menu
search
ROSARIO | Violencia | Rosario |

La dolorosa historia detrás de la turba que destrozó un jardín, golpeó maestras y quiso linchar a un profesor

Un grupo de madres, padres y vecinos irrumpieron en un jardín de infantes, en Rosario, en busca de un profesor de educación física sospechado de haber abusado de una nena de 4 años. Hubo graves disturbios, debió intervenir la Policía y una docente terminó internada.

Familias, nenas y nenes entraron y, junto con las maestras, hicieron la ronda de bienvenida. El pasado viernes 10 de junio aparentaba un día normal, como cualquier otro, en el Jardín N° 80 Río Paraná, en Las Flores Sur de la ciudad de Rosario, pero dejó de serlo en el momento en que una mamá comenzó a increpar al profesor de educación física, que ese día reemplazaba al titular, acusándolo de haber manoseado a su hija de 4 años.

Las maestras consiguieron calmar a la mujer, la hicieron pasar y redactaron un acta donde expresó todo lo que quiso decir, aunque sin detalles de días, hora y lugar del presunto abuso. Un rato después se retiró con el compromiso de que el lunes volvería para ser recibida por la directora, que en ese momento se encontraba en la sede del Ministerio de Educación.

Sin embargo, volvió esa misma tarde con su hermana y otras personas. Las maestras intentaron calmarla, la pusieron en contacto con la directora, que estaba regresando al jardín. La mamá le explicaba que su hermana estaba muy nerviosa y que no sabía lo que podía a pasar. Mientras eso ocurría, empezó a sumarse gente frente al jardín. Se llamó a la Policía y llegaron tres agentes al mismo tiempo que la directora. A la hora de la salida, los ánimos estaban caldeados, había gritos e insultos, exigían que salga el maestro y la escuela era acusada de protegerlo. En ese clima de hostilidad, las maestras entregaron a los chicos con una sonrisa, como todos los días.

Leer más ► "Cuidando con las palabras", un libro para prevenir el abuso sexual infantil

Cualquier atisbo de autoridad (ya sea los directivos o la Policía) a esa altura ya había sido devorado por una furia oscura, turbadora, incapaz de pensar en razones y consecuencias.

“¡Nos van a matar, nos van a matar!”, pedían ayuda por teléfono las docentes de la escuela al ver que la “horda” –como la calificó el delegado de la Región VI de Educación– irrumpió por la fuerza en el edificio destruyendo todo en busca del profesor de educación física. Las rejas de los ingresos, puertas, vidrios, armarios, mesitas y sillas, juguetes, disfraces. Exigía a gritos que le entregasen al profesor “para matarlo”: “Tráiganlo que lo matamos”; “si se ponen en el medio, los vamos a matar a ustedes también”; “le prendemos fuego el jardín con ustedes adentro, si no nos dicen a dónde está”, amenazaban los más exaltados a maestras y porteras.

Desde el primer momento las maestras cumplieron con lo que tenían que cumplir. Mantuvieron informada a la cadena jerárquica institucional, al tiempo que trataban con una situación que, en un momento, no pudieron más contener, y cuando intentaron frenar a la turba, fueron golpeadas e insultadas. La que intentó frenar el linchamiento cuando ingresaron a la sala de Dirección, donde estaba resguardado el maestro, terminó internada.

El profesor fue atacado a golpes y patadas. Los primeros tres policías que habían llegado lo rescataron antes de que sea tarde con ayuda de las maestras. Las manchas y gotas de sangre en las paredes y en el piso componen un registro trágicamente parecido a los dibujos que los niños del jardín hacen cada día con témpera y pinceles sobre hojas blancas.

Hubo nuevos disturbios cuando la Policía sacó al docente del establecimiento. Lo sentaron esposado en la caja de una camioneta y lo llevaron a una comisaría, lejos del barrio. Estuvo detenido hasta el día siguiente y fue liberado por la Fiscalía ante la falta de elementos para una acusación o una prisión preventiva. Para el Ministerio de Educación, es improbable que, si efectivamente ocurrió lo que la mamá dice, haya sido dentro de la escuela.

