaba la posibilidad de que estos queden a cargo de otros adultos responsables y, en aquellos casos más gravosas, que se inserten en otras familias a través de la figura de la adopción. Ahora bien, es sabido que Argentina por su triste y negra historia vivida durante la última dictadura militar, el derecho a la identidad ha sido pasible de un profundo estudio, dando lugar a voces doctrinarias, jurisprudenciales y legales (de ahí los cambios en el Código Civil y Comercial) en el que se analiza de manera compleja diferentes aristas de la identidad.

No solo lo relativo a la filiación, sino también el derecho a conocer los orígenes (no solo en la adopción, sino también en los hijos nacidos de reproducción asistida e incluso aquellos inscriptos como propio de terceros), el derecho al nombre, el derecho a estar inscripto, entre otras facetas que emanan del derecho humano a la identidad.

En esta lógica de mayor profundidad, se observa que en ciertas circunstancias el apellido de una persona no refleja lo que esa persona se identifica en términos identitarios, de allí que se han planteado pedidos de cambio de nombre (apellido) sin que ello comprometa la cuestión filial. En otras palabras, no siempre lo filial va atado al apellido de las personas.

Por ejemplo, a todo niño que era reconocido por un señor cuando éste era ya adolescente, automáticamente se le modificaba el apellido que portaba hasta ese momento, que era el de la madre con quien tenía único vínculo filial, y pasaba a portar el apellido paterno. Tal situación era observada por la doctrina como violatorio al respecto por el derecho a la identidad no solo en su faz estática, sino también dinámica, porque bajo ese apellido materno el hijo ya había forjado su identidad.

Es por ello que el Código Civil y Comercial introduce modificaciones al respecto al permitir que el o la adolescente sea protagonista de su propia identidad y decida si pretende mantener su apellido portado hasta ese momento y adicionarse el apellido paterno, o mantener solo el materno o, incluso, colocar en primer lugar el paterno y después el materno, es decir, el apellido y el orden con el que se sienta más cómodo en términos identitarios. Con este ejemplo, se puede advertir cómo el Código Civil y Comercial respeta la identidad siempre que esta sea decida por la propia persona.

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Marisa Herrera es jurista, doctora en Derecho y profesora universitaria. Participó en la redacción del nuevo Código Civil y Comercial de Argentina, sancionado en 2015.

Marisa Herrera es jurista, doctora en Derecho y profesora universitaria. Participó en la redacción del nuevo Código Civil y Comercial de Argentina, sancionado en 2015.

—La ley habla de la posibilidad de cambiar el nombre cuando haya “justos motivos”. ¿Cuáles pueden considerarse como justos motivos? ¿Queda solo a consideración de le juez/a que intervenga? ¿Se requieren pericias psicológicas o psiquiátricas que lo avalen?

—La ley del nombre derogada también aludía a la noción de justos motivos, el problema era la interpretación absolutamente restrictiva que rodeaba a la vieja legislación. En sentido inverso, el Código Civil y Comercial mantiene esa denominación, pero desde una perspectiva más humana, flexible y amplia. Es decir, en cada proceso judicial se debe analizar las razones para solicitar el cambio y contextualizar según la historia de vida, la autonomía y libertad de la persona en esa idea del lugar central que tiene la persona en la construcción dinámica de su identidad en el que el apellido ostenta un rol central.

El término “justos motivos” constituye un concepto jurídico indeterminado como se lo denomina, lo cual abre el juego a la discrecionalidad judicial (por eso mismo, es tan importante la formación y selección de los y las magistradas, máxime en sistemas cuasi vitalicios en el que estos no rinden cuentas ni se someten a exámenes periódicos); ahora bien, también este tipo de conceptos amplios permiten que diferentes razones puedan ser consideradas hábiles para procederse a ordenar el cambio de apellido. Es por ello que haber pasado de un sistema rígido a uno flexible auspiciado por los derechos humanos –en este caso, el derecho a la identidad en alianza con la autonomía y libertad– es importante para que los/as magistrados/as estén a la altura de este cambio en la concepción sobre el nombre de las personas. De este modo, la “humanización” del derecho en general, se cuela -en buena hora- con mayor o menor fuerza en todas las instituciones jurídicas y el nombre de las personas no ha estado ajeno a este cambio sustancial.

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—Muchas personas identifican esta posibilidad del cambio de nombre únicamente con la ley de identidad de género. ¿Cuánto influyó esa legislación en la concepción social de identidad?

—El cambio de nombre (en este caso, de nombre de pila) constituye un elemento central en la ley de identidad de género, pero la identidad como concepto y derecho humano es mucho más amplia que la identidad de género. Es claro que todo avance en la ampliación de derechos repercute de manera directa e indirecta en otras facetas de la identidad, incluso, lo profundiza. Solo cabe recordar un fallo más o menos reciente de un tribunal de familia de Río Gallegos de diciembre del 2021, que tuvo repercusión mediática, de un adolescente que quiere cambiar su nombre de pila, pero NO su identidad de género; es decir se amplía el debate al separar el cambio de nombre de pila del cambio de identidad de género, como también se permite que uno pueda cambiarse el apellido sin que ello signifique modificar la filiación de una persona.

En otras palabras, hoy puedo solicitar no portar más el apellido de mi padre y ello no quiere decir que jurídicamente no siga siendo mi progenitor, son dos facetas diferentes de la identidad. Esto demuestra la profundidad de los debates que se vienen dando en el derecho argentino al hacer colocado en el centro de la escena a los derechos humanos y, junto a ello, al habernos animado a dar debates legislativos de ampliación de derechos en el que la identidad ha tenido y tiene un peso fuerte.

—¿Por qué es importante que exista una legislación (y su aplicación por parte de los jueces) que respete la decisión íntima y personal sobre la identidad?

—Porque es una condición básica y mínima que la legislación se anime a mirarnos en nuestras identidades en plural; que nos respete en nuestras diferencias, que nos permita poder ser protagonistas y decidir sobre nuestras identidades, y que se anime a historias de vida cada vez más complejas y diferentes en sociedades en constante movimiento. Justamente, se trata de dimensionar lo que ha significado para nuestro país los debates profundos que se han generado en atención al derecho a la identidad en su máxima expresión, es decir, en clave “incómoda” y “rupturista”, que se anima a salirse del statu quo, de esa “familia Ingalls”, heterosexual, blanca, clase media, con hijos/as biológicos como si hubiera una familia “modelo” y “normal. En definitiva, el régimen jurídico en materia del nombre era obvio que tenía que verse interpelado desde esta perspectiva menos “romántica” (¿boba?) y absolutamente, más “humana”.

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