El 29 de octubre de 2009, Cristina presentó el proyecto de Ley 26.571 de Democratización de la Representación Política, la Transparencia y la Equidad Electoral, que el Congreso nacional aprobara un mes después, a pesar del voto negativo de casi toda la oposición, radicales, macristas, socialistas e integrantes del archipiélago de izquierda que veían cómo el piso de votos válidos por categoría dejaba un tendal de opciones electorales en el camino.
Desde entonces se utilizaron en cinco ocasiones y las conclusiones generales más destacadas bien podrían ser que, pese a mantener el peso de los aparatos predominantes en cada Frente a la hora de definir candidaturas, permiten la participación de opciones diversas; minimizan la dispersión de votos de cara a las generales (en las que esa misma dispersión puede conducir a derrotas evitables); refuerzan el ejercicio democrático empoderando a les electores para definir a sus candidatos y resultan útiles para oficialismos y oposiciones, incluso cuando no hay listas internas en pugna. En éstos casos y por ser obligatorias, funcionan como una encuesta inmejorable con margen de tiempo para ajustar la oferta y captar electorado en disponibilidad. Hasta marzo de este año se discutía si suspenderlas o postergarlas, con argumentos razonables si se trataba del comportamiento impredecible del covid o el ritmo del Plan de Vacunación y absurdos si lo que se cuestionaba era la incomodidad de ir a votar una vez más de lo previsto o el “gasto de la política” (según lo previsto en el Presupuesto 2021 costarán unos $8.500 millones contra los $80.000 millones por mes que cuestan los intereses de las Leliqs).
Finalmente postergadas para setiembre y en su sexta edición, estas PASO muestran las debilidades y fortalezas de cada uno de los frentes que volverán a polarizar las preferencias del electorado pese a pérdidas previsibles de votos respecto de 2019 (donde se votaba otra cosa) y serán las primeras con protocolos epidemiológicos y una situación económica y social tramada por una pandemia devastadora.
Cristina, Alberto y Massa, en ese orden y todes juntes
Con las listas oficializadas y concentrados en el Frente de Todes, puede decirse que el tridente que se mostró compacto en Escobar para presentar a los candidatos del AMBA, pudo unificar los apetitos de todes en dos de las cuatro provincias determinantes para sumar votos y bancas (Provincia de Buenos Aires y CABA) y no pudo evitar internas en las otras dos, aunque por distintas razones (Córdoba y Santa Fe). Éstas últimas aportan 18 escaños en diputados y 4 en senadores pero, según uno de los armadores predilectos del binomio presidencial, “en Córdoba fue una situación inevitable, un efecto buscado para contrapesar el armado del Gringo Schiaretti, pero en Santa Fe intentamos la unidad por todos los medios, no pudo ser”.
El subtítulo representa cabalmente el peso que tuvieron las tres jefaturas del Frente en la conformación de las listas, respetando el orden de aparición (Cristina designa a Alberto, que luego convence a Massa), el aporte proporcional de votos de cada uno y resistiendo operaciones bajo el paraguas de la unidad (la candidatura de Tolosa Paz es menos la unidad de criterios por la esposa de Albistur, que una jugada exitosa de Alberto para no entregar a su jefe de gabinete).
El sanitarista rosarino y ex preso político de la última dictadura militar Daniel Gollán, es la figura más importante y validada en el Frente después del sacrificio de Ginés González García y deja un reemplazo en perfecta sintonía como Nicolás Kreplak, con quien elabora el proyecto de reforma integral del sistema de salud, del que Cristina volvió a pasar aviso ayer al decir “yo tengo una prepaga, no quiero expropiar a nadie”. Marcela Passo es la que ocupará el tercer lugar conferido a Sergio Massa, en una lista que se completa con predominio kirchnerista y dos candidatos del espectro gremial entre los 10.
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La designación de Leandro Santoro en el distrito "gorila" por excelencia (en Córdoba gobierna un peronismo antikirchnerista amigable con el gorilismo neoliberal, pero cantan la marchita) fue un consenso inmediato entre los tres jefes del FDT. Es el polemista más claro y publicado del FDT, tiene diálogo fluido con referentes capitalinos de la oposición, mantiene excelentes relaciones con Alberto, Massa, Máximo y Cristina, además de ser amigo personal de Mariano Recalde, actual presidente del PJ porteño y sucesor del poderoso gremialista y empresario de medios Víctor Santa María, esposo de quien lo secunda en la lista, Gisela Marziotta. Aquí las operaciones para invertir el orden de la cabeza de lista –ofensiva que Santa María condujo con argumentos basados en la procedencia radical de Santoro o la teoría de los “techos blandos”- fueron disueltas en la Rosada como deberían haberse resuelto las disputas en Santa Fe: con encuestas y poniendo por encima de todo lo que Kicillof aseguró durante su breve discurso de ayer: “tenemos candidatos que representan las ideas y proyectos que trajimos en 2019, pero el verdadero candidato es la unidad”.
