En mayo del año pasado y ante la primer marcha anticuarentena, cuando Alberto Fernández volaba en las encuestas de imagen gracias a una impecable gestión de la pandemia y Horacio Rodríguez Larreta era una paloma amigable y responsable, escribimos que la oposición (medios, partidos, Corte Suprema de Justicia de Clase y el tercio que jamás votará ningún peronismo) se había recompuesto tras la resonante derrota de 2019 bajo el lema: “Desgastar sin tregua ni medida al gobierno, haga lo que haga y cueste la cantidad de muertos que cueste”.
Claro que como suele pasar con Juntos por la Fuga (de dólares, de Pepín Rodríguez Simón y probablemente de Mauricio que es Macri) y luego de fogonear nueve marchas anticuerentena, quemar barbijos y militar contra las vacunas (todas menos la Pfizer), los muertos siempre los ponen otros y la culpa –aunque muchos de ellos sean manifestantes y votantes de ellos- será siempre de Alberto Fernández.
Para el 17A o la Caravana de la República, la jugada estaba más que clara mientras el gobierno gastaba tiempo y saliva en desarmar chicanas y operaciones: la cuarentena más larga del mundo, la defensa de la libertad y la propiedad privada, la “amenaza” del presidente a Canosa, la infectadura, la presencialidad impulsada por Larreta y Macri, la “repatriación” de varados a consciencia y sobre todo una falsa dicotomía que en realidad era una encerrona real: elegir entre preservar la salud o la economía, vidas humanas o puestos de trabajo formales e informales que permitían ganarse la vida –a riesgo de perderla- en un país que padecía las consecuencias del descalabro generado por el segundo peor gobierno radical (considerando daño por unidad de tiempo) desde el retorno de la democracia.
Lejos de aceptar ninguna derrota ni hacer autocríticas por la pandemia socioeconómica planificada y ejecutada entre 2015 y 2019, con un juego de pinzas distractivo donde los halcones te picotean y las palomas te cagan, imponiendo la agenda de debates con la eficacia de siempre (es notable y discusión aparte el hecho de que el periodismo jamás paga las consecuencias de las debacles que promueve y blinda), las principales figuras políticas y mediáticas se abocaron a impedir que el gobierno haga algo más que reducción daños, a que no pueda gobernar según su contrato electoral y en sus propios términos.
El objetivo era que el Frente de Todes llegase a las Paso –donde se deciden las mayorías parlamentarias que definen la gobernabilidad de los dos años venideros- sin poder exhibir números positivos en los dos rubros que ellos mismos (otra victoria cultural, acaso la principal y por encima de la presencialidad escolar) definieron y el gobierno contestó durante muchos meses: la cantidad de pobres e indigentes y la de muertos por covid.
El resultado muestra que pese a una caída del PBI de casi 10 puntos a diciembre del año pasado y gracias a un esfuerzo fiscal de 1.019.921 millones (que luego se planchó durante el primer cuatrimestre 2021, con la expectativa de cumplir de antemano metas para acordar con el FMI), la pobreza no se disparó a un 10% si no al 6,5% (19 millones de personas) desde el inicio del Aspo; pero la cantidad de muertos ubica a nuestro país entre los 10 con mayor número de fallecidos en términos absolutos y cuarto con mayor tasa (muertos por millón de habitantes) detrás de Brasil, Perú y Colombia.
Cuando el presidente declaraba lo que apuntábamos en la bajada, la cantidad de muertos sumaba poco más de 200 y se combinaba mano firme y cuarentena estricta, con una invocación a la lucha conjunta, a la responsabilidad social y hasta la solidaridad de los millonarios de la patria, a que la cúpula del empresariado mantenga empleos (muchas pymes y micropymes no pudieron recurrir a los ATP pues tenían buena parte de sus plantillas en negro) y se avengan a “ganar menos” o aportar una ínfima parte de lo mucho que algunos de ellos ganaron con el gobierno industricida de Cambiemos.
No hay paradoja en esto, es simplemente la caída de otro eslogan que –al igual que “son millonarios, no van a robar”- debería sepultarse para siempre el “si al gobierno o a los empresarios les va bien, le va bien al país”. Al gobierno de Macri le fue bien (y a un puñado de empresas) y al país o a la enorme mayoría de les argentines, muy mal. Los más de 100.000 muertos parecían parte de una distopía casi improbable. Nada que pudiese pasarle a un gobierno que hacía lo que había que hacer, mientras la vacuna no llegaba, en medio del pánico y la improvisación generalizada.
El mito de la unidad ante el espanto y la disciplina imposible
Ginés González García fue y es un funcionario de lujo para cualquier gobierno que pagó el precio justo por un error del que debía hacerse cargo. A propósito de la cuarta prórroga del famoso Decreto 279/20, advirtió en horario central televisivo que “la cuarentena estricta no puede mantenerse indefinidamente, no es económica ni psicológicamente sustentable”.
Sumó un factor hasta entonces poco mencionado, no sólo la economía (la imposibilidad de parar la olla provoca también angustias, depresión y enfrentamientos intrafamiliares) sino el crecimiento previsible de la curva invisible, de las psicopatologías asociadas al encierro y el deterioro de las condiciones de vida. Casi todo el dispositivo de persuasión y control social del gobierno dependía de la credibilidad y potencia de la palabra de un presidente que se ponía al frente y –a diferencias de su antecesor- absorbía la presión y asumía todas las responsabilidades.
