Ante todo, empecemos planteando una restricción que va a condicionar cualquiera de los programas –más allá de las escasas y vagas propuestas económicas– de los frentes que compiten en elecciones, con o sin chances de ganar efectivamente: gracias a la irresponsabilidad política de Cambiemos (hoy Juntos por el Cambio), de lo que se trata es de configurar la economía del país para devolverle 57.000 millones de dólares al FMI.
Algo que, como está confirmando el peronismo en el ejercicio del poder, deja sin tres cosas esenciales a un gobierno socialmente inclusivo, o las condiciona al extremo: soberanía política, justicia social e independencia económica.
Está claro que hay un sector de la oposición al que esto no le preocupa en absoluto y que pasaron por la Exposición Rural para dejarlo claro.
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A propósito de la cita obligada y las promesas que se escucharon, relevemos una opinión abarcativa, la del director de la consultora PxQ y ex viceministro de Economía, Emmanuel Álvarez Agis:
“En el futuro inmediato lamento ser pesimista, pero por razones laborales escuché todos los discursos en la Rural de los principales candidatos y debo decir que estamos haciendo populismo para ricos, porque la irresponsabilidad de proponer bajar retenciones (que son un pilar fundamental de la política argentina y sirven entre otras cosas para compensar el déficit fiscal) es una locura, sumale a esa baja el hecho de que efectivamente va a haber una devaluación y el tipo de cambio va a estar 50% o 100% más alto que hoy dependiendo del tipo de programa, y tu programa pasa a ser no de caída del poder adquisitivo sino de hambre; no van a ser caros los celulares, sino que no vamos a poder comprar harina, pan o fideos”.
Y parece razonable, si el próximo gobierno –tal como proponen los dos candidatos de Juntos por el Cambio y el de La Libertad Avanza– arranca bajándole impuestos a los ricos, liberando la cuenta capital y levantando el cepo desde el 11 de diciembre y se vuelve a tomar deuda externa, lo que está claro es que piensan ratificar errores del pasado que el pueblo argentino –no los dirigentes que perpetraron ese programa, indultados por el gobierno del Frente de Todos y también por un sector importante de la sociedad– pagó y sigue pagando muy caro.
Volviendo por un momento a Álvarez Agis: “Yo escucho las declaraciones de Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta y digo ¡ah, vuelve lo mismo! Debo decir que el gobierno del Frente de Todos gana la elección prometiendo asado y llenar la heladera, mejorando el poder adquisitivo, y la realidad es que hoy los trabajadores formales están igual que cuando se fue Macri (¡mal y por hacer lo que Bullrich y Larreta dicen que van a hacer!) y los informales 20 puntos abajo. Muchos votaron para que le metan la mano en el bolsillo a los empresarios y la mano se la metieron a la clase media y baja. Volvieron iguales o peores, la competencia parece ser por quién vuelve peor o en todo caso menos peor que el otro, estamos en una trampa que te da muchas ganas de votar en blanco”.
Pero intentemos un ejercicio de orientación al votante capaz de clarificar algo, relacionando las propuestas principales con los precios decisivos de la economía: el dólar, las tarifas y los salarios.
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Las propuestas de lo único estable en la Argentina: el antiperonismo
Horacio Rodríguez Larreta Leloir es licenciado en Economía y Administración de Empresas. Patricia Bullrich Luro Pueyrredón está doctorada en Ciencias Políticas. Ambos fueron funcionarios públicos durante el menemismo (subsecretario de Inversiones y diputada nacional, respectivamente) y también con la Alianza que estrelló el país con Fernando De la Rúa (Horacio fue Interventor del PAMI y Patricia fue ministra de Trabajo). Coincidieron también en Cambiemos, bajo el auspicio de su verdadero conductor hasta hoy –Mauricio Macri– y compiten en una interna que, depende de quién mida u opere, ganan o pierden por 5/8 puntos.
Rodríguez Larreta asegura –asesorado por Hernán Lacunza y Alfonso Prat Gay– que es imposible levantar el cepo desde el primer día y no conviene volver a endeudarse (el FMI es un organismo técnico que presta por razones políticas, pero se complica). “No vamos a pedir otro préstamo; blindaje hizo De la Rúa, no vamos a repetir eso, miremos cómo terminó”, se desmarca.
El alcalde porteño propone siete medidas para estabilizar el país: ajustar el presupuesto “línea por línea” para bajar gastos y llegar al déficit cero, eliminar el déficit en empresas públicas (la que no sea rentable, será privatizada), unificar los 18 tipos de cambio dentro el primer año de gobierno, impulsar un acuerdo con las provincias para bajar impuestos, eliminar retenciones de 100 productos exportables de las economías regionales y bajar gradualmente las que rigen para la soja, maíz, trigo y girasol, recuperar el salario real de los trabajadores (al final de su mandato, es decir en 2027) y reformar las leyes laborales (flexibilizando las condiciones de contratación y eliminado indemnizaciones).
