sábado 27 de noviembre de 2021
Sociedad Maternidad |

La maternidad sin tregua: historias de mujeres que crían solas a sus hijos

En la Argentina, más del 80 por ciento de hogares con una sola persona adulta está a cargo de mujeres. Están más expuestas a la pobreza, la informalidad y la desocupación, y tienen a su cargo todas las tareas de cuidado. Cuál es la visión social que permite que los padres no asuman, en muchos casos, ni siquiera la obligación económica. 

Bernarda es mamá de un nene de diez años y una niña de ocho. Cuando la más chica tenía un año, Bernarda se separó. “Dice papá que si no tuviera que pasarte la plata a vos, podría haber construido su casa arriba de la de la abuela”, le contó el nene hace poco tiempo. Berni le tuvo que explicar que el dinero de la cuota alimentaria no es para ella, sino para solventar los gastos de la crianza. De hecho, le alcanza para pagar la niñera y poco más.

Durante la semana, Bernarda trabaja full time, y se hace cargo de la crianza cotidiana. Fin de semana por medio, es el padre quien se queda con los chicos. “Cada 15 días dormían con él, y una vez a la semana, el día que tiene franco. Como tiene horarios rotativos, entonces no podía garantizar llevarlos a la escuela, pero yo también trabajo, y ¿cómo hago? Pago la niñera, hago malabares. Entonces, sumamos un día más a la semana, por la tarde, pero siendo desigual. Económicamente aporta lo que acordamos a través de abogados, pero todo lo que implica la crianza, todos los cuidados, los hago yo”, cuenta Berni. La pandemia implicó, además, que sus hijos estuvieran 45 días seguidos con ella, y el padre los contactara por videollamadas.

No se trata de Bernarda, en la Argentina, “los hogares con niñas, niños y adolescentes a cargo de una mujer (monomarentales) han sido los más afectados por la doble crisis: la económica y la crisis de los cuidados”, dice el informe “Desafíos de las políticas públicas frente a la crisis de los cuidados: el impacto de la pandemia en hogares con niñas, niños y adolescentes a cargo de mujeres”, elaborado en conjunto entre el gobierno nacional y Conicet, publicado en mayo de 2021.

Según este documento público, la mayoría de las personas a cargo de hogares con una sola persona adulta (llamados monoparentales hasta hace poco tiempo) son mujeres. “Si se ciñe al total de jefes/as de hogares monoparentales/monomarentales de entre 25 y 59 años se observa que el 83,5% son mujeres (este porcentaje asciende al 88,3% en pandemia). De ellas, el 44% eran asalariadas informales antes de la pandemia”, dice el trabajo estadístico.

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La cuarentena impuesta ante la pandemia de coronavirus implicó que las madres estuvieran aún más tiempo al cuidado exclusivo de sus hijos, lo que les quitó posibilidades de generar recursos monetarios.

La cuarentena impuesta ante la pandemia de coronavirus implicó que las madres estuvieran aún más tiempo al cuidado exclusivo de sus hijos, lo que les quitó posibilidades de generar recursos monetarios.

Cuidar, ocuparse de las tareas escolares, de conseguir el dinero para la alimentación, aunque el padre se atrase o directamente no envíe la cuota alimentaria, comprar la ropa, llevar al médico (o a la médica), hacerse cargo de dejar a los niños con otra persona cuando trabaja o tiene otras actividades, son todas tareas que asumen estas mujeres. Y eso también va en detrimento de su capacidad de ganar dinero con trabajos pagos. “En los hogares monomarentales la pobreza alcanzó al 59% de los hogares y al 68,3% de los niños, niñas y adolescentes en el mismo período”, dice el mismo informe, elaborado por Unicef en base a los datos de la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC.