El cálculo de los armadores del gobierno y sus jefaturas políticas es que podrá contenerse sin problemas a los tres sectores relegados en éstos armados, la CGT, los Movimientos Sociales y los intendentes del conurbano. Los cargos gubernamentales permiten pagar con cierta amplitud, pero los lugares expectables en las listas tienen un límite. Un integrante de la mesa de asesores presidencial lo explica así: “estamos atravesando por experiencias inéditas, nunca se vio algo así en Argentina. Si cualquier coalición genera chispazos y heridos imaginate un frente con la amplitud que hizo falta para cortar al macrismo y con dos figuras del peso de Alberto y Cristina conduciéndolo”. Un año y siete meses de gobierno y una PASO parecen confirmar que algo nuevo –aunque contradictorio y sin poder exhibir los cambios prometidos en campaña- parece estar encontrando un formato que Alberto siempre quiso implementar, la de una coalición frentista que hace eje en el peronismo, pero que no suprime las diferencias internas, “que no habilita al que gana a someter a todos a su lógica”. Algo así pasó en Santa Fe, pero más por ambiciones sectoriales que por vocación.
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Salga como salga, el ganador es Traferri.
Anticipamos una lectura que puede gustar más o menos pero que es objetiva y gráficamente –porque hubo fotos- inobjetable: las limitaciones del armado de Omar Perotti y las urgencias del espacio que conduce Agustín Rossi, le brindaron la segunda victoria política –la primera fue gracias a la complicidad parlamentaria de socialistas y radicales- a Armando Traferri, conductor del NES y del grupo de senadores "propioculistas" que más duramente le marcó la cancha al gobernador desde antes de asumir: en un hecho inédito en la historia moderna, aprobaron sobre tablas el presupuesto 2020 conque Lifschitz condicionó al gobierno electo. Traferri es además el hacedor del salto a la política y a la fórmula gubernamental de Alejandra Rodenas, a quien durante su defensa para evitar el desafuero por las acusaciones de encubrir y recaudar de una red de juego clandestino, le recordó sin sutilezas que “yo te fui a buscar”.
Wado de Pedro –que evitó recibir a los senadores que fueron a vapulear a Perotti en CABA- llamó a no dramatizar la interna santafesina, pero el armado de una lista de senadores acordada con Agustín Rossi, que incluye a la vicegobernadora (otro hecho inédito en la política santafesina) y la negativa de bajarla contra la voluntad expresa de Cristina, implica un desafío sin precedentes a la conducción de Omar Perotti y que abre una serie de interrogantes mucho más allá de éstas primarias:
- Más que plebiscitar la gestión del Frente, estas PASO parecen definir los equilibrios de poder hacia adentro del mismo, entre espacios que parecían haber aprendido que para ganar la provincia había que sumarse sin mezquindades sectoriales. Sin ánimo de empatar responsabilidades, todes hicieron lo necesario para que la unidad no fuera posible. Ya sea que se imponga la lista de Perotti o la del Chivo, ¿cómo seguir con éste nivel de obstinaciones?
- En consultas a referentes de los dos espacios, hay una contradicción evidente: desde el perottismo aseguran que si Rossi hubiese pedido una reunión con Perotti para resolver el reparto de lugares en vez de operarlo en CABA, otro hubiese sido el resultado. Desde el rossismo afirman que “siempre bancamos desde adentro, incluso jugando fuerte con el tema Sain, contra el mismísimo Traferri”, pero que no había vocación de abrir juego por parte del gobernador ni de entender que las PASO se ganaban con votos que Mirabella no asegura. El hecho es que las relaciones entre Rossi, Rodenas y Traferri se viene tejiendo desde hace meses, bajo la atenta mirada de Perotti. ¿Habrá retorno desde allí, con qué reglas de juego?
- Agustín Rossi fue y aún se reivindica –la historia y su trayectoria en la gestión lo avalan- como un hombre fiel al kirchnerismo y a la conducción de la actual vicepresidenta. También como un peronista de raza, de los que ocupan el lugar que el proyecto y su conducción le confieren, deponiendo ambiciones personales. Esta vez y tratando de resistir el avance totalizante de la marca Hacemos Santa Fe, se complicó solo. Desoyó a la vicepresidenta, se alió con quienes lo combatieron durante décadas y no exhiben una foja limpia y si bien -por la información recabada por éste escriba- en la Rosada no le pidieron que se baje, dejó a Alberto en una posición compleja. Si le gana a Lewandoski, deberá asegurar el triunfo en las generales para sepultar su estigma de “bueno en las primarias pero corto en las generales” y evitar ser el principal responsable de una derrota que puede costarle muy caro a su espacio.
Hasta hace unos días y considerando la posibilidad de perder algunos votos respecto de las elecciones de 2019, el Frente de Todes tenía ante sí unas PASO que en Santa Fe–por la fragmentación de la oposición y el escaso peso electoral de sus candidatos- se parecían a un penal sin arquero, esenciales para aportar votos que iban a ser esquivos en CABA, Córdoba y Mendoza con derrotas cantadas. Esto aún puede ocurrir, pero sólo si suceden dos cosas que durante 12 años no fueron parte de la cultura del peronismo santafesino: que el que pierda acompañe y el que gane sea magnánimo como en 2019 (en las generales y en los dos años venideros) y que se demuestre que –al contrario de lo que evidencia el sector que conduce Traferri- la unidad es el candidato y las ambiciones sectoriales no justifican detonar el Frente de Todos o peor aún, todo el sistema político provincial.
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