"Es que para nosotros es más importante el trabajo que la salud", dice José, más conocido como "Rulo", el canillita de Bulevar y 25 de mayo, Santa Fe. Es el segundo día que los santafesinos pasan inmersos en una cuarentena a medias. No hay clases y los empleados privados o estatales mayores de 60 años, embarazadas, trabajadores con diferentes afecciones de salud y quienes deban cuidar a hijos menores no tienen la obligación de ir a trabajar. En cambio, los trabajadores de las calles siguen ahí, son testigos y víctimas de la pandemia.
El ministro de Trabajo de la Nación, Claudio Moroni, ordenó el lunes a la tarde quiénes pueden dejar sus puestos de trabajo ante la pandemia del coronavirus y pidió que las personas se queden en sus casas. "No son vacaciones", repitieron el presidente, los ministros y los ciudadanos. "Es trabajo en casa", aclararon. Sin embargo, hay quienes no pueden quedarse en sus hogares. Su trabajo es en la calle, en las esquinas, en las colectivos y en las terminales. "Yo no tendría que estar acá, ya lo sé", aclaró José, "pero tengo que comer", señaló. Más allá de lo económico, para el canillita también es complicado "ir contra lo que uno es y hace siempre". "Rulo" trabaja hace 46 años en la misma esquina: no sabría qué hacer 14 días encerrado.
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—¿No te preocupa tu salud?
—Vivo de esto. Me cuido, uso guantes, barbijo, alcohol en gel, pero no puedo parar –cuenta Carlos "el florista más romántico de la ciudad" Rodríguez, con una sonrisa que el coronavirus no puede borrar.
Desde su esquina de siempre, en Bulevar y Aristóbulo, Carlos "la rema" para poder vender. Con la poca gente en la calle y la desconfianza a tener contacto con los demás, su trabajo es más arduo. "Hay un bando", dice. Con esa frase se refiere a la disminución de gente circulando en los últimos dos días. Pero él no puede quedarse en su casa: "Tengo una familia que mantener. Si hay cuarentena, no sé que voy a hacer", piensa en voz alta.
El olor de las garrapiñadas recién hechas invade las narices de los pocos santafesinos que circulan por la peatonal. Como se viene la lluvia, Hugo levanta sus cosas y se va. Pero también deja de vender porque nadie le compra. "Vendo un 60% menos que antes", asegura. Suele estar en su puesto de 10 a 21, aunque los dos últimos días su jornada laboral terminó antes.
"Sí, obvio que anda menos gente", coinciden Nicolás, Israel y Maximiliano, tres jóvenes artesanos, mientras preparan sus puestos. Sin nombrarlo, saben que el virus está, "pero nosotros no le damos bola". Es que en comparación con todos los obstáculos que normalmente tienen para realizar su trabajo a diario en la peatonal, el virus, por ahora, es un aspecto menor. "Igual, la gente está re perseguida", aseguran.
Ni el virus, ni la escasez de gente, ni la disminución en los viajes de colectivos borran la sonrisa de Giselle. Vende alfajores en los colectivos, aunque si hace calor lleva agua y si hace frío, chocolates. Ahora hace lo mismo, pero con guantes y una botellita de alcohol en gel en su bolso. "Obvio que me preocupa por mí, por mi familia, pero también tengo que trabajar por ellos", cuenta.
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La joven ve todos los días a los pasajeros. Si bien hay menos gente, "nadie toma las precauciones a la hora de viajar". Se sientan uno al lado del otro sin respetar el distanciamiento social de, al menos, un metro. Giselle está en la calle porque no le queda otra: "Estos días trato de trabajar mucho para juntar más plata y después poder parar 14 días". Sin embargo, sostiene que las medidas anticipadas por el gobierno están "perfectas": "La gente no entiende que se tiene que cuidar, que esto es una pandemia", dice indignada. "Yo los aconsejo, sobre todo a los abuelos, que se queden en la casa y se cuiden", explica. Teme, porque su contacto con la gente es constante. "Ayer llegó un colectivo que venía de Brasil pero no me quise acercar", contó Giselle, y agregó: "Los del Cobem vinieron, pero a mirar nada más".
A los elementos para protegerse del coronavirus se los compraron ellos. "No nos cuida nadie", explica Giselle. Juan, el maletero, dice lo mismo: "Ahora tenemos barbijos porque una compañera consiguió y nos trajo, pero guantes no tenemos". Tiene cerca de 60 años y una familia con chicos pequeños que mantener. "Estamos expuestos", asegura.
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"La negligencia es tremenda, esto es un cago de risa", advierte Juan y cuenta que cuando llegaron dos españolas de viaje "esto era una bienvenida de cumpleaños". Si bien no desea que se lleve adelante una cuarentena obligatoria, sostiene que "lamentablemente, habrá que acatarla".
Aunque para muchos estén olvidados -porque no son empleados ni públicos ni privados-, un virus no puede identificar y discernir entre quienes sí y quienes no. Son ellos los que lo eluden y toman sus propios recados.
Tienen que hacerle frente al coronavirus porque no les "queda otra", porque tienen familias que mantener, porque nadie se acordó de sus condiciones de trabajo o de que sus hijos se quedan en casa y no hay nadie que los entretenga.
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