Al mismo tiempo, “la recuperación de las mujeres es más lenta. Aquellas que están a cargo de hogares con niños, niñas y adolescentes son quienes enfrentan los mayores obstáculos para reincorporarse a la vida laboral y mantener sus puestos o buscar un nuevo empleo”. El informe plantea que “ambos fenómenos se retroalimentan: menos mujeres en el mercado laboral significa menos ingresos en los hogares, más pobreza y, por ende, más pobreza entre niñas, niños y adolescentes. Además, menos espacios de cuidado y falta de acceso a la educación implican mayores desigualdades en el futuro acceso al trabajo y, por ende, también mayor pobreza”.

En esos contextos, la cuota alimentaria no es una opción, sino que debería ser una obligación.

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Cuidar, ocuparse de las tareas escolares, concurrir a las consultas médicas, son todas tareas que asumen estas mujeres. Y eso también va en detrimento de su capacidad de ganar dinero con trabajos pagos.

Cuidar, ocuparse de las tareas escolares, concurrir a las consultas médicas, son todas tareas que asumen estas mujeres. Y eso también va en detrimento de su capacidad de ganar dinero con trabajos pagos.

Y sin embargo, los relatos de mujeres que no la reciben se multiplican. Paola Urquizo comenzó a compartir en su cuenta de Instagram algunas ideas respecto de la corresponsabilidad. Así nació el grupo Familias Monomarentales. Paola es docente de nivel inicial y psicóloga infanto-juvenil. “Solo la minoría –al menos de las que se contactan conmigo– tiene la posibilidad de tener un régimen de comunicación y cuidados compartidos equitativo. Lo que sucede generalmente es que el padre está únicamente el fin de semana, cuando su trabajo se lo permite”, cuenta.

Quienes le escribían “tenían que ver con ese agobio de venir de años de criar solas, aún quienes habían conseguido una cuota alimentaria mínima, que quizás le quitaba un poquito de presión, pero seguía el agobio del exceso de trabajo y cuidados, porque no hay cuota alimentaria que pueda compensar una tarea que realiza una mujer que está sola al cuidado de hijas e hijos todos los días, sobre todo de lunes a viernes”.

Así fue que Paola pudo ponerlo en términos de violencia económica, una figura que está contemplada en la ley 26.485 para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres, llamada también de protección integral. “El dinero es utilizado como la última herramienta que tienen para controlar la situación, aun los que cumplen con la cuota alimentaria, siempre es insuficiente y eso deja la mayor carga económica sobre las mujeres”, dice.

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Para Paola, no se trata solo de leyes, sino sobre todo de una concepción social. “Si un progenitor desaparece y no ve más a su hijo, no hay un registro social sobre qué pasó con ese hombre. Los mandatos sociales son sobre la maternidad, la mujer tiene que ser abnegada y ocuparse de todo”, conceptualiza.

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La demanda judicial por alimentos es el único camino. “Lo que pasa es que, tras las demandas, muchos se enojan, y plantean ‘cómo me vas a demandar’. Lo toman como una afrenta, cuando recurrir a la Justicia con una demanda de alimentos es poner cierto orden, cierto resguardo para las mujeres”.

Para Paola “hay que empezar a hablar, a visibilizarlo. No se puede normalizar que en la Argentina haya hombres que abandonan así nomás a sus hijos. En un principio, yo estaba más preocupada por el abandono psicológico, pero eso no se resuelve en Tribunales y requiere un trabajo más profundo, cultural, a través de la Educación Sexual Integral. El abandono económico es urgente y básico, porque para vivir se necesita dinero”.

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Una vez que armó Familias Monomarentales, escuchó las demandas y acompañó procesos, a Paola le empezaron a llegar mensajes de agradecimiento. “Y yo pensaba que no hicimos tanto, pero el solo hecho de encontrar un lugar para hablar de estas cosas, también te sirve para pensar que no es que no servís como mamá, como profesional, como mujer, porque llegás a las 12 de la noche y no podés más de la vida. Eso es porque estás pasando por una situación de un estrés tal que no es solamente propia de la vida urbana que tenemos todos, se suma el contexto de violencia en el que estas mujeres están desplegando su maternidad, solas al cuidado de sus hijos”.

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