Leer más ► Abusos sexuales en la infancia: ¿por qué prescriben?

El docente hizo reemplazos en el Jardín N° 80 cinco veces en 2022 y una sola vez estuvo con el grupo de la nena, hace más de un mes. Además, en las clases de gimnasia, siempre está la maestra jardinera. Son todos los detalles que debe investigar la Justicia, incluido lo que pueda contar la niña.

Lo que más impacta es el reconocimiento que la turba armada de piedras y palos que destrozó el jardín no eran desconocidos. Entre ellos estaban padres y madres de alumnos, familiares, vecinos del barrio. Los videos que ellos mismos tomaron muestran personas encapuchadas. Seguramente el caso ya está siendo investigado por el Ministerio de Seguridad para descartar cualquier posibilidad de que haya sido algo preparado. El control absoluto del territorio y el desplazamiento del Estado en cualquiera de sus formas es un objetivo permanente de las bandas narcos.

¿Y ahora qué?

El repaso de los hechos tiene relevancia periodística, no en el sentido de regodearse con la violencia que reciclan medios y las redes sin filtro, con la excusa de “escuchar a la gente”, sino en el sentido de poder dimensionar que no se trató de un hecho más.

El año pasado una situación de origen similar sucedió en la Escuela N° 1319 de Empalme Graneros, también por un presunto abuso a partir de esos dichos que quedan instalados como verdades, con padres enardecidos que se quedaron afuera de la escuela por casi cinco horas sin que pudieran salir docentes y personal del Ministerio. Pero aún en ese caso, donde el vínculo escuela-comunidad era menos intenso, no se cruzó la línea de la violencia física y la agresión.

El episodio del Jardín N° 80 dice mucho más de lo que se ve. Conmociona ver la violencia desplegada, el daño a una institución donde las familias del barrio concurren cada día con hijos, nietos y sobrinos, retiran alimentos, hacen talleres de costura. Esas mismas maestras iban los sábados de pandemia a cocinar tortas fritas para las familias.

Leer más ► Investigan un caso de abuso sexual infantil en Arocena y los vecinos se movilizan para pedir justicia

Se da otra cuestión que señalaron distintas fuentes del ámbito educativo. En muchas oportunidades los conflictos entre escuela y comunidad surgen derivados de lazos débiles o que se rompieron previamente entre la escuela y la comunidad. Sin embargo en el caso del Jardín N° 80 Río Paraná ocurría lo contrario. Todas las voces consultadas lo señalaron como “un jardín modelo en desarrollo de la tarea educativa en contextos complicados”, donde hasta el viernes existía una potente relación entre docentes y comunidad. Es decir, si había un jardín donde no era esperable una situación de esta naturaleza era ahí.

Maestras que trabajan en esa escuela por elección, que construyeron su subjetividad docente desde ese territorio, que viven el jardín como “su segundo hogar”. ¿Qué otra cosa sino un profundo sentimiento de pertenencia podía hacer decir a una docente de Rosario que caminaba más segura por Las Flores Sur que en el barrio donde vive? Las Flores y La Granada, para quienes no conocen Rosario, son el enclave originario de la banda de Los Monos.

Por eso las autoridades deben prestar mucha atención a lo ocurrido, además de reparar los móviles policiales que resultaron destrozados. Ahí se quebró algo en un abrir y cerrar de ojos, un trabajo de años, pero sobre todo una forma de vincularse con esos contextos complicados que tenía la institución del Estado más legitimada socialmente junto con los centros de salud. En Las Flores Sur esa certeza social quedó en entredicho. Si la escuela ya no es el último bastión, entonces qué.

