Video: así fue el emocionante reencuentro del pez Gordo con su familia en Temaikén
Las imágenes muestran el momento en que Julio, Gladys y Joel volvieron a encontrarse con Gordo en Temaikén. El pez se acercó al vidrio y permaneció junto a ellos.
Julio, Gladys y Joel se reencontraron con Gordo en Temaikén, en una escena cargada de emoción detrás del vidrio.
Había una pregunta que acompañaba a la familia desde que el pez Gordo dejó Santa Fe: ¿volvería a reconocerlos?
Te podría interesar
La respuesta no puede darse desde la ciencia, porque en Temaikén explicaron que no está comprobado que un pez pueda reconocer a sus antiguos dueños a través de un vidrio y del agua. Pero lo que ocurrió cuando Julio, Gladys y Joel llegaron hasta el acuario fue, al menos, una escena difícil de olvidar.
Gordo estaba allí, en su nuevo hogar. Y cuando sus antiguos dueños se acercaron, comenzó a quedarse junto al vidrio que los separaba.
Las imágenes registradas por el equipo de AIRE muestran a Julio completamente emocionado, con una mano apoyada sobre el acrílico. Del otro lado, Gordo permanecía cerca, moviendo sus característicos bigotes y regresando una y otra vez hacia ese mismo lugar.
“Ese es mi bebé”, alcanzó a decir Julio, entre lágrimas, cuando logró identificarlo por una característica inconfundible: su particular bigote bífido, con forma de T, que lo diferencia de otros peces de su misma especie.
Gordo se acercó al vidrio y permaneció junto a ellos
La escena se volvió todavía más conmovedora cuando Gladys y Julio apoyaron sus manos sobre el vidrio. Gordo se quedó allí, prácticamente pegado al acrílico, mientras decenas de otros peces se movían alrededor.
En distintos momentos, el pez se alejaba, recorría unos metros del acuario y volvía a colocarse frente a ellos. Incluso hubo instantes en los que parecía seguir el movimiento de las manos del otro lado del vidrio.
“Esto es lo que yo quería, que él sea feliz en su hábitat”, expresó Julio, visiblemente emocionado.
Beba Córdoba, desde Temaikén, contó que antes de que llegara la familia había recorrido el acuario para encontrarlo. No lo había visto. Pero cuando Julio, Gladys y Joel llegaron, Gordo apareció en un sector cercano al vidrio y permaneció allí durante buena parte del encuentro.
“Estaba posicionado, exhibido como en una vidriera, mostrándose a sus dueños”, relató la periodista, todavía sorprendida por la escena.
Un pez que creció junto a una familia santafesina
Gordo llegó a la vida de la familia cuando era apenas un pez diminuto. Durante aproximadamente un año y medio creció hasta convertirse en un ejemplar enorme, de más de siete kilos, que ya no podía vivir en una pecera doméstica.
Joel recordó cómo, cuando era pequeño, Gordo se escondía dentro de una pequeña cueva con forma de calavera y salía para comer los pedacitos de pollo que le daban.
Pero justamente allí estuvo el gesto de amor más importante de la historia: Julio entendió que Gordo necesitaba otro espacio y decidió desprenderse de él para que pudiera vivir en un hábitat adecuado.
Hoy, aquel pequeño pez que llegó a una casa dentro de una bolsita vive en un enorme acuario de Temaikén, junto a otras especies y en un entorno preparado para sus necesidades.
“No se va de al lado del vidrio”
Durante el móvil, la familia permaneció frente al acuario y Gordo siguió acercándose. El encuentro se extendió durante casi media hora. “Es increíble”, repetían quienes presenciaban la escena.
Desde Temaikén aclararon que los peces no pueden escuchar a través del agua, el acrílico y el grosor del vidrio de la misma manera que lo haría un animal terrestre, y que tampoco se puede asegurar científicamente que Gordo haya reconocido a sus antiguos dueños.
Pero para Julio, Gladys y Joel, ese detalle científico quedó en un segundo plano. Ellos habían viajado para volver a verlo. Y Gordo, casualidad o no, terminó quedándose junto al vidrio frente a ellos.
La escena tuvo todos los ingredientes de una despedida y, al mismo tiempo, de un reencuentro: las manos de sus antiguos dueños de un lado, el enorme pez del otro y una historia que comenzó en una pequeña pecera de Santa Fe y terminó encontrando un nuevo hogar a cientos de kilómetros.
“Lo más importante de toda esta historia es que Julio se dio cuenta de que Gordo no podía estar en una pecera y que necesitaba un hábitat para él”, resumieron durante el móvil. Porque, más allá de la emoción del reencuentro, ese fue el verdadero acto de amor: dejarlo ir para que pudiera vivir mejor.
Y ahora Gordo tiene un nuevo hogar. Pero, por unos minutos, volvió a estar cara a cara con la familia que lo vio crecer.






