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Santa Fe adopción | Perro | Aristóbulo del Valle

De la amistad a la adopción: la historia del barrendero de Aristóbulo y el perro que lo acompañó siete años en su recorrido

Durante años, fueron parte del paisaje matutino de Aristóbulo del Valle. La historia detrás de la dupla atraviesa pérdida, compañía y un destino en común: Pablo adoptó a Manolo, que ahora vive en la zona de islas y y no recorre las calles de Santa Fe.

En Aristóbulo del Valle, todos preguntan por él. Por siete años, quienes transitaban la avenida se acostumbraron a una escena cotidiana: a las cinco de la mañana, con Santa Fe despertando, Pablo barría y a su lado, firme como un compañero más, había un perro, Manolo.

Hoy, el animal ya no recorre esas cuadras y las preguntas se repiten entre los vecinos: "¿Y Manolo?" La respuesta es una historia de pérdida, adopción y un destino en común.

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Tras siete años de compañía, el barrendero de Aristóbulo del Valle adoptó a Manolo

Durante siete años, Manolo fue parte del paisaje de Aristóbulo del Valle, en el tramo que va desde el Puente Negro hasta Galicia. Pablo hace nueve años que barre esa avenida. Empieza a las cinco en punto y, durante mucho tiempo, el perro ya lo esperaba firme, listo para acompañarlo.

“Llueva o truene, él estaba al lado mío. Es el animal más fiel”, contó en el programa 6AM, de AIRE, mientras lo enfocaban las cámaras del multimedios en la esquina de Aristóbulo y Ricardo Aldao.

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La historia empezó en barrio María Selva. El dueño de Manolo murió cuando el perro tenía apenas unos meses y quedó en la calle por seis meses. Reconocía a Pablo como el hombre que siempre paraba a charlar con su dueño. En un momento, se encariñó y no se volvió a despegar. “Era automático. Me veía y se acercaba”, recordó.

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De la calle a la isla

Con la idea de adoptar a Manolo en mente, Pablo sufrió un accidente que lo marginó de su trabajo por cuatro meses. En la labor lo reemplazó su hijo, a quien el perro también acompañó. "Ya teníamos decidido adoptarlo", contó el barrendero, que esperó a estar de licencia para ayudar a su nueva mascota a adaptarse a una vida distinta: la de la isla.

Pablo y su familia viven en la Vuelta del Paraguayo. Del asfalto y la vida de ciudad, Manolo pasó a los pastizales y el río. Y se adaptó.

Se adaptó porque, a su dueño, la vida en la isla lo atraviesa. Pablo nació, se crió y formó una familia ahí. En el medio, la crecida de 1983 le quitó a su mamá, cuando él tenía tres años. "La vida en la isla no es triste, pero sí es dura. No puedo vivir en algún lugar que no se acá", reflexionó.

El barrendero agradece la posibilidad de trabajar en la empresa que lo contrata hace ya nueve años. Por eso, no olvida sus raíces indígenas: "Soy el último de mi familia que es de la raza de abipones", remarcó.

En Aristóbulo, la pregunta sigue llegando, quizás, reconoce Pablo, temiendo lo peor sobre el destino de Manolo. Pablo los tranquiliza: solo cambió la ciudad por la isla. Y aunque ya no acompañe cada barrida, cuando lo ve llegar salta, exige brazos y reclama ese lugar que durante años ocupó al amanecer.