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Papá Noel, el derrame, el FMI bueno y otros cuentos de Navidad de la política argentina

En una columna en clave navideña, un repaso por los relatos que atravesaron la política argentina durante los últimos 70 años, del Gran Acuerdo Nacional al crecimiento con derrame.

Al que diga que Papa Noel (un maravilloso artefacto cultural de unos 1.767 años) es quizás el primer producto de colonización imperial americana, de la globalización capaz de uniformar culturalmente a millones de niñes en todo el planeta, le vamos a exigir de inmediato que tenga a mano un sustituto eficaz, un fetiche y un relato repleto de personajes fantásticos y secundarios; algo así como un Che Noel o un Santa Lenin angelado en clave realismo mágico socialista –porque sin magia ni alguna épica no vale, no corre- capaz de sustituir al masculino (en épocas en que hasta podríamos cuestionar el modelo varón como proveedor de bienes y servicios), asexuado, rollizo y caucásico, producto imperfecto del consumismo capitalista que fue superado por otro invento trabajosamente amasado durante casi un siglo: el explotado satisfecho y hasta feliz, es esclavo que razona y se piensa con la cabeza del amo, o más vulgarmente: el pobre de derecha.

En ésta columna navideña en clave política nos postulamos defensores a ultranza de las alucinaciones benignas, destinadas a estimular la imaginación y proteger las ventanas abiertas a la maravilla y lo imposible (por pequeñas que sean); es absurdo y criminal pretender explicar cómo Noel ingresa por esas ventanas pues todos lo sabemos: porque puede y porque les niñes lo desean, he aquí la razón científica que cuenta. Y no seríamos les adultes razonables, ilustrades y financistas de la fugaz aventura navideña, los demitificadores solemnes que revolean frases para remera como “la única verdad es la realidad” o “la política es el arte de lo posible” (entonces no es un arte), los más indicados para talar semejante fábula, en vez de trabajar con ella. Porque consumimos –no cosas, seguro muches de ustedes boicotean la locura consumista navideña adornado ligustros de jardín o tallando juguetes de madera- cuentos para grandes, que nos encantan, que nos tranquilizan y permiten seguir viviendo y (como dice el tango) queriendo sin presentir. Lo otro sería un infierno cotidiano y veamos si no.

Verdad la mentira y mentira la verdad

Sin lugar a dudas, el cuento para grandes más masivo y doloroso para les argentines y de los últimos 50 años es la Guerra de Malvinas. El cuento de “llegó la hora de hacer respetar la soberanía”, de “si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla”, de “vamos ganando” y del triste, solitario (para soldados que fueron vapuleados y torturados por sus jefaturas y sólo fueron recibidos por familiares desesperados) y final de un conflicto bélico que tiene la misma cantidad de muertos en batalla que suicidados por las secuelas de una experiencia desmesurada y atroz. No será aquí que- hablando de demitificar- digamos que Galtieri podía ser un alcohólico con poder pero no un delirante y ejecutaba el verdadero programa de la dictadura: salvar el régimen, no recuperar las islas por convicciones patriotas. Así que no lo dijimos, pero sin la derrota de Malvinas, sin el final de ese otro cuento para grandes, la Multipartidaria hubiese cabildeado varios años más sin salida democrática, los sindicatos hubiesen hecho 300 paros como el del 30 de marzo de 1982 y nuestras invalorables Madres de la Plaza hubiesen dado unas 25.000 vueltas más a la pirámide de mayo y en dictadura.

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La Guerra de Malvinas fue un doloroso intento de la Junta Militar para perpetuarse en el poder.

La Guerra de Malvinas fue un doloroso intento de la Junta Militar para perpetuarse en el poder.

Ya lo enfatizaba el gran maestro del aula, sanjuanino y uno de los intelectuales armados (con tiza y fusil) más importante de nuestra historia: “Es preferible un mito unificador que una verdad disgregante”, y ahí vamos. Otro cuento de nuestra argentinísima predilección fue el inmediatamente posterior a la caída de la dictadura, el de que con la democracia “se come, se cura y se educa”; una ficción que tardó unos 38 años en caer y no del todo, es probable que cual niñes que miran al cielo para ver pasar el trineo tirado por imponentes renos sobre el techo de sus casas, muches aún añoren con la reencarnación de Alfonsín (que no es su hijo, su mejor imitador), con el retorno a un tercer movimiento histórico que ya no tendría lugar en su mayor aspiración: el verdadero partido o frente gorila de masas es Juntos por el Cambio. Pero que vuelva Raúl Ricardo, en las remeras de Los Irrombiles, en las citas del presidente, en cada uno que recita el preámbulo de memoria, crepita esa llama encendida y está muy bien.

