Superhéroe de la sanidad: el santafesino que prohibió la Coca-Cola en la provincia

Superhéroe de la sanidad: el santafesino que prohibió la Coca-Cola en la provincia

La historia de Jorge Braulio Mullor, el químico que no permitió la venta de la gaseosa Coca-Cola en territorio provincial por casi 20 años. Su prédica fue que si el Estado no conocía cómo estaba hecha, no debía ser consumida por la población. En un recóndito lugar del mundo un hombre le ponía un freno a una de las corporaciones más grandes del planeta.

POR AGUSTÍN VISSIO

–¿Cuál es la cosa más secreta del mundo? –le preguntó Martín a su abuelo.

En la mesa se encontraba una botella de etiqueta roja con letras blancas. Alrededor solo había restos de una comida abundante y algunas servilletas y la torre de hielos se iba derritiendo en los vasos mientras el calor santafesino los abrazaba. En las dos sillas que estaban ocupadas se encontraban haciendo la sobremesa el abuelo Pedro y su pequeño nieto, allí las charlas siempre eran de alto vuelo. La casa vacía y las agujas del reloj que no corrían a nadie, abrían el camino para que el fútbol y la historia de nuestro país mantengan al pequeño bien atento.

–La fórmula de la Coca-Cola – respondió entre risas el abuelo ante la pregunta de su nieto.

Pedro tomó la botella de la gaseosa que reposaba sobre el mantel colorido y la llevó consigo para leer la etiqueta.

–¿Sabías que hace muchos años hubo un superhéroe santafesino? Se abrazó a la bandera «invencible» de Santa Fe, se plantó y no dejó entrar la Coca-Cola a la provincia –relató el abuelo con tono épico.

El niño quedó tieso sobre su asiento y algo confundido, ¿cómo algo que era tan común en su época, el siglo XXI, había sido prohibido durante casi 20 años en la provincia? El abuelo buscó en un cajón una foto en blanco y negro y le señaló un rostro: Jorge Braulio Mullor. “El Batman de la sanidad santafesina”, le dijo a su nieto mientras sonreía. Lo había conocido dando clases en la UNL.

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Jorge Braulio Mullor levantó en 1948 una barrera para el ingreso de la multinacional Coca Cola a la provincia de Santa Fe.

Jorge Braulio Mullor levantó en 1948 una barrera para el ingreso de la multinacional Coca Cola a la provincia de Santa Fe.

Mullor hizo algo impensado por estos días, y por aquella época también: en 1948 prohibió la comercialización de la Coca-Cola en toda la provincia de Santa Fe, una de las bebidas más populares. Su argumento era que si el Estado no conocía cómo estaba hecha, no debía ser consumida por la población. En un recóndito lugar del mundo un hombre le ponía un freno a una de las corporaciones más grandes del planeta, una batalla que se sostuvo hasta 1967. El enfrentamiento fue tan desigual como épico: hubo intentos de sobornos, amenazas y golpes de Estado en el medio.

El rechazo no era caprichoso, sino que tenía que ver con que la bebida violaba las normas del código bromatológico provincial: no indicaba cómo era la fórmula, por lo que no se podía determinar qué riesgos representaba para la salud de la sociedad. La actitud de Mullor ante la empresa norteamericana tiene que ver con su historia.

Con los hielos ya derretidos y la temperatura rozando los 39°C, el abuelo hizo una pausa y fue al freezer por más “cubitos” mientras el ventilador Liliana giraba lentamente. En ese interín, le contó a su nieto que por aquellos años en los que la Coca-Cola no se vendía en Santa Fe, mucha gente se cruzaba a otras provincias para comprar.

–Desde nuestra ciudad había personas que se iban hacia Paraná en balsa, porque todavía no estaba construido el túnel ¡Recuerdo que varios amigos lo hacían! Lo mismo pasaba con localidades que estaban cerca de Córdoba o, yendo más hacia el norte, con Santiago del Estero.

–¿Y qué tomaban entonces? –intervino el nieto.

–Había varias, pero me acuerdo de la Bidú Cola –respondió Pedro con algo de nostalgia.

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Bidú Cola, la gaseosa argentina que le compitió a Coca-Cola.

Bidú Cola, la gaseosa argentina que le compitió a Coca-Cola.

Pero el legado de Mullor fue mucho más allá de la prohibición de una gaseosa, ese fue tal vez el hecho público más notorio. Pero en 1940 se creó el primer Instituto Bromatológico Provincial y él fue uno de los ideólogos. Luego de su apertura formal, fue designado como director. Tranquilamente, se lo puede considerar un adelantado, ya que el organismo santafesino fue previo, por ejemplo, al ministerio de Salud provincial o el organismo especializado de la ONU para la Alimentación y la Agricultura.

