Hace días que Julián (8) y Lulú (6) mandan avioncitos con mensajes desde su patio al de los vecinos y reciben otros avioncitos escritos como respuesta. Viven en una casa muy cerca del Parque Independencia, en Rosario. A poco de iniciada la cuarentena, los nenes comenzaron a escuchar ruidos infantiles en el patio de la vivienda vecina, propiedad de una pareja mayor. Descubrieron entonces que sus nietos habían quedado allí cuando se decretó el aislamiento obligatorio. Los chicos se habían visto por única vez hace casi dos años, porque los nietos no viven en la ciudad. Pero en tiempos de aislamiento obligatorio, las amistades nacen fácilmente. Una pared separa ambos patios: los chicos se escuchan pero no se ven.
“Les dije que escribieran algo en los avioncitos, que les preguntaran cómo estaban, qué colores les gustaban, a qué escuela iban, qué estaban haciendo”, cuenta Alicia, mamá de Julián y Lulú. Así se fueron contando sus vidas. La última tanda de avioncitos hasta fue con pulseritas de regalo. Del otro lado, responden con ganas y hacen más avioncitos para devolver gentilezas. “Hoy Juli les preguntó si querían jugar a la pelota. Así que estuvieron un rato con la pelota va y viene, pared de por medio, sin verse”, subraya.
Estar fuera sin abandonar la casa es una misión casi imposible. Por estos días, cotizan alto los comodines en este juego: jardines, patios, balcones y terrazas. Los habitantes de departamentos envidian a los que viven en casas porque disfrutan de espacios abiertos, pero a su vez los que viven en casas lamentan no poder tener vista a la calle o mirarles las caras a los vecinos en los balcones. En tiempos de excepción, cada uno hace lo que puede y, por supuesto, se envidia al resto.
Abril tiene 17 años y vive en una casa en la zona noroeste de Rosario. “Estos días pudimos disfrutar mucho en el patio los 4 juntos (mis papás, mi hermano y yo). Pero con el mundo exterior mucho contacto no tenemos. Al vivir en una casa y en un barrio hasta ahora no escuchamos ni un aplauso”, lamenta. Carolina, madre de dos adolescentes, vive en el segundo piso de un edificio céntrico y espera ansiosa la cita de las 21: aplaudir para reconocer el trabajo del personal de salud en esta crisis. “Yo salgo todas las noches. Bueno, salgo al balcón a aplaudir. En ese horario charlo con mis vecinos de al lado, una pareja de adultos mayores. Ayer se incorporó a la charla la vecina de arriba, también una mujer grande que vive sola, no la podía ver pero nos escuchábamos”, cuenta. En ese edificio decidieron hacer compras comunitarias. Carolina se hizo una escapada al súper apenas comenzó la cuarentena: además de reabastecer su alacena compró para otros dos departamentos.
En un balcón, el cantante, bandoneonista y compositor Leonel Capitano canta “Nessum dorma”, el aria de la ópera Turandot que habla de no perder la esperanza. No solo emociona y arranca aplausos en sus vecinos de la zona de Avellaneda y Zeballos, hasta una camioneta de policía enciende su sirena para celebrar el improvisado concierto. La escena quedó registrada en un video, subido por su hermana a Twitter, se volvió viral y fue compartido hasta por el intendente de Rosario, Pablo Javkin.
En un patio a la altura de un primer piso, un joven hace gimnasia mientras intenta alejar a sus dos perros, que lo único que quieren es que juegue con ellos. En una terraza de un edificio de tres pisos, en la misma manzana de barrio Martin, una mamá juega a la escondida con su hijo: no hay muchos lugares para esconderse, pero el bajo nivel de dificultad del juego no evita que se diviertan. “Miro el mundo desde la ventana de mi pieza, que da contrafrente”, cuenta Lucía, quien convive con sus hijos menores en un departamento chiquito. Es ella quien describe las primeras dos situaciones. Ya tiene identificados a todos los vecinos con “espacios abiertos” y sus rutinas. “Es una especie de zapping obligado diario, ya sé quién lee un libro a la mañana, hace ejercicios al mediodía o sale a la tardecita a jugar. Aún a la distancia los siento cerca, son como una especie de familia, con algunos me saludo”, confiesa.
Débora vive sola en una casa de pasillo del barrio República de la Sexta. No, sola no. En realidad la acompaña su perra. Su ventana da al patio de una escuela, el Verbo Encarnado. Han cambiado muchos las cosas en tiempos de reclusión y suspensión de clases. “La siesta se ha vuelto patria”, ríe. No puede creer la paz que vive ahora: “Ya no me despierto cada día a las 7, como en la película El Día de la Marmota, solo que con Aurora”, canción que cantan los alumnos cuando izan la bandera.
En la manzana de Santa Fe y España, pleno microcentro rosarino, un DJ hace delirar a sus vecinos. En realidad, es un fanático que sacó los parlantes al patio y puso música a todo volumen, pero su selección de temas es bienvenida. Los vecinos bailan en sus balcones y se saludan a la distancia. “Nos saludamos con gente que nos cruzamos siempre en la calle pero antes no saludábamos”, remarca Virginia, quien vive en el centro de esa manzana ubicada en Santa Fe y España. El cierre de la primera improvisada fiesta vecinal llega de la mano de Charly y su elección no es casual. Un coro de voces se apropia del estribillo: “Estoy verde, no me dejan salir”.
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