Y éste año se han acuñado y hemos leído y colaborado con infantil fruición con otros cuentos para adultes: como el del FMI Bueno o reblandecido en pandemia por la excepcionalidad de la devastación y algo menos por la pobreza y el dolor que provocan sus recetas con o sin virus de destrucción masiva y desde el Pacto globalizador de Breton Woods que le dio origen. Es notable, está en su carta fundacional y en la historia de su derrotero histórico por 77 años, el FMI fue creado para condicionar la soberanía política de los países deudores y garantizar la hegemonía mundial de los Estados Unidos y un par más, no para salvar a nadie de ninguna debacle ni ayudarlo a ganar elecciones, pero así funciona: los cuentos para grandes y niños se sostienen contra toda evidencia empírica y científica, sino no funcionan, asumiendo que hay magias blancas y oscuras pero anteponiendo postulados que nunca diremos “medievales” sino “naturales”, porque así son y así nos gustan, no requieren explicación.

Podríamos hablar del Gran Acuerdo Nacional –que un dilecto hombre de consulta y asesor ad honorem de Cristina nos cuenta que es un cuento en que ni la vicepresidenta, ni Máximo, ni Alberto creen- de esa mano tendida hacia el vacío o peor aún, hacia el desprecio. También del de “la burguesía nacional” solidaria que no sólo pagaría un aporte extraordinario sino un impuesto regular para paliar el hambre en la patria donde viven o el país que ellos creen que les pertenece. Pero el último, para no agobiar ni demorar al cuete la sidra o el Vitel Toné, es el cuento del “crecimiento con derrame” o el que asume y nos relata que crecimiento, desarrollo e igualdad son magnitudes directamente proporcionales, algo así como la superación en clave capitalista del eslogan idealista de la Revolución Francesa: “Libertad, igualdad, fraternidad”.

Una nena se descompuso en la escuela por el frío: descubrieron que vivía en extrema pobreza- Foto ilustrativa-
Por el cremiento de la pobreza, casi la mitad de los argentinos reciben asistencia social de parte del Estado.

Por el cremiento de la pobreza, casi la mitad de los argentinos reciben asistencia social de parte del Estado.

Un estudio de la UCA fechado en los primeros días de diciembre revela que -pese a que en el último año habremos crecido a dos dígitos- por encima del 10% y con índices impactantes en algunas ramas industriales y de servicios (energéticas, automotrices, manufactureras y cementeras), la pobreza apenas retrocedió apenas un dígito, pero no cualquiera sino un 1%. Es decir que el incremento de riquezas –incluso si fuese en casi todas las ramas productivas de nuestra economía- no derrama, ni tiene impacto directo sobre la vida cotidiana de les argentines, sin mediaciones redistributivas estatales, no existe la igualación o justicia social por dinámica natural o generación espontánea.

Más allá de los economistas liberales o los hermanos Grimm (gente interesada en la perdurabilidad del relato) asombra observar la ingenuidad de profesionales de la política, intelectuales y periodistas nacionales y populares, incluso algún que otro corredor obstinado por izquierda, para adherir con matices a éstos términos. Porque así estamos, con programas sociales necesarios y casi universales pero que alcanzan a un 44,7% de la población, con salarios que promediaron paritarias de 35% pero que empataron o perdieron con la inflación para perder poder adquisitivo, con un sistema de seguridad social que es envidia en América Latina pero que alcanza a un 47% de nuestros compatriotas, recuperando empleo con rapidez pero con el más alto porcentaje de trabajadores pobres de la última década, un 28,2%.

Pasamos del socialismo nacional a la socialdemocracia con buenos modales, de la patria libre, justa y soberana a la república dignamente dependiente y con planes y subsidios para todes.

Y es que entre tanto bajar a Papá Noel de un corchazo realista y asumir las limitaciones de la realpolitik y sus correlaciones de fuerzas, nos hemos acostumbrado a pedir poco y nada. Y lo escribe un agnóstico que acaba de citar al Observatorio Social de la UCA, es decir un realista mágico al fin y al cabo, alguien que cree que Dios no existe pero está en todos los detalles.

Pasamos del socialismo nacional a la socialdemocracia con buenos modales, de la patria libre, justa y soberana a la república dignamente dependiente y con planes y subsidios para todes, de prohijar cartas de niñes sin techo para la fantasía (como las paritarias libres) a explicarles que Papá Noel no puede cargar grandes paquetes porque está gordito y anciano, y el trineo carretea y no levanta con tanto peso. Pasamos de pedir vivienda, trabajo, vacaciones pagas y felicidad inmediata a prometer sufrimiento y privaciones para el ahora y alegrías para después, a desear que un pan dulce y una sidra no le falte a nadie, como si el peronismo no hubiese existido realmente o fuese una metáfora salvífica, como el Antiguo Testamento.

Pensándolo un segundo o un par de líneas, aquél peronismo de juguetes que llegaba en tren y por correo postal a todes les niñes de la patria, fue un sustituto nacinal eficaz del regalón regordete americano y no exento de magia y épica.

La desiderata navideña de ésta columna es por lo tanto: volvamos a pedir mucho para todes, defendamos la fantasía como la más realista de las actitudes frente a la realidad y como diría Luisito Spinetta, cuidemos bien a les niñes, “nunca los deprimamos” y defendamos a Noel mientras sea posible, entre tanto realismo cruel y desangelado, porque allí no se juega nada más que uno de los más sanos refugios de la alegría, de esa que los adultos perdimos o que tanto nos cuesta.