Abusos en el rock: “El Otro Yo” del rock argentino
El viernes 12 de julio, Cristian Aldana fue condenado a 22 años de prisión bajo la carátula de “abuso sexual gravemente ultrajante en concurso ideal con corrupción de menores en cuatro oportunidades”, según resolvió el Tribunal Oral en lo Criminal n° 25. Desde el 23 de diciembre de 2016, el líder de El Otro Yo se encontraba en prisión preventiva en el Penal de Marcos Paz.
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Las denuncias de diez mujeres contra Aldana no fueron una excepción. En abril de dicho año, se había conocido la acusación contra José Miguel del Pópolo (La ola que quería ser chau) y, en los últimos tiempos, se fueron sumando escraches en redes sociales por las conductas de integrantes de bandas como Pez, Onda Vaga y Los Espíritus. Varias sensaciones inundaron el ambiente musical argentino. Estupor, bronca, dolor y desilusión, como relató la periodista de Anfibia, Julieta Greco, en diálogo con Peces en el Aire. En el artículo titulado “¿No vamos a poder ver a ninguna banda más?”, Greco, quien habla de la necesidad de “despatriarcalizar los vínculos”, se preguntaba: “¿estamos ante un corrimiento de los modos de idealizar a los artistas?”. Algo similar se escuchó en la charla que dieron Barbi Recanati y Gabriela Borrelli Azara en el marco del festival GRL PWR en Rosario. Allí, la cantante destacó la importancia de romper con la noción de ídolo (la consigna #KillYourIdols) y avanzar hacia otros modos de relación con el artista.

“¿Estoy humanizado? ¿O deshumanizado?”. Se preguntaba Cristian Aldana en uno de los himnos de El Otro Yo que logró representar a buena parte de una generación emergente. Los interrogantes, leídos con el tiempo, parecen acompañar la degradación que el cantante manifestaba en su forma de interactuar con las fans cuyo sueño era conocer a su ídolo. Los relatos de Ariell, Charlie y Felicitas hablan de “un femicida psicológico” que abusó de ellas siendo menores de edad, e incluso las contagió de enfermedades de transmisión sexual, y de un fuerte impacto en cada vínculo amoroso.
Cuando el video salió a la luz, algo comenzó a romperse. Además de denunciar situaciones de abuso por parte de Aldana, el sitio #YaNoNosCallamosMás se transformó en una usina que logró forjar el colectivo feminista para visibilizar y desmontar algo que, de tan naturalizado, parecía inquebrantable. La idea del camarín como lugar sin reglas, donde la piba que pasara debía asumir “lo que venga”, parece irse deconstruyendo en favor de una mirada más empática hacia la mujer y disidencias, respetuosa de cada decisión sobre su cuerpo y crítica de los comportamientos misóginos.

El rock nació como un movimiento caracterizado por una visión alternativa de la realidad, algo que se hizo presente en las obras cumbres del género musical. Con el tiempo, la cultura rock fue ampliándose, asimilando ideologías y conductas que poco tenían que ver con esos comienzos, muchas de ellas explícitamente machistas. La revolución feminista vino para poner en debate aquello que culturalmente aceptábamos o, al menos, no discutíamos. En ese sentido, hoy podemos decir que la escena está cambiando.
No sólo se percibe la preponderancia de rasgos como el federalismo, la autogestión y la independencia, también asistimos a un rock dicho por mujeres, que logra reconectar al movimiento con sus orígenes. Si en 1983, la voz de Celeste Carballo parecía desentonar con la época al expresar: “no soportan que una mujer / se ponga a cantar de frente / solita su alma con la guitarra”. En los tiempos que corren, no resulta raro escuchar canciones como “A la luz” (Barbi Recanati), “Autodefensa” (Las Ex) o “Violines” (Las Vin Up) que vinieron a actualizar algunos mensajes no escuchados décadas atrás.

Cristian Aldana representó, durante muchos años, buena parte del imaginario del rock: rebeldía y desenfreno en las letras, llevó adelante el sello “Besótico” y fue uno de los propulsores de la Unión de Músicos Independientes (UMI). Como contracara, supo cultivar su propio otro yo. Sin caer en la tentación de vincular el personaje construido por la obra con la persona, no deja de llamar la atención la fidelidad que guardan algunas canciones con las declaraciones de las tres denunciantes. En “No me importa morir”, se escucha: “Cuando no te acuerdes de nada, serás mía / Y estás bajo mi control / sólo yo puedo tocarte y puedo ahogarte / en el vértigo del sadismo”.
A la luz de la época y los cambios de paradigma gestados, estamos invitados a reflexionar preguntándonos, por ejemplo: ¿qué otros tipos de vínculos, más sanos, pueden habilitarse entre artista y público? ¿qué formas alternativas de ejercicio del poder somos capaces de gestionar para enfrentar la idea del ídolo? Para ello, debemos reconocer que el caso de Aldana no es la excepción, sino la muestra de un fenómeno complejo que fue engendrando el movimiento rock. Sin ir tan lejos, si viajamos a 1987, podemos ver por televisión una de las primeras denuncias de abusos en el rock: la situación de acoso que Alicia Barrios sufrió por parte de Pappo en el Luna Park. El reconocido guitarrista, quien no pudo ocultar una mezcla de vergüenza con orgullo machista, respondió: “Uno siempre tiene ganas de violar a gente tan linda como vos”. Un buen ejercicio sería preguntarnos cómo hubiéramos reaccionado en aquel momento y cómo lo haríamos ahora. Tal vez, antes nos hubiera generado una sonrisa cómplice. Hoy no.
Por Guillermo y Leonardo Pez



