¿Cómo se define un trastorno de la conducta alimentaria (TCA)? ¿Por qué se piensa que sólo las personas extremadamente delgadas pueden sufrir anorexia nerviosa? ¿Cuáles son los indicios para considerar que una persona padece de esos trastornos? “No soy muy amiga de las etiquetas, y en salud mental se habla de cuestiones dinámicas”, plantea la nutricionista Brenda Vanney (actualmente cursando la maestría en Salud Mental), quien señala que existe “un concepto social errado, ya que un cuerpo gordo puede estar sano, y un cuerpo delgado puede estar enfermo”. Los prejuicios, en este ámbito también, parten de un modelo de salud pesocentrista.
Así fue que una periodista, Laura Di Marco, en un programa de televisión, Más Viviana, pudo decir que una mujer –Florencia Kirchner- sufría “anorexia nerviosa galopante” porque la veía flaca en una foto. Además, lo atribuyó a un factor: la falta materna. Hubo repudios de asociaciones científicas, profesionales, dirigentes políticos, organizaciones feministas. Pero sigue incólume lo que subyace: la idea de que sólo un cuerpo flaco puede tener anorexia, y de que la salud de una persona puede diagnosticarse en base al peso.
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Cuando se habla de estos trastornos, se tienen en cuenta las descripciones del Manual Diagnóstico y Estadístico de las Enfermedades Mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría (DSM-5). Allí se toman diferentes parámetros para distinguir anorexia nerviosa, bulimia nerviosa, por atracones, por rumiaciones, de evitación/restricción de la ingestión de alimentos y pica, entre otros. Para Vanney, la palabra clave es “multifactorial”.
“Los manuales siguen sirviendo para establecer criterios diagnósticos comunes, si bien yo trabajo en otra perspectiva para el tratamiento. Son un recorte fenomenológico”, considera la psicoanalista Ana María Urcelay, psicoanalista, especialista en trastornos de la alimentación del Centro de Salud Mental N° 3 Dr. Arturo Ameghino de la ciudad de Buenos Aires. Para ella, “es muy difícil y casi una imprudencia hablar de una causa en relación a un padecimiento subjetivo, un trastorno, un síntoma o todo un cuadro en relación a los padecimientos mentales. Uno no ve trastornos caminando en la calle, ve una persona a la que le pasa algo, en una configuración subjetiva especial, con una historia particular”.
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Argentina es el segundo país con más presencia de estos trastornos, con un 29% de la población afectada, de acuerdo con los únicos números disponibles, que pertenecen a un relevamiento internacional impulsado por Mervat Nasser, especialista en psiquiatría e investigación, del Instituto de Psiquiatría de Kings College, en Londres. Para Urcelay, es interesante relativizar estas estadísticas, porque puede haber subregistros en otros países, por ejemplo. Sí subraya que hay una “prevalencia muy grande”.
No se trata de padecimientos voluntarios. “Cada sujeto padece de lo que puede y no tanto de lo que quiere. Nadie elige su síntoma de una manera consciente”, considera Urcelay.
La restricción de la ingesta energética en relación a las necesidades corporales es una de las características de la anorexia nerviosa. Para Marina Leonardo, nutricionista de la ciudad de Rosario, está claro que la visión social sobre esta enfermedad está atravesada por prejuicios. Por eso, se centra en la anorexia llamada “atípica”. “Como la gente no te ve delgada, no imagina que podés tener anorexia y, sin embargo, se trata de uno de los trastornos más frecuentes que existen, aunque gran parte de la sociedad y los profesionales de la salud lo desconoce porque se da en personas con peso estándar o sobrepeso”.
Los riesgos, asegura Leonardo, son los mismos: desnutrición, problemas cardiovasculares, depresión, baja de la presión arterial, de la temperatura corporal y de la frecuencia cardíaca; amenorrea y también ideas de muerte. “No se puede decir, solamente al mirar a una persona, si tiene o no un trastorno de la alimentación”, subraya Leonardo.