Por esa época empezó a pergeñar en su cabeza un Código Bromatológico, algo que no existía en Santa Fe. Mullor terminó realizando un texto legal para regular sanitariamente la producción, la venta, el traslado y el almacenamiento de alimentos. Se terminó haciendo realidad en 1941 y fue un hito para la historia del país, ya que se lo consideró como el precursor en esa materia y el primero entre todas las provincias. Desde la capital santafesina empezó a zambullirse en la historia grande. El código local fue tomado años más tarde como referencia a nivel nacional para la creación del Código Alimentario Argentino.

Pero el santafesino que había estudiado farmacia en el Industrial y realizó un doctorado en farmacia y bioquímica en la Universidad Nacional de Rosario no paró allí. Aún quedaban varios capítulos por recorrer y continuó en lo que fue el norte de su vida: la búsqueda del cuidado de la población y de la salud alimentaria. 1948 fue uno de los años más importantes en su carrera, ya que editó su libro “Por un alimento mejor”, obra que se utilizó en 1953 como una de las bases para el primer Reglamento Alimentario Argentino. Eso también se dio como consecuencia del reconocimiento que le hizo al texto el primer ministro de salud de la República Argentina, Ramón Carrillo, quien le envió una carta privada felicitándolo por su labor. Por esos momentos, empezó a “cercar” la provincia para que la multinacional Coca-Cola no entrara.

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Registro del día en que Abelardo Irigoyen Freyre (en el centro) puso en funciones a Jorge Mullor (a su izquierda).

Registro del día en que Abelardo Irigoyen Freyre (en el centro) puso en funciones a Jorge Mullor (a su izquierda).

Mullor venía con experiencia y sabía lo que eran las “batallas alimentarias”. Algunas décadas anteriores había formado parte de la Oficina Química Municipal. En aquella época no había regulación, ni control provincial o nacional, sino que todo dependía de las localidades. En el momento se desempeñó como inspector en la sección Control de Leche y se transformó en una molestia para la industria: fijó parámetros de control de calidad y venta y prohibió la venta de leche sin pasteurizar. A partir de esas decisiones, empezaron las primeras campañas en su contra.

Fueron pasando los años, pero su idea de seguir en el camino de evitar abusos y falsedades por parte de las empresas no cesó. Cuando se transformó en el primer presidente de la Confederación Farmacéutica Argentina denunció que había laboratorios que ofrecían dinero para qué médicos y médicas recetaran sus productos. Eso le valió el enojo de empresas y críticas internas.

Pero a finales de abril de 1956 la vida de Mullor iba a cambiar. Tras un llamado de teléfono decidió renunciar y dejar el cargo de director de bromatología. Del otro lado de la línea alguien le dijo que si seguía molestando a las empresas, uno de sus hijos iba a sufrir un accidente. Había soportado numerosos intentos de sobornos, incluso en la puerta de su propia casa, desprestigios mediáticos y hasta sobrevivió al golpe de Estado de 1955. Pero estaba claro que el límite era su familia.

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Publicidad de la época.

Publicidad de la época.

Más allá de su renuncia la prohibición de la famosa gaseosa siguió vigente. En los kioscos, supermercados y almacenes santafesinos no estaba permitida la venta de Coca Cola aunque poco a poco fue proliferando la venta ilegal. Como en toda “ley seca”, se habría un mercado de lo prohibido y desde las provincias linderas llegaba la gaseosa. Durante el gobierno de facto de Aramburu, en 1961, se le concedió la autonomía a Rosario y en la Cuna de la bandera se permitió la comercialización.

Mullor siguió la pelea por una mejor calidad en los alimentos, pero no volvió más al Instituto de Bromatología. Entre otras cosas, se dedicó a la docencia y también fue por poco tiempo rector de la Universidad Nacional del Litoral. Allí conoció a Pedro, abuelo del niño que seguía atentamente la historia del superhéroe santafesino, que en su imaginario en vez de capa llevaba un libreta con anotaciones químicas.

La llegada de una nueva dictadura fue la que terminó derrumbando las normas en defensa de la salubridad pública que le ponían un freno a Coca-Cola. La empresa norteamericana continuaba sin decir qué tenía su gaseosa con fama mundial, pero en 1966 Eladio Vázquez, que gobernaba Santa Fe, impulsó la sanción de una nueva ley y modificó el Código Alimentario: para 1967 volvió a ser legal en el suelo de la invencible provincia de Santa Fe.

–Tengo presente en mi memoria que al otro día se habilitó la gaseosa, hubo camiones recorriendo toda la ciudad. Muchos de ellos pasaron por la puerta de Bromatología en forma de burla. Los diarios sacaron publicidades: «Ahora también en Santa Fe usted puede disfrutar de la exquisita y refrescante Coca-Cola» –recordó el abuelo mientras masticaba algo de bronca y resignación.

–Abuelo, no te enojes -le dijo con ternura su nieto-, como siempre me repetís vos «toda historia deja una enseñanza». Y para mí que esta nos dice que no hay que tener superpoderes para poder cuidar a la gente.

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