La ansiedad previa a un viaje familiar es más común de lo que parece. Cambiar la rutina, enfrentarse a lo desconocido y pasar varias horas en un auto o en un avión puede incomodar a muchos chicos. Pero, según la psicopedagoga Amira Greco, la clave para que la experiencia sea más llevadera empieza por los adultos.
Greco, que trabaja desde el enfoque psicoanalítico, remarca que cada niño vive el viaje desde su propia subjetividad y desde el contexto de su familia. Por eso, no hay recetas universales. Sí hay un punto de partida claro: la manera en que los padres atraviesan la experiencia se transmite de forma directa a los hijos.
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“Si el adulto vive el viaje con calma y con deseo de disfrutar, es más probable que el niño también lo haga”, explica. Para ilustrarlo, lo ejemplifica con un episodio simple: un grupo de familias en una isla repleta de mosquitos. “Los chicos reaccionaban según lo que veían en sus padres. Cuando los adultos estaban tranquilos, los chicos también. Cuando los padres se alteraban, ellos se ponían nerviosos.” Ese contraste pone en evidencia cuánto impacta la actitud adulta en la vivencia infantil.
Anticipar lo que viene
Entre las herramientas concretas, Greco destaca la anticipación. Hablar con los chicos y explicarles cómo será el viaje reduce la incertidumbre, que es una de las grandes fuentes de ansiedad.
Contarles qué medio de transporte usarán, cuánto durará el trayecto, qué actividades harán y cómo es el lugar ayuda a que los chicos puedan imaginar lo que viene. Para los más pequeños, sugiere usar agendas visuales: imágenes del auto o el avión, del alojamiento, de las personas que los acompañarán o de las actividades planificadas. “Las imágenes les permiten visualizar lo que van a vivir, sobre todo cuando lo abstracto todavía les cuesta”, señala.
Jugar y dibujar para procesar miedos
Cuando aparece el miedo —a volar, a separarse, a lo desconocido— el diálogo vuelve a ser central. Pero no es la única vía. El juego y el dibujo funcionan como herramientas de expresión que permiten que el niño represente lo que siente.
Jugar al “como si”, representando el viaje, o pedirles que dibujen cómo imaginan su miedo ayuda a poner palabras e imágenes a lo que les pasa. “El juego y el dibujo no son un entretenimiento más. Son una forma de procesar lo que viven”, sostiene Greco.
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Incluso la escritura puede servir. La especialista recuerda cómo los diarios íntimos, hoy menos frecuentes, permitían a muchos chicos ordenar lo que sentían. Habilitar esos espacios, en cualquiera de sus formas, puede ser de ayuda.
Cuando aparecen síntomas físicos
Si la ansiedad se expresa en el cuerpo —dolores, malestar, llanto persistente— la recomendación es detenerse y observar qué está pasando. Para Greco, esos síntomas no deben ser silenciados ni tratados como conductas a corregir. “El síntoma aparece para decir algo. Si intentamos eliminarlo rápido, no escuchamos al niño”, explica.
En esos casos, sugiere pedir una consulta profesional. “Si un niño muestra síntomas físicos por un viaje, probablemente haya algo más profundo. Más vale consultar.”
El papel del adulto, siempre en el centro
Para Greco, acompañar la ansiedad infantil durante los viajes es también una oportunidad para revisar cómo los adultos sostienen, contienen y guían. El modo en que se transmite seguridad —especialmente en los primeros vínculos— influye en cómo cada niño afronta lo nuevo.
La conclusión es simple, aunque no siempre fácil de aplicar: hablar, anticipar y estar disponibles. Y, sobre todo, mantener la calma. Porque, como resume la especialista, cuando el adulto transita la experiencia con serenidad, las vacaciones empiezan mucho mejor para todos.
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