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Era previsible que el desgaste de la palabra presidencial (durante muchos meses el único vocero de su gestión porque “la gente quiere escuchar al presidente”), el hartazgo social por carestía (los salarios perdieron por tercer año consecutivo con la inflación y se recortó la ayuda social sin considerar las alternativas de una segunda ola), la obcecación del gobierno de ceñirse a la agenda opositora y ponerse en manos de la responsabilidad individual y social y una campaña criminal de la oposición contra el aislamiento, los protocolos de prevención y la vacunación, hicieron factible el número de muertes que hoy todes lamentamos y dieron pie al decreto de duelo nacional.
Sobre el accionar de la oposición no nos cansaremos de marcar tres cosas importantes:
1- Nunca se harán cargo de nada, pero hay responsabilidad penal indudable –definidas en los artículos 205, 209, 211, 231 y 239 del Código Penal- de los que alentaron y protagonizaron en el boicot descarado a las restricciones en beneficio de la salud del conjunto de la población dispuesto por quien tiene la autoridad para hacerlo: el presidente de la Nación. Responsabilidad que institucionalmente les cabe al jefe del estado libre asociado de CABA que el 20 de julio pasado declaraba “no soy amigo del presidente” y se desmarcaba para lanzar su candidatura presidencial (en el día del amigo desarrollista), de la presidenta del PRO y encargada de hacer el trabajo sucio del Frente Gorila de Masas y –como mínimo- de la Corte Suprema Justicia de Clase de la Nación, que avaló el desacato absurdo de Larreta al gobierno nacional para restituir las benditas clases presenciales, eje de campaña definido por Macri en su reaparición.
2-Mauricio que es Blanco Villegas más que Macri (así como su primo es más Jorge que Macri) también tiene responsabilidad penal en la conducción del desacato y en decenas de causas, muchas de las cuales tienen origen en delitos cometidos durante su devastadora presidencia. Puede que –como le dijo con firmeza a Luciana Geuna- la justicia jamás lo ponga entre rejas, pero no califica de inimputable pese a que (nadie se ofenda, está chequeado con sus propias declaraciones, comportamientos y con profesionales matriculados) posee rasgos psicopáticos. Éstos son: carencia de empatía con los demás, falta de remordimiento, ausencia de culpa o incapacidad para responsabilizarse por sus acciones y un manifiesto desprecio por las leyes o convenciones sociales.
3-Y dicho desde éste sector de oficio, sin manual ni códigos exigibles de ética profesional, que ataca como parte de un dispositivo político y se defiende con la libertad de prensa, el periodismo también tiene responsabilidades penales que nunca asumirá, alegando falta de información, amnesia o demencia. Tanto que aún hoy, cómplices civiles y publicados de la última dictadura militar, siguen trabajando en medios importantes como si se hubiesen hecho a la profesión en 1983.
La catástrofe moral que fue el acaparamiento del 99% de vacunas disponibles (27 millones de dosis) por parte de las principales potencias mundiales, las numerosas variantes de la cepa Sars-Cov-2 que prometen nuevas olas y pueden tornar imposible la ansiada “inmunidad de rebaño” y las políticas epidemiológicas dispares y hasta contradictorias en la región, son variables que el gobierno nacional padece y no controla. Nadie que no tenga mala fe puede poner en duda que el gobierno hizo -dentro de sus limitaciones y a veces a destiempo- lo que había que hacer para evitar un daño mayor, que hace un año se proyectaba hasta un pico de 200.000 muertes.
Cualquier vaticinio estadísticamente fundamentado (los otros ni se cuentan) posee un margen de error notable por imperio de la dinámica del virus y el comportamiento social. Pero si consideramos que casi la mitad de los fallecidos se dieron entre marzo y julio de éste año y proyectamos (y es una proyección positiva, suponiendo que la variante Delta no pasará por Argentina) las cifras de los últimos dos meses (14.000 y 16.000 respectivamente), nuestro país seguirá batiendo récords y podría superar la tasa del Reino Unido, Francia o Italia.
Con más de 30 millones de dosis recibidas y 26,5 millones de argentines inoculades, ajustando permanentemente la logística del plan de vacunación más grande de la historia, el gobierno cabalga hacia las Paso haciendo eje en las vacunas y la recuperación del empleos y salarios. Otros vaticinios con bastante margen de error (sobre todo si no están definidos los candidatos) muestran que habrá pérdida de votos para el Frente de Todos en distritos claves como Córdoba, Santa Fe o Mendoza e incluso en PBA, donde se descuenta una victoria cómoda de Axel Kiciloff; pero que las sucesivas derrotas culturales (que también son políticas) no supondrían derrotas electorales de igual magnitud.
Lo importante para el FDT es cometer la menor cantidad de errores no forzados y gobernar con decisión, sin pedir permisos, “como si en 2019 se hubiese ganado ese derecho”, como Néstor después de las legislativas de 2009, recuperando el centro del ring (no del electorado, eso viene a consecuencia) para enfrentar los dos años venideros.
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