A partir de una sospecha se desata una violencia que no espera nada, que quiere ajusticiar ya, en la que no hay lugar para el estado de derecho, por más que quien quiera evitar que masacren a un ser humano –culpable o no, nadie puede saberlo– sea la maestra a la que todos los días ese padre o esa madre le confían su hijo o hija en la mano. Y lo paradójico es que todo se desata a partir de poner en sospecha a la escuela de encubrir un caso de abuso, cuando son las instituciones educativas, y en especial los jardines, las primeras que trabajan el cuidado y la prevención de abusos, al amparo de la Educación Sexual Integral. En este caso puntual se agrega que las maestras fueron las primeras en preocuparse por la posible vulneración de la nena, contuvieron a la madre, dejaron constancias en un acta y agendaron una reunión para día hábil siguiente.

Leer más ► Cámara Gesell: cuáles son los grises legales de una herramienta que ayudan a revelar abusos sexuales infantiles

“Pusieron en el odio a la escuela”, contó una de las voces consultadas. “La ruptura se produce cuando entran a la escuela en turba para llevarse a un maestro y ajusticiarlo; la directora y las docentes no aceptan eso, y ahí es cuando se produce un ellos o nosotros”.

Ellos o nosotros. Es el ingreso a la dimensión desconocida, el fin de la certeza de una forma de vincularse con la comunidad; el fin de la certeza de que el guardapolvo salvaba y cuidaba a quienes estaban comprometidas con su trabajo y la gente, en cuidar a los niños sin importar otra cosa más que son niños.

El plantel docente y directivo del jardín siente que se rompió algo que para ellos siempre fue una convicción: que el camino era el lazo de afecto, la participación de las familias, la escucha, la cercanía con sus vivencias y problemas.

Descubrieron que un interruptor se corta y pueden pasar a ser enemigas. Que el guardapolvo y el cultivo del lazo comunitario ya no las salva ni las cuida como creían, que esos dos amuletos que creían sagrados hasta el 10 de junio pasado fueron desprogramados y no aplican a esta sociedad de violencia, narcotráfico y necesidad de satisfacción inmediata, aunque el deseo a satisfacer sea la venganza por hechos que se instalan y se dan por ciertos. Descubrieron que por algún motivo que hasta aquí no habían experimentado –y en este tiempo y en ese lugar experimentaron muchas situaciones– la mediación de la palabra no tiene oportunidad y sólo queda espacio para violencia irracional y el ánimo de justicia por mano propia.

Leer más ► Imputaron por tres hechos de abuso sexual infantil al docente del jardín de Yapeyú

La gravedad del incidente obliga a pensar una estrategia por fuera de los protocolos habituales. Toda esta semana no hubo clases. El miércoles volvieron a garantizarse las raciones de comida para los 210 alumnos que asisten al jardín. Estuvo también personal técnico del Ministerio para relevar los arreglos necesarios y la limpieza del lugar para dejarlo en condiciones para que los chicos puedan volver.

Sin embargo esto último no está claro cuándo sucederá y de qué forma. Será lento, una lentitud que excede el tiempo que lleva reparar vidrios, limpiar y soldar rejas. Tiene que ver con el ¿cómo seguimos? que todos se preguntan. El delegado de la Región VI Osvaldo Biagiotti ya dijo que Educación sólo no puede. Es evidente que el tema demanda una mirada interministerial, pero quizás tampoco eso alcance. Va a ser necesario convocar a referentes por fuera del Estado, amucharse, involucrar de nuevo a la propia comunidad, ver que lo roto pueda repararse o repensar todo.

Lo más delicado del cómo volver es el plantel docente, porque son maestras y directivas las que hacen el vínculo esencial entre el jardín y la comunidad. Pero fueron amenazadas, golpeadas, empujadas, insultadas y en un puñado de horas vieron años labor desmoronarse. A todos los que intervienen, les cuesta imaginar el proceso para llegar al día que esa maestra vuelva a recibir con su sonrisa característica a su alumnito, probablemente entregado de la mano de un padre o madre que esa fatídica tarde del 10 de junio la desconoció como la maestra de su hijo y la trató como a una enemiga.

Dejá tu comentario