En ese escenario, el equipo médico cobró un protagonismo sin igual al tener que hacer frente a un caos sin precedentes. Durante dos meses, el miedo, la incertidumbre y la sobrecarga de trabajo se convirtieron en moneda corriente. La gente, aterrada, llegaba a los consultorios convencida de que la enfermedad sería mortal, mientras que los recursos sanitarios locales se ampliaban para contener a los pacientes.
El primer caso fue detectado semanas después de que una joven con fiebre alta, erupciones cutáneas y decaimiento severo generara sospechas en el equipo médico. La doctora Rosana Giroldi, junto con la directora del Samco local, Karina Iraldo y la pediatra Romina Galeano, notaron que los síntomas no coincidían con diagnósticos comunes.
"Esto no cierra", pensaron, y comenzaron a realizar estudios más detallados. La clave estuvo en un análisis hemático que evidenció la caída de plaquetas, un indicador típico del dengue.
Sin embargo, la confirmación oficial llegó después de días de espera, luego de que especialistas del Ministerio de Salud arribaron a la comunidad y ratificaron el diagnóstico.
En ese intervalo crítico, el brote se intensificó. "Era un caos total", recordó la doctora Giroldi en una entrevista que dio a AIRE en noviembre pasado, días antes de fallecer en un accidente de tránsito.
Las consultas superaban la capacidad del hospital, que habilitó camas adicionales en diferentes espacios, incluyendo una escuela cercana.
A pesar de que el Ministerio de Salud envió equipos médicos para asistir a la población a domicilio, los vecinos se acercaban al hospital. "En un pueblo vos tenés otro vínculo con el paciente, nos conocemos todos", recalca Giroldi.
El miedo se extendió más rápido que el propio mosquito vector, y generó un impacto social devastador. Las localidades vecinas, por temor a los contagios, restringieron la entrada de los habitantes de Hersilia y aislaron aún más a la comunidad.
A pesar del contexto que atravesaba al pueblo en ese momento, el equipo médico trabajó incansablemente. Contuvieron psicológicamente a los pacientes y coordinaron operativos epidemiológicos como descacharrado y controles de agua.
El hospital recibió apoyo externo, pero las médicas locales fueron quienes llevaron la carga emocional y física más pesada. "Nosotras vivíamos literalmente en el hospital; llegamos a un punto en el que nos encerramos a llorar de la sobrecarga", confiesa Giroldi.
Las enseñanzas que dejó el brote de 2009, facilitaron el trabajo preventivo el verano pasado. "Lo transitamos diferente, pero insistiendo siempre lo mismo: en las pautas de prevención. Igual tuvimos muchos casos, como en toda la provincia, pero con otra mirada clínica del paciente", recalcó la médica.
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