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Santa Fe Río Paraná | Bajante | Santa Fe

Hay registros de bajantes y crecidas extremas en el río Paraná desde el siglo XVI

En las actas capitulares de Corrientes y Santa Fe, desde finales del siglo XVI, se expresa la preocupación por las bajantes y crecidas. En su viaje de principios del siglo XIX, Charles Darwin también describe una sequía que secó los arroyos y transformó los ríos en un polvoriento camino carretero.

"Acordamos requerir del Padre Vicario de esta ciudad para que se haga unas procesiones y rogativas para que Dios Nuestro Señor se compadezca de darnos agua por la grande seca que hay". Corría el año 1640 y no eran pocos los que solicitaban ayuda divina para revertir la falta de lluvias en la región del Litoral, tal cual consta en las Actas Capitulares de Corrientes.

Más cerca en el tiempo, varios cronistas de época retrataron los avatares y cambios del clima y las oscilaciones en el caudal del poderoso río Paraná: “Aquel canal profundo, impetuoso, invasor, que amenazaba devorar las aduanas del Rosario y batía sus muros, es hoy una laguna sin corrientes, sin vida, con menor profundidad que en otros tiempos. El río ha sufrido una transformación completa y el puerto marcha a convertirse en playa”, escribía en 1882 en su obra “La región del trigo” Estanislao Zeballos.

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El pasto para el ganado y los caballos era una de las principales preocupaciones en tiempos de sequías y crecidas, como muestra esta pintura del misionero jesuita Florián Paucke.

El pasto para el ganado y los caballos era una de las principales preocupaciones en tiempos de sequías y crecidas, como muestra esta pintura del misionero jesuita Florián Paucke.

Lo mismo hizo Charles Darwin algunos años después, en su “Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo” en las primeras décadas del siglo XIX, cuando atravesó parte del Litoral en una época de sequía tal que “no creció ninguna planta, los arroyos se secaron y todo el país tomó el aspecto de un polvoriento camino carretero”.

Estos textos, que están recopilados en el libro “Documentos para la historia del agua en Santa Fe 1528-1996”, de Pablo Ernesto Suárez, recogen segmentos de la historia climática de la región y ayudan a poner en perspectiva la bajante actual del Paraná, extrema no solo por lo pronunciada sino también por lo prolongada en el tiempo.

“A lo largo de la historia de la sociedad se han registrado grandes desastres y fenómenos climáticos o hidrológicos excepcionales en la Cuenca del Plata y cuencas endorreicas”, señala por su parte el trabajo “Las anomalías climáticas en la Cuenca del Plata y el NOA y sus consecuencias socioeconómicas durante los siglos XVI, XVII y XVIII”, de María del Rosario Prieto y Rodolfo Jorba

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El naturalista británico Charles Darwin recorrió la Argentina en la década de 1830.

El naturalista británico Charles Darwin recorrió la Argentina en la década de 1830.

Perspectiva histórica

Según Prieto y Jorba, ha existido una recurrencia de procesos extremos como sequías y bajantes, e inundaciones, a lo largo del tiempo. Esto no quita -según los autores- “la notoria falta de conciencia de la población acerca de la existencia de sucesos similares en el pasado, tanto reciente como remoto” que exceden lo que puede registrar la memoria de un individuo durante su vida.

“De allí la sorpresa y el temor que genera su súbita reaparición, sobre todo cuando el grupo humano comprende la facilidad con que se puede alterar el siempre inestable equilibrio logrado entre la población y el sistema ecológico”, agregan los investigadores en su trabajo. Una “generalizada falta de conciencia” que “no ayudan a la prevención de este tipo de catástrofes”.

De hecho, muchas localidades siguen estando en zonas de riesgos: “Las llanuras de inundación tienen un gran atractivo por tener suelos aptos para la forestación y la ganadería, y fácil abastecimiento de agua”. Estas ventajas influyeron para que la población se concentre en ellas a pesar de ciertas condiciones de alta vulnerabilidad, más que nada entre los sectores de menores recursos, “cuando deben afrontar un acontecimiento de esta naturaleza”.

