Menos pantallas, más vínculos: el debate por la restricción del celular en la infancia y la adolescencia
Mientras crece en el mundo la restricción del uso de celulares en las escuelas, especialistas advierten sobre los efectos del consumo excesivo de pantallas en el desarrollo físico, emocional y cognitivo de niños y adolescentes.
En Santa Fe se analizan medidas de restricción tanto en el nivel primario como en el secundario.
La escena se repite en distintos puntos del planeta: aulas sin celulares, recreos con más charlas cara a cara y docentes que recuperan la atención perdida. Desde Francia hasta Corea del Sur, pasando por Brasil, Nueva Zelanda y varios países de Europa, aumenta la decisión de limitar el uso de dispositivos móviles en las escuelas.
El debate no es solo pedagógico. Para especialistas en salud infantil y mental, el uso excesivo de pantallas ya dejó de ser una cuestión de hábitos para convertirse en un problema sanitario.
2025-09-24 CELULARES
El uso excesivo de pantallas ya dejó de ser una cuestión de hábitos para convertirse en un problema sanitario.
“La evidencia es muy clara: el mal uso de pantallas en determinadas edades tiene un impacto negativo a nivel físico, psíquico y conductual”, explica la pediatra Mercedes Arrata, integrante del Comité de Adolescencia de la Sociedad Argentina de Pediatría y profesional del Hospital de Niños.
“El cerebro de niños y adolescentes todavía está en desarrollo y no tiene la capacidad de autorregulación que sí tiene un adulto. Por eso, los dispositivos pueden volverse fácilmente adictivos”.
Un cerebro en construcción
Según Arrata, el problema no es la tecnología en sí, sino la exposición temprana y sin límites. “Antes de los dos años, la recomendación es cero pantalla. Entre los dos y cinco años, si hay algún estímulo digital, debe ser acompañado por un adulto que ayude a decodificar lo que el niño está viendo”, señala. En países como España, las recomendaciones son aún más estrictas: cero pantallas hasta los 6 años y un máximo de dos horas diarias recién a partir de esa edad.
En la adolescencia, el desafío es mayor. “El lóbulo prefrontal, que permite anticipar consecuencias y regular impulsos, termina de madurar cerca de los 20 o 25 años. Pretender que un adolescente se autorregule solo es pedirle peras al olmo”, resume Arrata. Por eso, sostiene que la regulación en el ámbito escolar es una herramienta clave.
Celulares
El problema no es la tecnología en sí, sino la exposición temprana y sin límites.
La pediatra puso como ejemplo escuelas donde los estudiantes dejan el celular al ingresar al establecimiento. “Los docentes notaron mejoras claras: más atención en clase, mejor aprendizaje y, sobre todo, más relaciones interpersonales. En el recreo, sin celular, los chicos vuelven a mirarse, a hablar, a jugar”.
Ansiedad, sueño y sedentarismo
Los efectos del uso excesivo de pantallas no se limitan al aula. “Vemos cada vez más ansiedad, depresión, trastornos del sueño y déficit de atención”, advierte Arrata. Dormir menos de las ocho o nueve horas necesarias en la adolescencia interfiere con la secreción hormonal y afecta tanto la salud física como mental.
A eso se suma el sedentarismo. “Existe una falsa creencia de que con mandar a un chico una hora a básquet o vóley alcanza. En realidad, son sedentarios que hacen actividad física: el resto del día están tirados con el celular”, explica. Obesidad, hipertensión, resistencia a la insulina y problemas visuales aparecen cada vez con más frecuencia. “Si no regulamos el uso, estamos frente a una futura epidemia de salud”.
La escuela, entre la prohibición y el uso responsable
Desde el campo educativo, la mirada busca matices. Para la psicopedagoga Mónica Ferrero, integrante de la Comisión Directiva del Colegio de Psicopedagogía de Santa Fe (Primera Circunscripción), la clave no es la prohibición total, sino la restricción con criterios claros.
“Estamos en una era digital. En el nivel secundario, el celular puede ser una herramienta válida si está bien utilizada, con supervisión adulta y con un objetivo pedagógico”, sostiene. En el nivel primario, en cambio, es tajante: “Debe ser muy esporádico y siempre mediado por un adulto. No hay discusión ahí”.
celulares en escuelas 1
La psicopedagoga Mónica Ferrero explica que la clave no es la prohibición total, sino la restricción con criterios claros.
Ferrero advierte que la exposición temprana a contenidos puramente visuales y vertiginosos tiene consecuencias directas en el aprendizaje. “Se dejaron de lado prácticas fundamentales como contar cuentos, relatar historias, cantar canciones. El niño queda pasivo frente a la pantalla, sin interlocutor. Después pretendemos que sostenga la atención en una clase que necesariamente es más lenta, y eso se vuelve muy difícil”.
El “chupete electrónico” y el rol adulto
Ambas especialistas coinciden en un punto sensible: el uso del celular como calmante emocional. “El chupete electrónico existe”, dice Ferrero sin rodeos. “En bares, reuniones familiares o casas, con tal de que el niño no moleste, se le da el celular. Pero criar nunca fue fácil. Los chicos demandan, interrumpen, se aburren, y eso es parte del desarrollo”.
Arrata coincide y agrega: “Cuando calmamos a un niño con una pantalla, no le estamos enseñando a autorregularse, lo estamos distrayendo. El aburrimiento es necesario: al cerebro no le gusta y busca alternativas. Ahí aparecen la creatividad y la iniciativa”.
El rol de los padres es central. “No se trata de prohibir todo, porque con un adolescente eso es ir a la guerra”, explica la pediatra. “Se trata de negociar límites: acordar horarios, reducir de a poco el tiempo de uso, interesarse por lo que miran, preguntar qué contenidos consumen. Nadie deja a un hijo tres horas en la casa de un amigo sin preguntar qué hicieron; con internet debería pasar lo mismo”.
¿Un problema de salud?
Para Arrata, no hay dudas: “Hoy el uso problemático de pantallas ya es un problema de salud. Actúa en los mismos centros dopaminérgicos que otras adicciones”. Las señales de alarma incluyen aislamiento, abandono de actividades habituales, cambios bruscos de humor y encierro prolongado frente a la tecnología. En esos casos, recomienda buscar ayuda profesional.
celulares en los adolescentes
Los efectos del uso excesivo de pantallas no se limitan al aula. Se observa cada vez más ansiedad, depresión, trastornos del sueño y déficit de atención en los chicos.
Ferrero refuerza la idea de un abordaje integral. “No alcanza con sacar una ley y listo. Hay que trabajar con las escuelas, con las familias, con los chicos. Informar, prevenir, consensuar criterios comunes. La restricción sin acompañamiento no sirve”.
Mientras el debate avanza, la experiencia internacional y los testimonios locales coinciden en algo simple pero potente: menos pantallas no significa atraso, sino más tiempo para el juego, el vínculo, la palabra y el desarrollo de un cerebro que todavía está en plena construcción.