Por su parte, Bullrich, que no es economista y manifiesta dificultades para comprender y reproducir los digestos de campaña que le prepara Luciano Laspina, coincide en casi todas las propuestas de Larreta pero las radicaliza para “dinamitar el régimen económico kirchnerista”: promete más endeudamiento para conseguir dólares y blindar la economía, bajar retenciones a cero en todos los comoditties y productos industriales exportables (“lo más rápido posible”), achicar el Estado suprimiendo ministerios y ajustando la planta burocrática estatal (echar a los empleados públicos que sobren, según los conocidos criterios de descarte: kirchneristas, peronistas, contratados desde 2020 a la fecha, etc.) y eliminar planes sociales (que implican apenas un 0,7 del PBI mientras que el dólar soja costó un 1,2% en emisión y los pasivos remunerados que benefician a los bancos insumen un 12,3%); de recomponer salarios nada.
Todo esto en perfecta línea dura y recta con su jefe político, que definía a los salarios como un costo más y que decía en 1999 que “para volver a ser competitivos, necesitamos un nuevo encuadramiento ético en el que cada uno esté dispuesto a cobrar lo mínimo por lo que hace”. El resultado fue una caída de 21,5 puntos del salario registrado (el mínimo cayó 30 puntos) y de 37% del salario informal.
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Los efectos de estas políticas sobre el precio del dólar implican una devaluación como la que preconizó Álvarez Agis, más cerca del 100% que del 50%, lo que llevaría el dólar oficial vigente a más de $1.000, con consecuencias devastadoras para los asalariados formales e informales que cobran –como la inmensa mayoría de nuestros lectores– en pesos.
Dolarización y estallido social: ¿la libertad arrasa?
A todo este combo, Javier Milei (que pese a los escándalos de campaña y las desastrosas elecciones provinciales sigue midiendo por encima de 20 puntos) le agrega la reprivatización del sistema jubilatorio, de la educación y los servicios públicos de salud y la mentadísima dolarización de la economía, que sus asesores económicos Roque Fernández y Carlos Rodríguez (dos ex funcionarios menemistas aportados por la Asociación de Bancos) se cansan de decirle que modere en el discurso porque es inviable, tanto como eliminar al factor que hoy garantiza la rentabilidad abusiva del sistema bancario: el Banco Central de la República Argentina.
Con reservas netas negativas en 7.800 millones de dólares al cierre de esta nota y sin contar los desembolsos para afrontar los vencimientos del lunes y martes venidero (3.500 millones de dólares que se pagarán con yuanes y un préstamo de la Corporación Andina de Fomento), el dólar que surja de la propuesta de Milei estaría entre los $7000 y $9000, un maxidevaluación que incluso los empresarios nucleados en el Foro de IDEA consideran absurda y políticamente inviable… por los altísimos “costos sociales”.
Aun así, se registra un fenómeno inexplicable para encuestadores, frecuentemente asesorados por sociólogos, politólogos, psicólogos y expertos en comunicación: el voto antiperonista (que en Santa Fe hizo pico con 63,75%) se manifiesta a nivel nacional con estimaciones que van desde el 46% al 51% (sumando a Juntos x el Cambio y La Libertad Avanza) en las generales.
Frases como “es notable que muchos de esos votantes, que son más que los históricamente fidelizados, elijan vivir peor a elegir opciones peronistas” o “no viene funcionado castigarlos con archivos del pasado, pero tampoco enfatizar los exabruptos que cometen en el presente, acá opera algo mucho más fuerte”, se pueden contestar con que hay una derrota cultural que hoy se traduce políticamente y que produjo un cambio civilizatorio del que apenas tenemos noción.
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Un ejemplo dramático y reciente que se vio por TV: durante las manifestaciones duramente reprimidas por gobierno de Gerardo Morales en Jujuy, una docente exclamaba llorando y con los ojos irritados por los gases: “Yo lo voté señor gobernador, y no soy ni kirchnerista ni piquetera, soy una maestra que trabaja decentemente”.
No podía entender, desconsolada y confundida; le habían dicho que, si no era kuka, planera o simpatizante de Milagro Sala, nada malo iba a pasarle, hasta que decidió marchar para pedir mejores salarios y le tocó igual.
Así parece funcionar la consolidación del voto en un contexto adverso para los populismos moderados: hacer “desaparecer al kirchnerismo” (justo en la semana en que las Abuelas recuperaron al nieto 133) y dinamitar el Estado populista es mucho más importante que las consecuencias de las medidas económicas que prometen aplicar.
A menos que –como sugiere Álvarez Agis– estemos ante un montón de pirotecnia verbal calculada (que ningún candidato piense hacer lo que dice, una vez en el poder) o que el oficialismo consiga revalidar ajustando, aunque sea por un voto, estaremos ante el inexplicable encanto de volver peores.
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