La designación de Roberto Feletti fue una de las poquísimas concesiones –sino la única– a las objeciones de Cristina Fernández sobre el rumbo económico (que es la traducción real de lo político) del gobierno de todes. Pero fue una golosina suelta y única en una góndola de sinsabores y de ésas que nadie quiere, aunque dure toda la vida.
Hay dos cuestiones francamente menores pero que pueblan las redes sociales y las notas publicadas de los que le pedimos más y mejores cosas al gobierno que votamos, de los que esperamos el atisbo de un cambio de rumbo para recuperar los 5.800.000 votos que perdimos entre 2019 y 2021, para ponernos en sintonía fina con el compromiso electoral suscripto con esos electores. Por un lado, el chimenterismo vinculado a la danza de contradicciones y funcionaries que colisionan en primeras y segundas líneas del Frente de Todos; y por otro, el llamado casi dramático a apuntar todos los cañones hacia la oposición para no hacerle el juego a la derecha.
Para atender de entrada lo segundo citaremos a Nacho Levy: “El único juego a la derecha es gobernar como quiere la derecha para que no vuelva la derecha. Hablar nunca es de derecha; de derecha es callar. Pensar nunca es de derecha; de derecha es obedecer”.
Para abocarnos a lo primero, tratemos de elevarnos por sobre las reyertas de coyuntura y digamos que la falta de síntesis ideológica y pragmática expresada por la conducción del Frente de Todos (que tiene tres cabezas al menos, pero es definitivamente unipersonal) es su mayor pasivo y debilidad y que –al margen de una oposición de bajo nivel político, lo que puede contarse como un alivio relativo– lo confina a una gestión en la que conviven dos modelos o más de desarrollo productivo y económico y de construcción política.
Observando el derrotero (porque de momento es derrota casi segura) del acuerdo con el FMI, la renuncia a una herramienta insustituible para desacoplar precios internos y externos a través del Régimen de Fomento al Desarrollo Agroindustrial (que garantiza retenciones inamovibles por cuatro años) y la Ley de Hidrocarburos (otro tanto pero por 20 años) y la persistencia del Banco Central en seguir vendiéndole dólares al tipo de cambio oficial a los formadores seriales de activos externos y beneficiarios del endeudamiento macrista (Telefónica Argentina y Pampa Energía, liderando un ranking de 100 agentes que el mismo BCRA identificó y a los cuales la AFIP no les pide explicaciones), queda perfectamente claro cuál de esos dos modelos es el que está al comando.
El hecho que Matías Kulfas no le firme la designación como subsecretarios a Horacio Rovelli ni a Débora Giorgi es una metonimia, es la parte que alude a un todo, es la reducción a escala de las diferencias que conviven al interior del FDT y que “enfrentan” al ministro de Desarrollo Productivo y el secretario de Comercio Interior (Roberto Feletti) propuesto por Cristina Kirchner o al ministro de Economía, Martín Guzmán, que renegocia una deuda impagable pagando (el equivalente al 64% del superávit comercial en dólares de 2021) y uno de los directores del Banco Nación que sostiene que el monto y las condiciones de pago deberían estar sujetas a una investigación previa y que los 23.500 millones de dólares que el FMI prestó por encima del máximo que nos podía conceder –en razón de la cuota parte de Argentina en el FMI– lo paguen los que obtuvieron los dólares para completar la bicicleta macrista y fugarlos, en vez de la totalidad del pueblo argentino.
Ni yanquis ni marxistas… “frentetodistas”
El argumento que utilizó Kulfas para vetar a Rovelli y que hace eje en las notas que el economista de origen radical y fortísima adhesión kirchnetista publica en El Cohete a la Luna (“critica a nuestro gobierno permanentemente, no puede formar parte del proyecto”), se da de topetazos con la idea que Alberto Fernández expresó muchas veces como candidato: la de un Frente con el peronismo como eje vertebrador pero que respete las diferencias entre sus integrantes, que no se los fagocite ni los obligue a “cantar la marchita” o deponer sus ideas o propuestas, que no liquide el debate interno (una de las críticas que el actual presidente le hacía a Cristina entre 2009 y 2015).
Sólo dos preguntas:
¿Qué clase de resultado se espera obtener mandando al FIT a todes les que expresan opiniones diferentes a las principales decisiones gubernamentales (sean funcionarios, intelectuales o periodistas), e incluso a quienes aportan soluciones alternativas?
¿No es ése uno de los vicios que cometió el tercer Perón (el que más le gusta a Daer y Barrionuevo, pero el que menos le gusta a Alberto Fernández), calificando como infiltrados por izquierda a todes les que cuestionaban a Isabelita, Villar o López Rega?
Ese respeto por la diversidad de opiniones y prácticas, la necesaria institucionalización de ésas diferencias (que es muchísimo más que una interna presidencial para 2023) es lo que aún puede producir la transformación más urgente para el FDT, mucho más que un default patriota y soberano, el boom de exportaciones agroindustriales que contribuya a relajar la restricción externa (que muchos aseguran que con un superávit comercial acumulado de 26.000 millones de dólares en dos años no existe) o el shock distributivo que beneficie a los sectores más golpeados por el macrismo y la pandemia: la que permitiría el pasaje demoradísimo de la eficaz “herramienta electoral” (que ya no lo sería) a la eficaz “herramienta de gobierno” (que, de momento, tampoco) pero que sigue siendo una posibilidad abierta, siempre y cuando pueda respetarse la concepción frentista original del presidente y acordada con Cristina allá por julio de 2019 y se creen los mecanismos de discusión y participación interna en las decisiones.
Eso haría que el presidente recupere la capacidad de conducir al conjunto del Frente más allá de los cargos formales (como el de presidente de la Nación o del PJ, precisamente la superestructura que se está fagocitando la diversidad existente) e incluso por encima de sus propias virtudes y limitaciones. Porque entonces será el conjunto de las fuerzas políticas el que efectivamente lo respalde; ese respaldo que crece con la convicción cotidiana de cada militante, de que el Frente expresa y tiene en agenda la solución de sus problemas, más temprano que tarde y modificando las correlaciones de fuerzas en acto –pero no sólo en actos públicos masivos, tan necesarios y vivificantes, sino de gobierno– y enfrentando (si persuadirlos es tan al cuete como hasta ahora) a los poderes permanentes que nos prestan el país para vivir como argentinos y que reparten golosinas que, a veces, pueden ser agridulces, pero que son de verdad.
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