Una vida al servicio del prójimo desde la humildad del barrio

En nuestra ciudad hay muchas personas que entregan su tiempo al cuidado del otro. Lo hacen desinteresadamente, movidas por el deseo de ayudar y ser de utilidad. La siguiente nota trata de una mujer excepcional, hija del barrio Villa del Parque, como le gusta que la llamen.

Marcela nació en un ambiente familiar de mucho cariño donde siempre había lugar para uno más.

Marcela nació en un ambiente familiar de mucho cariño donde siempre había lugar para uno más.

Marcela Franco nació hace 56 años, detrás de la cancha de Unión, tierra amada por el Padre Catena quien siendo un joven capellán de las hermanas del Calvario, entra al barrio y se compromete tanto con su gente que se queda a vivir en él. De niña creció observando con amor y admiración a la hermana Teresita curar a los niños como enfermera y al padre quien; con un mameluco amarillo; limpiaba, cocinaba, agarraba la pala y luego daba la misa.

“Tuve una infancia muy feliz, no pasé hambre a pesar que mi único manjar era mate cocido con pan porque me saciaba. Crecí en un ambiente familiar de mucho cariño donde siempre había lugar para uno más”, relata con nostalgia.

Marcela daba catequesis en la parroquia y organizaba grupos misioneros de niños.

Marcela daba catequesis en la parroquia y organizaba grupos misioneros de niños.

Ya de niña Marcela era muy especial; a los 6 años hablaba con una amiga a la que llamaba Guada y que nadie veía. Por tal motivo la llevan a la Iglesia de Guadalupe y cuando ve la imagen del altar dice que no es su amiga porque no es morena. Se pone a llorar y al bajar del camarín observa la foto original de la virgen de México y exclama “ahí está mi amiga”. Hoy no la ve, pero la recuerda con mucho amor, siente su presencia en todo momento.

El día de su confirmación, a los 12 años, llegó a la iglesia e interiormente sintió un estruendo, como si se derrumbara un edificio. Al mirar el crucifijo, oyó que la llamaban por su nombre y le decían “sígueme”.

Marcela es requerida cuando hay alguna necesidad y trata de conseguir lo que le piden.

Marcela es requerida cuando hay alguna necesidad y trata de conseguir lo que le piden.

En aquel entonces no tenía biblia, ni se la habían leído y cuando le regalaron una, ya sabía lo que decía Jesús en ella. Las hermanas veían que poseía un don espiritual y deciden hacerle un test psicodiagnóstico para ver si se trataba de un delirio místico. El resultado dio que se encontraba en perfecto estado de salud.

Vivir para misionar

A partir de ese momento y siendo una pre adolescente comienza a dar catequesis en la parroquia y organiza su primer grupo misionero de niños. Luego fue por 15 años monja del Calvario.

"Estoy para las urgencias, a la hora que sea. Si puedo voy y si no, mando a otro en quien confío plenamente", dice Marcela.

Marcela relata que a los 32 años, un grupo de amigos que misionaban en África la invitan a ir con ellos. “Estaba preparando mi viaje cuando el Padre Rosso me comenta que en Villa Oculta, barrio ubicado en el extremo oeste de la ciudad, los niños deambulaban en un basural junto a desechos. Antes de viajar tan lejos debía colaborar con quien tenía alrededor. Así lo sentí y me instalé a vivir en una casa pequeña y muy precaria, como lo son la mayoría en la zona, que es donde vivo en la actualidad”.

Empezar de cero

“Al barrio le hacía falta de todo y nos pusimos en campaña. Necesitábamos una escuela, un centro de salud, huertas comunitarias, calles, luz y agua. El padre tenía su sistema de trabajo y sus contactos y empezamos a organizarnos con la gente. La idea era que entre todos construíamos una casa y cuando la terminábamos, ayudábamos a hacer otra”.

Comunitariamente se construyeron 15 viviendas y en el 2003, dos días antes de inaugurarlas, el río Salado se llevó todo.

A los 32 años, la mujer se instaló en Villa Oculta a vivir en una casa pequeña y muy precaria, como lo son la mayoría en la zona.

A los 32 años, la mujer se instaló en Villa Oculta a vivir en una casa pequeña y muy precaria, como lo son la mayoría en la zona.

“El barrio quedó desbastado pero acá viene la parte más linda. Tanto en la inundación, como en pandemia, floreció la semilla que el padre Catena sembró. Sus paladas, oraciones y retos estaban presentes. Nos reconstruirnos como él nos enseñó. Actualmente tenemos un diario llamado La voz de Villa del Parque que se hizo con él. Nos impulsa a hablar y hacernos escuchar”.

Artesana solidaria

Marcela es requerida cuando hay alguna necesidad y trata de conseguir lo que le piden: “Llamo a cada grupo comunitario por teléfono y pregunto que necesitan. La gente que colabora son personas que caminan por la calle o tienen un negocio. Lo mío es unir las dos puntas. Estoy para las urgencias, a la hora que sea. Si puedo voy y si no, mando a otro en quien confío plenamente. Cuando hace falta algo les digo tengan fe y las cosas llegan”.

“Soy el comodín de un mazo de cartas, quien habla con todos. Mi trabajo es itinerante. Soy un nosotros y aplaudo de pie a toda esta gente bella”.

Marcela dice que en el barrio hay gente solidaria que sabe organizarse, unirse y salir adelante.

Marcela dice que en el barrio hay gente solidaria que sabe organizarse, unirse y salir adelante.

El barrio tiene muchas necesidades pero también hay talento y alegría y ahí está ella con su energía desbordante. Son un semillero de artistas y gente solidaria que saben organizarse, unirse y salir adelante. Anualmente organizan un festival de Cumbia de tres días. Hay melódicos y raperos que crean sus melodías, “uno tira una letra, otro pinta, otro escribe y nace una obra”, comenta Marcela orgullosa.

Maestra de la vida

Marcela es docente en el hospital de niños oncológicos y les enseña entre otras cosas, a vivir plenamente y no malgastar su tiempo.

“El prójimo te hace mejor persona. Los enfermos nos dan la oportunidad de que los curemos con las pocas herramientas que tenemos. La estrategia la tengo en el corazón porque si no estuvieran todas estas personas donde tienen que estar, yo no me puedo mover. No me detengo, tengo una personalidad muy arrolladora y deben dejarme ser porque necesito canalizar toda la fuerza. Voy de paso ayudando a quien me necesita”.

"Mi trabajo es itinerante. Soy un nosotros y aplaudo de pie a toda esta gente bella", dice la mujer.

Además de todas sus actividades viaja a Corrientes para visitar y colaborar con la comunidad Quan ya que sus abuelos son de ahí. “Soy mezcla de españoles con pueblos originarios. A ellos les dije vengo por tres años, los preparo y no los abandono. Cualquiera hace un avioncito pero nadie te sostiene el vuelo. Yo te lo creo y te lo sostengo”, afirma con convicción.

Marcela duerme 4 horas profundamente y luego se organiza para hacer múltiples cosas. “Vivo de modo consciente. Esa fuerza que me acompaña algunos le dicen Dios, yo lo llamo amor. Esta labor que hago me aporta una riqueza invaluable por eso necesito muy poco de lo material. Lo que no hay lo inventamos. Nuestro lema es “nadie es tan pobre que no tenga algo para dar, ni tan rico que no tenga algo que recibir”. Todos tenemos tiempo y cosas”.

Y se despide con el siguiente mensaje: “En la vida estamos de paso, hay que disfrutarla plenamente, vivir el momento y dar gracias por todo, ese es el secreto”.

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