Día de San Valentín: cómo es el amor en tiempos de descarte, entre el ideal romántico y la angustia
San Valentín expone la tensión entre el ideal romántico, el amor real y los vínculos frágiles de esta época. Apps de citas, mercado afectivo y cansancio femenino.
San Valentin: entre el ideal romántico y los vínculos frágiles de la era de las apps.
Flores, cenas románticas, bombones, postales con corazones, frases amorosas, corazones con flechas. La iconografía de San Valentín, el 14 de febrero que se propone como “la consagración del amor”, trae sus trampas. En esta época de Tinder, desencuentros y dificultades para sostener las parejas, la fecha funciona como el señalamiento de lo que debería ser y no es.
“San Valentín condensa una contradicción muy propia de nuestra época. La pareja sigue funcionando como ideal —como promesa de amor, reconocimiento y pertenencia—, pero al mismo tiempo se volvió una experiencia cada vez más difícil de sostener”, expresa Alaleh Nejafian, licenciada en Psicología, formada en orientación psicoanalítica vincular con adultos y parejas.
La profesional sostiene que “estas fechas no hacen más que volver visible esa tensión”.
¿Por qué? “Por un lado, proponen celebrar el amor; por otro, confrontan con aquello que falta, no se logra o no se parece al ideal que se muestra”.
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Alaleh Nejafian reflexiona sobre los vínculos y la angustia que genera San Valentín. Crédito: Alejandra López (Gentileza VR Editoras).
Ahora que el divorcio es una experiencia común, ahora que más de una cuarta parte de los hogares de la ciudad son unipersonales, ahora que es más fácil marcar el visto que comprometerse a una próxima llamada o encuentro, ahora que el ghosteo (desaparecer sin decir adiós) es cada vez más extendido, ¿cuántas personas pueden festejar San Valentín?
“Lejos de ser solo una fecha romántica, San Valentín suele producir angustia. Angustia por comparación, por quedar afuera, por no estar donde ‘se supone’ que habría que estar”, sostiene Nejafian.
El ideal que ya no organiza
“La fecha insiste en una forma de pareja que ya no organiza la vida afectiva como antes. Esa brecha —entre ideal y experiencia— es, muchas veces, la fuente de la angustia que estas fechas despiertan”, continúa.
—En su momento, la “marea feminista” puso en discusión el amor romántico. ¿Creés que eso permitió iniciar una deconstrucción del amor?
Tinder usaba el sistema Elo, a cada usuario se le asignaba un "puntaje de atractivo" basado en varios factores.
En esta época de Tinder, desencuentros y dificultades para sostener las parejas, la fecha funciona como el señalamiento de lo que debería ser y no es.
—Sí, y fue una intervención decisiva. El feminismo no cuestionó el amor en sí, sino la desigualdad naturalizada en su nombre. Separó amar de sacrificarse, deseo de aguantar, vínculo de sometimiento. Esa operación produjo una ruptura fundamental en el modo en que muchas mujeres comenzaron a pensarse dentro de los vínculos.
Claro que ese cuestionamiento está —todavía— en una frontera.
“El problema es que la caída del viejo ideal no trajo de inmediato nuevas formas estables de amar. Muchas mujeres dejaron de tolerar vínculos desiguales, pero del otro lado no siempre hubo una transformación equivalente: en muchos casos apareció el retiro afectivo, la dificultad para implicarse y una mayor evitación del compromiso”, sostiene Nejafian.
“La caída del amor romántico no produjo automáticamente vínculos más justos, sino un escenario más incierto, donde el costo emocional del lazo sigue estando desigualmente distribuido”, considera.
El mercado del amor
Autora del libro Por amor, por qué pasamos de soportarlo todo a no soportar nada, Nejafian tiene un podcast llamado Te lo voy a decir.
La preocupante advertencia que recibió una joven mientras estaba en una cita: "Corre, cuídate"
Una pareja requiere diálogo, consensos, ceder algo.
“La deconstrucción abrió una pregunta ética —cómo amar sin perderse ni someterse—, pero también dejó un vacío que hoy se traduce en vínculos frágiles, retiradas afectivas y acuerdos que muchas veces evitan el compromiso más que transformarlo”, es el diagnóstico de esta creadora.
“El cansancio femenino no proviene de ‘exigir demasiado’, sino de sostener durante demasiado tiempo vínculos donde la reciprocidad no termina de aparecer”, considera Nejafian.
—Cuando hablás del amor como “otro producto de consumo”, ¿implica un mercado del amor donde las personas tienen “valor de cambio”?
—Sí, y el impacto subjetivo es profundo. En un mercado afectivo regido por la lógica neoliberal, se elige, se compara y se descarta. Las personas pasan a evaluarse en términos de rendimiento emocional: cuán deseables son, cuánta validación ofrecen, cuánta disponibilidad muestran y cuánta incomodidad generan. Ese “valor de cambio” no es abstracto: produce ansiedad, sensación de reemplazabilidad y un miedo persistente a no ser suficiente.
La libertad se ejerce con otro
Nejafian sigue: "La lógica del mercado no solo organiza la elección amorosa, sino que instala una escena permanente de autoevaluación: gustar, no incomodar, no pedir demasiado, no quedar afuera. Cuando el amor se vive como evaluación constante, el deseo se empobrece y el vínculo se vuelve defensivo. El problema no es la libertad de elegir, sino la fragilidad del lazo cuando todo parece descartable".
Es que, en tiempos de apps de citas, terminar un vínculo parece tan fácil como deslizar el dedo hacia la izquierda.
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En San Valentín, todos son corazones perfectos.
“La libertad no puede reducirse a hacer lo que se quiere sin consecuencias: en los vínculos, la libertad siempre es situada, con el otro, no contra el otro. Cuando el amor se organiza como consumo, el otro deja de ser alguien con quien construir una historia y pasa a ser una opción más, un objeto de consumo, siempre reemplazable”, cree la especialista.
Amor sin jerarquías
— ¿Es posible habitar un amor menos jerárquico y más dialogado?
—Es posible, pero no sin costo. Un amor menos jerárquico no es más liviano; es más exigente. Supone renunciar a la ventaja, a la retirada silenciosa, a la comodidad de no hacerse cargo del efecto que uno produce en el otro.
Y todo en estos tiempos —también las exigencias laborales, la imposibilidad de parar, la necesidad de trabajar más para pagar las cuentas— conspira contra el encuentro amoroso.
“En una época que privilegia la autonomía entendida como autosuficiencia, amar de un modo más dialogado implica aceptar la interdependencia y la responsabilidad afectiva”, considera Nejafian.
Una ética del cuidado
Porque una pareja requiere diálogo, consensos, ceder algo. “Si hoy hablamos de acuerdos, la pregunta decisiva no es si existen acuerdos, sino quién paga el precio de esos acuerdos. Hablar de acuerdos sin interrogar la desigualdad desde la que se acuerda puede convertir la libertad en una forma sutil de desresponsabilización”, plantea.
Y asegura que “un amor más dialogado implica paridad, pero también aceptar que el otro no está para garantizar seguridad ni para sostenernos narcisísticamente. Amar sin jerarquías no es no depender de nadie; es poder depender sin quedar sometidos”.
Para la licenciada en Psicología, esa forma del amor “requiere una ética del cuidado y de la palabra que nuestra cultura todavía resiste”. Porque más que las palabras bonitas, los regalos preformateados y las fotos de dos copas de vino en redes sociales, el amor lo hacen el diálogo y el encuentro.