En siglos pasados, el exceso o la falta de agua generaban efectos en la población: “La producción ganadera de las zonas aledañas a las ciudades españolas sufría graves pérdidas. La escasez de lugares de pastoreo provocaba el enflaquecimiento de las reses o directamente su muerte”, consigna la investigación.

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El arroyo Calchines se replegó por la bajante y en algunos puntos tiene apenas dos metros de ancho.

El arroyo Calchines se replegó por la bajante y en algunos puntos tiene apenas dos metros de ancho.

Crecientes

Cualquier habitante del Litoral recuerda uno o varios episodios de crecientes extraordinarias en las últimas décadas. Según el documento de Prieto y Jorba, la primera noticia documentada de una gran crecida que por sus características podría ser considerada excepcional fue relatada por Fernández de Oviedo en su “Historia general y natural de las Indias” del siglo XVI: “Comenzó el río a crecer y los indios se metieron la tierra adentro por causa de las aguas, e íbanse con ellos los cristianos en los bergantines, navegando por entre palmares y árboles, porque la tierra adentro se cubría de agua”.

A partir de las fundaciones de Santa Fe (Cayastá) en 1573 y de Corrientes en 1588 comienza a aparecer información sobre el Paraná Medio. “En las Actas Capitulares se hace alusión a las crecidas y sus consecuencias en Cayastá casi desde el primer momento. Es evidente la preocupación ante la posibilidad de que el río cubriera las islas donde pastaba el ganado y en especial los caballos. Así en 1595 se dicta un bando que establece que cuando haya creciente y los caballos no puedan estar en la isla, deberán guardarlos en tierra firme y los cuidarán por el tiempo que dura la creciente” destaca el trabajo.

Hacia fines del siglo XVIII, en 1796, nuevamente se detecta la ocurrencia de grandes precipitaciones en Santa Fe: “Se pierden sementeras, el trigo se pica de polvillo y los garbanzos prometen poco rendimiento por causa de las continuadas y frecuentes lluvias”, lo que volvió a ocurrir entre 1789 y 1800 en la región.

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Sequías y bajantes

Prieto y Jorba recuerdan que la intensidad de la sequía y su frecuencia aumentan de este a oeste, aunque sus consecuencias son más graves en la dirección inversa. “La falta de agua se torna realmente grave hacia el este a partir de las isohietas 600/700, donde la lluvia es el elemento determinante de la agricultura y de la actividad pecuaria”.

En la época estudiada (siglos XVI a XVIII), las comunidades desarrollaban una economía de subsistencia casi sin excedentes, por lo que las sequías “conducían casi invariablemente al hambre y a las enfermedades”. Las primeras sequías registradas quedan testimoniadas por Ulrico Schmidel hacia 1548, a las que siguieron otras en 1592 y 1593, más precisamente en Santa Fe (sitio de Cayastá). Hacia 1661/1665 fueron tiempos “calamitoso por la falta de agua que ha habido” en la región central del país.

Saber nativo

Los autores destacan que los indígenas que habitaban la zona “habían desarrollado diferentes estrategias adaptativas” ante los avatares del clima, “que les habían permitido lograr la supervivencia al sobrevenir alguno de estos fenómenos excepcionales, en especial las inundaciones”.

Cambiando los hábitos sociales y las formas de habitar el territorio por los colonizadores, estas estrategias se fueron perdiendo: “Los principales perjudicados por los desastres naturales eran los grupos indígenas incorporados al dominio del conquistador europeo. Reducidos en pueblos y organizados para la producción económica según cánones europeos, los aborígenes sufrieron una desestructuración de su sistema adaptativo, vinculado desde siempre al comportamiento de la naturaleza”.

La concentración de la población en espacios reducidos, así como la deficiencia inmunológica ante los agentes patógenos introducidos en América “condenaron en cierto modo a la muerte a estas comunidades aborígenes”, destacan los autores.