El orgasmo femenino, entre mitos y desigualdades: por qué el placer no llega de la misma manera

Una sexóloga explica qué es el orgasmo, desarma mitos sobre el clítoris y la multiorgasmia, y analiza por qué las mujeres heterosexuales llegan al clímax con menos frecuencia que los varones en los encuentros sexuales compartidos.

Durante mucho tiempo, la sexualidad femenina estuvo atravesada por silencios, mitos y una mirada centrada, principalmente, en la reproducción.

Durante mucho tiempo, la sexualidad femenina estuvo atravesada por silencios, mitos y una mirada centrada, principalmente, en la reproducción.

Cada 8 de agosto se conmemora el Día Internacional del Orgasmo Femenino. La fecha no es solamente una invitación a hablar de una respuesta sexual: también es una oportunidad para reflexionar sobre algo más profundo, el derecho de las mujeres a conocer, habitar y disfrutar su propia sexualidad.

Durante mucho tiempo, la sexualidad femenina estuvo atravesada por silencios, mitos y una mirada centrada, principalmente, en la reproducción. El placer quedó relegado a un segundo plano y, aún hoy, existen desigualdades que influyen en la manera en que muchas mujeres viven su experiencia sexual.

Uno de los conceptos que permite pensar esta realidad es el de "brecha orgásmica", que refiere a la diferencia en la frecuencia con la que hombres y mujeres alcanzan el orgasmo durante los encuentros sexuales. Un estudio realizado con más de 52.000 participantes encontró que aproximadamente el 95% de los hombres heterosexuales manifestó alcanzar el orgasmo habitualmente o siempre en sus encuentros sexuales, mientras que en las mujeres la cifra fue cercana al 65%.

El orgasmo es el desenlace de una etapa previa que tiene que ver con la excitación.

El orgasmo es el desenlace de una etapa previa que tiene que ver con la excitación.

Qué hay detrás de esos números y los mitos que todavía persisten, según la sexóloga Victoria Güemes.

¿Qué es el orgasmo? ¿Hay uno solo?

Güemes empieza por lo más básico: definir de qué se habla cuando se habla de orgasmo. "Es el desenlace de una etapa previa que tiene que ver con la excitación. Es un reflejo del orgasmo, algo que es involuntario y es la respuesta que llega luego de una etapa de excitación", explica. Se trata de una etapa de la respuesta sexual que puede darse tanto en la práctica individual como en la compartida, y que constituye el momento de mayor placer.

Sin embargo, la especialista prefiere no hablar de un modelo único: "En la actualidad hablamos ya de experiencias orgásmicas, porque sabemos que no hay un orgasmo igual al otro, que al ser una experiencia subjetiva no podemos comparar cómo son nuestros orgasmos". Por eso, dice, "hablamos más de vivencia" que de un fenómeno estandarizado, y eso incluye la posibilidad de experimentar distintos niveles de placer o distintas formas de sentirlo.

Mitos viejos y exigencias nuevas

Consultada sobre las creencias erróneas más extendidas, Güemes distingue entre mitos que persisten y otros más recientes, vinculados con la multiorgasmia. "Aparece esta exigencia en los últimos años de tener que experimentar muchos orgasmos, y la realidad es que no para todas las mujeres es posible: entonces termina siendo una exigencia", advierte.

El mito más clásico —el de que existen orgasmos "clitoridianos" y otros "vaginales", y que unos serían más "maduros" que otros— tiene, según explica, un origen concreto: el desconocimiento de la anatomía real del clítoris. "El clítoris es una parte de la vulva que involucra mucho más de lo que se ve por fuera y tiene muchísimas terminaciones nerviosas", detalla. Lo que popularmente se identifica como clítoris es apenas el glande, la parte externa visible, pero el órgano completo es mucho mayor: tiene capacidad de erección, pilares y estructuras internas —las "patitas" que suelen verse en las ilustraciones— que se llenan de sangre durante la excitación.