¿Cuáles son las señales de alerta?
Las señales son: la distorsión de la imagen corporal (verse gorda cuando no lo está), la pérdida significativa de peso en poco tiempo, las restricciones alimentarias, tanto en cantidad, como en saltearse comidas o mostrarse inflexibles con comer solamente alimentos dietéticos, el miedo intenso a engordar y también, cuando una persona habla todo el tiempo de cuerpos y comidas.
Los TCA suelen aparecer durante la adolescencia y la juventud, entre los 12 y 25 años, aunque la Sociedad Argentina de Pediatría alertó que se ven trastornos alimentarios desde edades cada vez más tempranas. Esta sociedad científica relevó que 1 de cada 3 mujeres jóvenes padecen estos trastornos, y subrayaron un agravamiento en la pandemia.
Los modelos de belleza inalcanzable tienen una influencia en estos trastornos, por eso uno de los trabajos que se plantean como primordiales es desmontar esos estereotipos. “El temor a engordar es una cuestión relacionada con lo social y cultural, por eso hay que trabajar tanto en la prevención de los trastornos de la conducta alimentaria, porque hay un montón de estereotipos”, plantea Vanney.
También Urcelay destaca, como uno de los factores, las cuestiones culturales. “Hay una presión sobre lo que se considera belleza en la sociedad, y en los medios hegemónicos. Eso colabora, no es la única causa”, desarrolla.
Para Vanney, es un factor determinante. “Todos los trastornos vienen de la restricción, estas restricciones provienen del miedo a engordar”. Vanney que forma parte del grupo Salidas del Molde, de Santa Fe. Por eso, considera que “el atracón se da porque previamente hay una restricción. Hay cuestiones emocionales que van a desencadenar esta conducta”.
Lo que Vanney, como otras profesionales, destacan es que el abordaje no puede ser estandarizado. “Va a haber tantos tratamientos como individuos”, considera, para señalar que no sirven las estrategias terapéuticas basadas en las imposiciones. “Les dicen a los padres que controlen qué van a comer los hijos, que se aseguren de que no les mientan. Y también se asocia con el capricho, pero en realidad, es algo mucho más complejo”, plantea Vanney.
La influencia de los modelos de belleza inalcanzable
Desde su propia experiencia, hay una presión social que termina siendo nociva. “Constantemente, la sociedad celebra la delgadez. Desde el tratamiento, se va trabajando un montón y por ahí viene la tía y le dice estás más gorda, o al revés, le festejan que esté re flaca”, sigue. Lo que tiene claro es que “la alimentación es el síntoma, es la puntita del iceberg. No sirve de nada que se trabaje desde el control, si no se trabaja lo que está pasando en relación a ese síntoma”.
Urcelay plantea que tiene que ver con un momento histórico. “La sociedad capitalista de consumo occidental produce más presentaciones del padecimiento subjetivo ligado al consumo, estas patologías son llamadas del consumo, desde ciertas escuelas psicológicas, como también lo son las toxicomanías”.
Por todo eso, el abordaje tiene que ser integral. “Por lo menos debe estar un nutricionista formado en patologías del consumo y médico y/o psiquiatra en algunos momentos hay que hacer una evaluación rápida del riesgo de vida de la persona. Porque necesitamos que la vida esté asegurada, por eso la importancia del abordaje transdisciplinar”.
Para Urcelay, la voluntad es necesaria, pero no suficiente. “Se necesita la voluntad de hacer el tratamiento, de querer hablar de otra cosa que no sea su relación con la comida, de querer hablar de padecimientos subjetivos más difíciles, pero no depende de la voluntad. Hay muchas fuerzas antagónicas dentro del sujeto, hay personas que quieren estar mejor pero les resulta muy difícil o doloroso comer”, señala y destaca: “Algunos quieren estar bien pero les cuesta mucho, es un camino que les produce mucho padecimiento”.
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