Una de las plantas destacadas fue el Aguaribay, conocido por dar frutos que pueden usarse como pimienta rosa. “Si lo pisás en un mortero, tenés pimienta natural”, contó. Y también tiene otro uso: “Si estrujás una ramita y te la pasás por los brazos, actúa como repelente natural contra los mosquitos”.
El valor de lo que se perdió (y lo que aún se puede recuperar)
Sandra también alertó sobre el mal uso del término “maleza”. Contó el caso del Parque Sur, donde se retiraron plantas palustres (que crecen en las orillas), alterando el ecosistema natural del lugar. “Esas plantas oxigenaban el agua, y atraían aves como garzas y pájaros isleños. Hoy el agua está verde porque les faltan esas plantas”, señaló.
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Los árboles también fueron protagonistas del segmento. “Cada vez hay menos en la ciudad y son fundamentales”, dijo. No solo por la sombra: “Un árbol purifica el aire en tres metros a su alrededor”. Además, los árboles nativos crecen más rápido y están mejor adaptados al clima y al suelo local. “Hay que plantar más. Si se cae uno por una tormenta, que aparezcan tres nuevos”, propuso.
Libros para aprender sobre plantas que curan y conectan con la historia familiar
El conocimiento sobre las propiedades medicinales de muchas plantas está volviendo, gracias a talleres, libros y rescates orales. “La Santa Lucía, por ejemplo, tiene una flor muy chiquita. Si la apretás entre los dedos y la ponés sobre el ojo, suelta una gotita que funciona como colirio natural”, relató Sandra.
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Las plantas autóctonas como el aguaybay, el ceibo o la Santa Lucía no solo embellecen el entorno, sino que también aportan beneficios medicinales, culinarios y ecológicos.
Otra muy conocida es el paico, infaltable en la infancia de quienes crecieron con abuelos sabios. “Cuando me dolía la panza, mi abuela iba a la esquina, juntaba paico y me hacía un té. Era inmediato”, recordó.
Una guía para reconectarnos con lo propio
“Necesitamos recuperar el sentido de pertenencia. Estas plantas nacieron acá, crecieron acá, están adaptadas. Son nuestras”, concluyó. Los libros mencionados recopilan especies de arbustitos, plantas rastreras, herbáceas y árboles. Incluyen nombre científico y nombre popular, para poder reconocerlas más allá de las diferencias regionales.
La invitación quedó abierta: observar, plantar, recuperar saberes, y volver a vincularnos con lo que crece cerca, y tantas veces ignoramos.
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