La vieja jerarquización entre un tipo de orgasmo y otro, sostiene Güemes, "tiene que ver con un machismo difundido en la ciencia, que parte de un error, de una desinformación" sobre esa estructura interna que durante décadas no se conoció en profundidad. Con el estímulo adecuado —tanto de la parte externa como, incluso, de la parte interna del clítoris durante la penetración— el orgasmo puede desencadenarse igual.

Más permisos, pero todavía no es una utopía

¿Viven hoy las mujeres su sexualidad con libertad? Para Güemes la respuesta es matizada: "No estamos tan utópicas, pero en realidad tampoco hay tanto sabido". De todos modos, reconoce avances: mayor difusión de la información, mayor alcance y "mucho más permiso para las mujeres en esta sociedad para explorar y para permitirse el placer".

Como ejemplo de ese cambio, cuenta que hace diez años era frecuente la consulta de mujeres que nunca habían tenido un orgasmo y temían no llegar a experimentarlo nunca: la llamada "preorgasmia", ya que —aclara— todas las personas tienen capacidad de llegar al orgasmo, aunque no siempre sepan cómo hacerlo. Hoy esa consulta escaseó. En su lugar aparecen otras: mujeres que llegan al orgasmo solas o con un juguete pero no saben cómo hacerlo junto a otra persona, o que se preguntan si su propia vivencia es "normal" después de escuchar o ver que otras mujeres eyaculan o tienen múltiples orgasmos.

Pero el avance no es parejo: en las parejas heterosexuales, dice Güemes, persiste un desconocimiento de los varones sobre cómo acompañar a sus parejas para que lleguen al orgasmo respetando los tiempos de la respuesta sexual femenina. Por eso, agrega, todavía se habla de "derecho orgásmico".

La brecha, en números

La "brecha orgásmica" —el término está construido, señala Güemes, en paralelo al de brecha salarial— surge de preguntarle a las personas con qué frecuencia llegan al orgasmo en un encuentro sexual.

Según los datos que maneja la especialista, los varones heterosexuales llegan al orgasmo en prácticas con mujeres más del 90% de las veces. Los varones gays presentan otra respuesta, y las mujeres lesbianas o en pareja con mujeres, otra distinta.

Quienes con menor frecuencia alcanzan el orgasmo durante una práctica sexual compartida son las mujeres heterosexuales: alrededor del 60% —la cifra varía—, lo que implica que, aproximadamente la mitad de las veces, podrían no llegar al clímax en un encuentro sexual.

¿Por qué existe esta brecha?

Para Güemes, el dato de que las mujeres que comparten prácticas sexuales con otras mujeres sí logran orgasmos es clave: descarta que se trate únicamente de una cuestión fisiológica. El problema, explica, está en el modelo de práctica sexual predominante en las parejas heterosexuales, que "se acerca mucho más a una práctica que permite el placer masculino por el estímulo" y que generalmente involucra el coito, con tiempos que "obedecen más al placer o la excitación masculina que a los tiempos de respuesta de la mujer".

El dato de que las mujeres que comparten prácticas sexuales con otras mujeres sí logran orgasmos es clave: descarta que se trate únicamente de una cuestión fisiológica.

El dato de que las mujeres que comparten prácticas sexuales con otras mujeres sí logran orgasmos es clave: descarta que se trate únicamente de una cuestión fisiológica.

La respuesta sexual de las personas con pene y de las personas con vulva, aclara, es equivalente. Lo que ocurre es que la penetración no suele ser la práctica por la cual las mujeres llegan al orgasmo: mientras los varones generalmente sí alcanzan el clímax durante la penetración, en las mujeres, al no haber un estímulo directo del clítoris, solo una de cada cuatro —el 25%— puede alcanzar el orgasmo de esa forma. Es decir, tres de cada cuatro mujeres no llegan al orgasmo por esa vía, aunque la penetración siga siendo la práctica sexual compartida más común en una pareja heterosexual.

A esto se suma la falta de tiempo, de ritmo y, muchas veces, de confianza dentro de la pareja. Aunque ya no es tan habitual que las mujeres finjan el orgasmo, sí puede faltar un estímulo más específico que no se animan a pedir. "También se puede explicar por la falta de comunicación esta brecha", resume Güemes.

¿Menos sexo o más consentimiento?

Consultada sobre si existe una "recesión" en la actividad sexual —tanto en mujeres adultas como en adolescentes, en un contexto atravesado por las redes sociales, las pantallas y el estrés—, Güemes discrepa con ese diagnóstico: "Yo no veo tal recesión realmente. Lo que sí creo que hay son prácticas mucho más consentidas de las que había quizás hace algunos años". Al tener más conocimiento y permiso, sostiene, las mujeres eligen sostener menos encuentros o parejas donde no encuentran disfrute.

Si se piensa en la frecuencia de generaciones anteriores —la de sus padres, hace 50 años—, es probable que fuera mayor, pero las prácticas no eran necesariamente placenteras. Hoy las mujeres se permiten señalar que algo "no me resulta placentero de esta forma". A esto se suma un cambio en los ritmos de vida: las personas adultas disponen de menos tiempo para el encuentro y el disfrute, lo que va postergando los encuentros.

En la adolescencia, agrega Güemes, puede ocurrir algo similar: hay otros permisos, menos presión para iniciarse sexualmente y otra forma de relacionarse. El mayor tiempo frente a las pantallas podría dificultar el encuentro, pero también refleja prácticas más conscientes, en las que se posterga el inicio sexual. "Ya no hay tantos miedos y presiones. Entonces no necesariamente es algo negativo", plantea, aunque reconoce que también existen hoy dificultades para socializar y vincularse, y que ese aislamiento es otra explicación posible.

El lugar de la masturbación

Sobre el rol de la masturbación en la actualidad, Güemes destaca que hoy es mucho más fácil, incluso después de la pandemia, adquirir juguetes sexuales: antes había más pudor, y comprarlos suponía, para muchas, tener que ir a un sex shop —algo más difícil todavía en ciudades chicas—. Hoy se piden por internet y llegan directamente a la puerta de la casa.

La masturbación femenina, señala, dejó de ser tabú hace ya varios años, en parte porque las mujeres empiezan a verse representadas en productos culturales —películas, series— donde antes, quince años atrás, no había tantas escenas de este tipo. A partir de esa exploración, las mujeres conocen más su cuerpo, identifican qué les gusta y qué sienten, lo que repercute en una mejora de los encuentros sexuales compartidos: en parejas heterosexuales pueden comunicar lo que necesitan, y en parejas de mujeres la comunicación suele ser incluso más sencilla, al compartir un cuerpo similar y una socialización parecida.

Un mensaje para quienes no llegan al orgasmo

Frente a la frustración de quienes sienten que no logran orgasmos, o que no lo hacen de manera consciente, Güemes ofrece un mensaje claro: todas las personas tienen la capacidad de orgasmear. Si no ocurrió hasta ahora, puede ser que falte aprender cómo hacerlo, algo que —sostiene— se logra conociendo más el propio cuerpo y aquello que resulta excitante.

Es importante, remarca, no convertir esto en una exigencia: al tratarse de un reflejo, el orgasmo "no obedece a cuánta presión o exigencia nos imponemos, o nos imponga la persona que nos acompaña"; de hecho, la presión —propia o ajena— resulta contraproducente. Lo que sí puede aprenderse es a gestionar la excitación y el deseo. Además, aclara, lo que genera placer puede cambiar a lo largo de la vida, según las experiencias, las parejas y el autoconocimiento acumulado, y eso no es problemático: se trata de acompañar al propio cuerpo en esos cambios.

Más allá de lo genital

Para cerrar, Güemes propone correr el eje de la conversación: hablar de orgasmo femenino no es hablar de un orgasmo distinto al de los varones, sino habilitar el placer, la exploración y el juego. Y advierte que, si bien lo genital —y en particular el clítoris— suele ser la vía más común y sencilla para llegar al orgasmo, la vivencia orgásmica puede involucrar a todo el cuerpo, que también es sensible y susceptible de ser estimulado.

Quien se anime a explorarse sin prejuicios, sostiene, puede encontrar esas sensaciones en otras partes del cuerpo, más allá del guion genital que suelen proponer las prácticas sexuales habituales. En síntesis: más sensorial, no tan genital.

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